1.4 Riesgos de desviaciones: teoricismo y empirismo

A la hora de aplicar la teoría marxista-leninista a la lucha de clases debemos precavernos de desviaciones tanto teoricistas como empiristas. Tanto la una como la otra nos desvían del materialismo hacia el idealismo. Si el teoricista subestima el papel de la práctica y exagera el papel de la teoría en el proceso del conocimiento, el empirista exagera el papel de la experiencia directa percibida a través de las sensaciones, subestimando el papel de la teoría para comprender las esencias de las cosas, más allá de las apariencias que percibimos por medio de los sentidos. Ambas desviaciones rompen el vínculo estrecho entre teoría y práctica y entorpecen la fusión del marxismo-leninismo con el movimiento obrero. La importancia de estas desviaciones en el proceso del conocimiento tiene implicaciones de política práctica.

Por un lado, el teoricista invierte la relación práctica-teoría-práctica y la sustituye por una relación teoría-práctica-teoría. Aquí ya no es la teoría la que parte de la práctica y le sirve, sino al revés; ya no es la herramienta por excelencia para descubrir las esencias de las cosas, sino que se vuelve un fin en sí mismo. El teoricismo conduce a la parálisis de la práctica. Todo el esfuerzo se deriva hacia la perfección del análisis y las resoluciones, restando a su aplicación la importancia que merecen. Políticamente el teoricismo puede derivar tanto en sectarismo como en reformismo. Al no concretar en el terreno práctico estos análisis y resoluciones, se cede en los hechos la iniciativa a las tendencias burguesas y pequeñoburguesas de cara a la movilización de las masas. Con ello, el marxismo-leninismo, queda reducido a una labor de crítica teórica del capitalismo y del imperialismo, pero sin materializarse en una práctica revolucionaria concreta contra ellos. En este sentido, es corriente que los teoricistas solo admitan en general la labor teórica de propaganda o solo admitan de palabra, pero no en los hechos, la necesidad de combinar la propaganda con la agitación de masas. Así, se dificulta la difusión del marxismo-leninismo entre las masas obreras y se lo recluye en círculos escasa o nulamente vinculados a las mismas. La tarea de educar políticamente a la clase obrera se va postergando e identificando con la mera extensión cuantitativa de esos pequeños círculos, en lugar de apoyarse en la combinación de la propaganda revolucionaria con la agitación de masas. En este contexto, los teoricistas pueden evolucionar hacia el sectarismo, desarrollando un desprecio hacia los sectores más atrasados de las masas en cuanto a su conciencia. En lugar de afrontarse las dificultares de la educación política de las masas obreras, se renuncia a ella en los hechos. Esto se ve especialmente favorecido en periodos de reflujo o de escaso desarrollo del movimiento obrero y revolucionario, en los que la labor teórica y propagandística se vuelve prioritaria (aunque no exclusiva) frente a la agitación.

El empirista, en cambio, subestima la importancia de la teoría y la independencia relativa del pensamiento abstracto, depositando toda la confianza en sus sensaciones. De este modo, se ignora la importancia que el pensamiento abstracto tiene de cara a la comprensión de las esencias que se encuentran más allá de la superficie de las cosas. El empirista exagera el papel de la experiencia personal frente a la experiencia universal del movimiento comunista. La aparición de fenómenos nuevos o aparentemente nuevos se interpreta automáticamente como refutación de los principios esenciales del marxismo-leninismo elaborados sobre la base de los largos años de experiencia histórica del movimiento obrero y revolucionario. Así, la práctica se vuelve ciega. Ello se traduce en un practicismo estrecho, sin principios, en una labor práctica sin perspectivas y sin guía. En este sentido, se pone el acento en las maniobras y en las consignas, pero sin subordinarlas a los principios y objetivos políticos planteados con base en el marxismo-leninismo. De este modo se absolutizan los éxitos o los fracasos ocasionales, sin valorar en profundidad su significado político. Todo ello empuja a la práctica a desviarse del camino de la revolución.

