3. Una organización adaptada a nuestro actual periodo en el plan de reconstitución

Tenemos por delante un periodo cuya duración se determinará solo por los aciertos y errores del movimiento comunista en la tarea de reconstitución partidaria. Nos hemos marcado como objetivo acelerar el proceso de reconstitución partidario y desatascarlo resolviendo la principal tarea de estudiar, aplicar y difundir el marxismo-leninismo en el movimiento obrero. ¿Cómo nos organizaremos para poder cumplir esa tarea? Nuestro modelo organizativo debe responder a la satisfacción de estos objetivos.

 

3.1 ¿Para qué tenemos que organizarnos?

Tenemos claro que debemos organizarnos para estudiar, aplicar y difundir el marxismo-leninismo en el movimiento obrero. Nuestro modelo organizativo debe responder a estas declaraciones políticas. Si no pusiéramos en concordancia nuestros dichos con nuestros hechos, nuestras declaraciones políticas con nuestro modelo organizativo, estaríamos siendo partícipes de un enorme fraude para con el movimiento obrero y para con nosotras y nosotros mismos. Nuestras declaraciones políticas deben traducirse en compromisos prácticos. En lo referente al modelo organizativo, esto debe posibilitar que estudiemos, apliquemos y difundamos el marxismoleninismo entre el movimiento obrero.

Nuestro actual modelo organizativo no puede responder al cumplimiento efectivo de estas tareas. La existencia de un centro que predica lineamientos políticos escasamente concretos y una periferia que tenía plena libertad para interpretarlos a su manera se traduce en un enorme divorcio entre lo que se dice y lo que se hace. No solo eso, sino que además las interpretaciones sobre cómo es la manera adecuada de hacer lo que se dice se convierten en un centro de disputa que paraliza el partido y lo lastra. La inexistencia de un centro que cumpla propiamente sus funciones institucionaliza un modelo federal de círculos, dónde cada uno de ellos (sea grupal, corporativo o local) se adscribe al partido “a su manera”. Esta gangrena federalista atraviesa hoy la manera de enfrentar el choque ideológico, pero también la manera práctica de asumir nuestro trabajo para con el movimiento obrero, la producción de la propaganda, la instauración de un modelo de estudio y desarrollo teórico liberal e, incluso, la cuestión financiera. Con este modelo no podemos remar de manera efectiva hacia el objetivo planteado en apartados anteriores.

No debemos hacer una evaluación completamente negativa del modelo aplicado hasta ahora. Realmente esta rendición de cuentas corresponderá a un proceso colectivo. Lo que debemos remarcar es que el mismo es incompatible con las tareas de reconstitución partidaria que hoy debemos enfrentar.

A nuestro juicio, nuestro actual modelo organizativo debe garantizar: 1) la educación teórica y política de nuestra militancia y del movimiento obrero en el marxismo-leninismo; 2) la
consolidación de un centro con capacidad efectiva de decisión y de dictamen de línea política, así como un consecuente mecanismo de rendición de cuentas en tiempo y forma que no paralice la actividad partidaria a raíz de la aparición de cualquier discrepancia; 3) la preparación de un vínculo teórico-político con el movimiento obrero, donde podamos transmitirle el marxismo-leninismo mediante nuestra propaganda más elaborada y diversa, así como la agitación mejor enfocada y orientada.

Lenin comentó, en su momento, los defectos de las organizaciones locales del Partido en un sentido parecido:

“Está en lo cierto: 1) la falta de una preparación seria y de educación revolucionaria (no sólo de los obreros, sino también de los intelectuales); 2) la aplicación inadecuada y abusiva del principio electivo, y 3) la no participación de los obreros en la intensa actividad revolucionaria son, efectivamente, los principales defectos de la organización de San Petersburgo y de muchas otras organizaciones locales de nuestro partido” [3]. 

