1.1 Actual estado de desconexión entre el socialismo científico y el movimiento obrero

A comienzos del siglo XX el auge del movimiento obrero internacional y el triunfo en su seno del marxismo frente a las corrientes reformistas, utópicas, reaccionarias y anarquistas, habían permitido a la clase obrera no solo arrancar importantes conquistas al capital en muchos países, sino también conquistar el poder político por la vía revolucionaria y en alianza con otros sectores populares, primero en Rusia y luego en Europa Oriental y buena parte de Asia, para emprender la construcción del socialismo. Marx y Engels nos enseñan en el Manifiesto Comunista que “los comunistas son, pues, prácticamente, la parte más decidida, el acicate siempre en tensión de todos los partidos obreros del mundo; teóricamente, llevan de ventaja a las grandes masas del proletariado su clara visión de las condiciones, los derroteros y los resultados generales a que ha de abocar el movimiento proletario”. Y Lenin en Qué hacer nos enseña que “sólo un partido dirigido por una teoría de vanguardia puede cumplir la misión de combatiente de vanguardia”. Fue precisamente el triunfo del marxismo, luego desarrollado como marxismo-leninismo, frente a las demás tendencias existentes en el movimiento obrero, lo que permitió a la clase obrera, creciente en tamaño y en capacidad de lucha, dotarse de la conciencia necesaria sobre sus tareas revolucionarias y constituirse como partido independiente para acometerlas. El triunfo de la revolución proletaria en algunos países permitió dar a la lucha por el socialismo y contra el imperialismo un impulso colosal en todo el mundo. La dictadura del proletariado en los países socialistas se convirtió en un punto de apoyo tanto para el movimiento obrero en los países capitalistas desarrollados como para el movimiento de liberación nacional en las colonias y países dependientes.

La burguesía imperialista había fracasado en sus dos intentos de asalto directo, primero contra la Rusia soviética en la década de 1920 (con la invasión de 14 ejércitos extranjeros), y luego contra la URSS en la década de 1940 (con la invasión nazi). Tras ello, mantuvo el cerco contra los países socialistas mediante la “guerra fría” y el expolio de los países del “tercer mundo”, sustituyendo el viejo colonialismo por otro “nuevo” solo en las formas. Pero, a fin de evitar convulsiones revolucionarias en los países capitalistas desarrollados, profundizó la política de concesiones a las masas trabajadoras, creando el espejismo del “Estado del bienestar”. Así, se buscaba minar las bases para las aspiraciones revolucionarias de la clase obrera de los países imperialistas, así como su solidaridad con las luchas de sus hermanos proletarios del “tercer mundo” y de los países socialistas. En este contexto complejo y relativamente nuevo, en el movimiento comunista creció la desorientación y se fueron imponiendo concepciones oportunistas de derecha, tendentes a confundir la necesaria flexibilidad táctica con la conciliación con la burguesía imperialista. Pero la respuesta a esta deriva a menudo se hizo desde posiciones dogmáticas y oportunistas de “izquierda” que, en vez de contribuir a corregir el rumbo del movimiento comunista internacional, contribuyeron a dividirlo y debilitarlo. La crisis fue agravándose hasta culminar con la desintegración de la URSS y la desaparición del campo socialista, en un contexto en el que la burguesía imperialista respondía a la crisis del capitalismo con una ofensiva furibunda contra las masas trabajadoras en todo el mundo, retirando las concesiones y atacando las conquistas del movimiento obrero.

En España, con el triunfo del oportunismo de derecha y del reformismo bajo la forma del eurocomunismo, el PCE fue abandonando la vía de la revolución y terminó convirtiéndose en un partido socialdemócrata. Como respuesta a ello ha habido sucesivas escisiones de comunistas que pretendían restaurar los principios marxistas-leninistas. Pero a menudo, siguiendo el ejemplo de sus homólogos en otros países, estos grupos terminaron adoptando posiciones sectarias y oportunistas de “izquierda” que les alejaron de las masas obreras y de los principios marxistas-leninistas. Así, en lugar de restaurarse la labor revolucionaria en el movimiento obrero, ambos acabaron escindiéndose aún más. La progresiva escisión entre el marxismo-leninismo y el movimiento obrero no solo la podemos ver en España, sino probablemente en la gran mayoría de países capitalistas que hay en el mundo.

Sin embargo, la bancarrota del capitalismo no deja de agudizarse. Las colosales deudas acumuladas no pueden contener la sobreproducción, y la burguesía imperialista se ve obligada a colocar el peso de estas deudas sobre los hombros de las masas obreras y populares, despertando su resistencia. Además, la emergencia de potencias como China o Rusia sirve de apoyo a la resistencia de países dependientes frente al expolio de los imperialistas. Por último, el capitalismo se ha ido desarrollando también en estos países dependientes, lo que ha tenido como resultado el auge de la gran industria moderna y, con él, el desarrollo de la clase obrera donde antes predominaban los campesinos y las relaciones precapitalistas. De este modo, se van agudizando las contradicciones del capitalismo a escala mundial y se va incrementando la fuerza potencial de la clase obrera, volviéndose cada vez más favorables las condiciones para que el marxismo-leninismo recupere la posición dirigente en el movimiento obrero. Para ello es necesario que las y los comunistas nos esforcemos por estudiar y asimilar el marxismo-leninismo, nos organicemos para difundirlo entre las masas obreras y lo defendamos frente a las corrientes ideológicas burguesas y pequeñoburguesas.