Aunque ambas desviaciones puedan parecer dos polos opuestos, en realidad se tratan de dos desviaciones de la concepción marxista-leninista del mundo. Se trata del choque entre ideología burguesa e ideología socialista que Lenin señala en el Qué hacer cuando decía que “Puesto que ni hablar se puede de una ideología independiente, elaborada por las propias masas obreras en el curso mismo de su movimiento, el problema se plantea solamente así: ideología burguesa o ideología socialista. No hay término medio (pues la humanidad no ha elaborado ninguna "tercera" ideología, además, en general, en la sociedad desgarrada por las contradicciones de clase nunca puede existir una ideología al margen de las clases ni por encima de las clases). Por eso, todo lo que sea rebajar la ideología socialista, todo lo que sea separarse de ella significa fortalecer la ideología burguesa”. Esto significa que teoricistas y empiristas no tienen por qué enfrentarse necesariamente, sino que pueden incluso formar una unidad dónde convivan, aunando fuerzas para desviar a los comunistas y la clase obrera de las concepciones políticas justas. En nuestro partido hemos podido observar cómo, en no pocas ocasiones, la convivencia entre tendencias teoricistas y empiristas-practicistas se daba sin generar grandes tensiones entre ellas. Se expresaba en un pacto tácito, dónde los teoricistas escribían manifiestos y llamamientos generales sin vocación alguna de traslación práctica, mientras que los empiristas aplaudían estos llamamientos, pero luego solo se basaban en su experiencia personal para ejecutar un practicismo estrecho. En esta insana unidad, los teoricistas evitaban criticar políticamente a los empiristas que les apoyaban (llegando incluso a hacer encaje de bolillos argumental para intentar darle al espontaneísmo y el practicismo apariencia de práctica consciente) mientras que los empiristas decían compartir las declaraciones políticas que eran incapaces de comprender de sus teoricistas (y una vez decían esto volvían a practicar un sindicalismo cotidiano y el mismo movimientismo de siempre). Se instalaba así un pretendido sistema de “jerarquía de conocimiento” que, en realidad, era la convivencia orgánica de dos tendencias ligadas por vínculos corporativos, grupales, históricos, de amistad o de interés mutuo. Esta forma de alianza ya tomaba la forma cristalizada de oportunismo, y se instalaba dentro de nuestro partido generando un divorcio total entre los dichos y los hechos, haciendo reinar la confusión teórica y práctica entre nuestras filas.

Merece la pena señalar que no todo error político de estas tendencias corresponde a la consolidación de una línea o grupo oportunista. En un periodo dónde nuestras tareas teóricas y prácticas son tan extensas, es incluso natural que los camaradas puedan caer en tendencias teoricistas y empiristas. Lo grave no se encuentra en que un camarada se equivoque, sino en que el partido no ponga todos sus medios y esfuerzos para educar a los mismos en la rectificación de estos errores.

De cara a evitar tanto una tendencia como la otra, en Los fundamentos del leninismo Stalin plantea la necesidad de fundir la perspectiva revolucionaria con el sentido práctico. Por un lado “el ímpetu revolucionario ruso es el antídoto contra la inercia, contra la rutina, contra el conservadurismo, contra el estancamiento mental, contra la sumisión servil a las tradiciones seculares. El ímpetu revolucionario ruso es la fuerza vivificadora que despierta el pensamiento, que impulsa, que rompe el pasado, que brinda una perspectiva”. Por otro lado, “el sentido práctico norteamericano es, por el contrario, un antídoto contra el manilovismo "revolucionario" y contra las fantasías del arbitrismo. El sentido práctico norteamericano es una fuerza indomable, que no conoce ni admite barreras, que destruye con su tenacidad práctica toda clase de obstáculos y que siempre lleva a término lo empezado, por mínimo que sea; es una fuerza sin la cual no puede concebirse una labor constructiva seria”. La síntesis de ambos es la que nos permite evitar la ruptura entre teoría y práctica, entre las palabras y los hechos.