Es importante que nuestra organización asuma una dirección teórico-política única, emanada de sus organismos centrales. No pueden existir varios centros. La diferencia de opiniones o la existencia de varias tendencias dentro del partido tampoco pueden suponer la inexistencia de una única dirección en este sentido. Sin la unidad teórico-política no podemos hablar de organización. Debemos constituirnos en un modelo en el que prime como norma de vida interna y de nuestro desarrollo "ya no la lucha de fracciones, sino la colaboración orgánica de todas las tendencias a través de la participación en los órganos dirigentes" [4]. 

Por eso mismo debemos asegurar un centro político donde haya un enriquecedor debate político donde se puedan plasmar todas y cada una de las posiciones políticas existentes. En estos debates nadie debería tener miedo a expresar su parecer, y debería imperar el dicho popular de que es mejor pedir perdón que pedir permiso. Esto es fundamental porque de este proceso de debate político interno debe acordarse una línea política determinada, que debe ser asumida en sus compromisos prácticos por el conjunto de la organización. Es fundamental este clima de debate abierto y sincero, de manifestación de las posiciones. Sobre este clima de debate abierto ya hizo referencia Ludo Martens:

“Sin una atmósfera democrática en donde cada uno pueda expresar su verdadero pensamiento, no es posible aplicar el centralismo democrático. Es nefasto que los militantes no se atrevan a dar su propia opinión 'porque no saben si corresponde con la línea del partido. En primer lugar, un camarada que mantenga posiciones reformistas o izquierdistas tiene que poder exponerlas. Y el deber de los otros camaradas es hacerle cambiar de posición y educarlo. No obstante, no hay que olvidar que este cambio puede ser cuestión de tiempo. Y no podrá realizarse si el camarada no se atreve a expresar sus propias concepciones. En esta situación, reina una unidad aparente, como construida en arenas movedizas. Y cuando estalla una crisis, todas las concepciones erróneas, reprimidas y no corregidas, salen a la superficie, pero llevan a la ruptura del Partido. Por otra parte, existen a veces interpretaciones erróneas de la línea del Partido. Ciertas posiciones son entonces consideradas como falsas, a pesar de que no es la verdad. Los camaradas deben expresar sus ideas, aunque estén seguros de que no corresponden a nuestra línea. Y finalmente, un camarada puede expresar una tesis contraria a la posición del Partido. Y aunque ésta puede ser errónea, debe ser rectificada, sobre todo por las ideas justas surgidas de la base” [5].

Este clima debe venir acompañado de un espíritu autocrítico, pues todo acuerdo político debe rendir cuentas una vez ha sido trasladado a la práctica. Y de este proceso deben extraerse lecciones para el aprendizaje de toda la organización. La democracia debe ser lo más viva para que la centralización sea lo más consciente posible. Como dijo Ludo Martens:

“La línea del partido concentra la sabiduría colectiva de sus cuadros y de sus miembros; está basada sobre nuestra comprensión del marxismo-leninismo y sobre nuestros análisis de las realidades actuales. Estudiar esta línea significa asimilarla con espíritu crítico y sobre todo autocrítico. La sabiduría colectiva permite a cada miembro autocorregir algunos de sus conceptos erróneos. Se asimila la línea con el fin de ponerla en práctica y defenderla. Lo erróneo es leerla superficialmente para conocer (más o menos) su contenido”. Así como que "la crítica y la autocrítica intentan llevar a cabo, de la forma más correcta, el trabajo revolucionario. Nos servimos de la crítica y de la autocrítica para elaborar una línea y unas posiciones políticas correctas, para reforzar la organización del partido y para mejorar nuestra práctica en el seno de las masas. Lo que se pone en juego en la crítica y la autocrítica es una línea cada vez más correcta, una organización más fuerte, una mejor práctica. La crítica y la autocrítica, desligadas del análisis concreto de los errores políticos y tácticos, es puro ideologismo y esto sólo puede servir para aniquilar la vida del partido” [6].

Es importante que el centro sea sólido, porque de él se desprende toda la descentralización subsiguiente y la división de tareas. Si nos quedáramos en lo expuesto en anteriores párrafos tendríamos un círculo de debate más o menos sólido que daría a luz alguna publicación de cierto nivel cada cierto tiempo. De facto tenderíamos a convertirnos en un círculo hermético, aislado del movimiento obrero e incapaz de articular una práctica ambiciosa que nos permitiese fortalecernos. Aún en las mejores condiciones de democracia interna y disciplina, si este trabajo de clarificación política no se trasladara en una descentralización con base en la división del trabajo, no se plasmaría en compromisos prácticos permanentes, y posiblemente el espíritu sano del círculo de debate y propaganda terminaría languideciendo, convirtiéndose en un auditorio donde los “líderes” jalearían a sus seguidores mientras nos iríamos descomponiendo poco a poco. Este proceso nos transformaría, con mayor o menor velocidad, en una secta moribunda.

Nuestro modelo debe optar por la relación que Lenin definía entre “el comité” y el “movimiento local”:

“Así pues, el tipo general de organización deberá ser, a mi juicio, el siguiente: a la cabeza de todo el movimiento local, de toda la actividad socialdemócrata local se hallará el comité. Del comité partirán los organismos subordinados a él y sus filiales, configurando, en primer lugar, una red de agentes ejecutivos, que abarcará a toda (si fuera posible) la masa obrera y estará organizada en forma de grupos de distrito y subcomités de fábrica. En tiempos de paz, esta red se dedicará a distribuir publicaciones, octavillas, proclamas e informaciones clandestinas del comité; en tiempos de guerra, organizará manifestaciones y otras acciones colectivas. En segundo lugar, partirá también del comité una serie de círculos y grupos de todo género puestos al servicio del movimiento en conjunto (propaganda, transporte, medidas clandestinas de diverso tipo, etc.). Todos los grupos, círculos, subcomités, etc., deberán ser considerados organismos del comité o secciones suyas. Unos manifestarán francamente su deseo de ingresar en el Partido Obrero Socialdemócrata de Rusia y pasarán a formar parte de él, siempre y cuando que su ingreso sea ratificado por el comité asumirán (por encargo del comité o de acuerdos con él), funciones determinadas, contraerán la obligación de acatar cuanto dispongan los organismos del Partido, se les concederán los derechos propios de todos los miembros del Partido, serán considerados suplentes inmediatos de los miembros del comité, etc. Otros no ingresarán en el Partido Obrero Socialdemócrata de Rusia y serán considerados círculos organizados por miembros del Partido o contiguos a uno u otro grupo del Partido, etc” [7].

Durante este periodo consideramos que el partido no debe cerrarse en sí mismo, aunque sí debe restringir al centro la toma de decisiones ideológicas y prácticas. El partido debe ser dirigido por grupos de camaradas no demasiado grandes, pero para poder trasladar a la práctica estas orientaciones el partido debe buscar la mayor descentralización posible. Es así necesario que entendamos esta relación entre la centralización y la descentralización, entendiendo que debemos asegurar la línea y el rumbo común (homogeneidad), a la vez que la plasmación práctica de esos elementos comunes, posibilitando su desarrollo en el marco del movimiento obrero. La máxima centralización deriva en la posibilidad de obtener la mayor de las descentralizaciones posibles. Ambos elementos conforman unidad y contradicción, y son los que dan vida al modelo bolchevique de Partido. Lenin lo explicaba con bastante acierto:

“Llegamos ahora a un principio muy importante de toda la organización y actividad del Partido: si en lo que concierne a la dirección ideológica y práctica del movimiento y de la lucha revolucionaria del proletariado es necesaria la mayor centralización posible, en lo que se refiere a la información del centro del Partido (y, por consiguiente, de todo el Partido en general) acerca del movimiento, en lo que se refiere a la responsabilidad ante el Partido se impone la mayor descentralización posible. El movimiento debe ser dirigido por el menor número posible de los grupos más homogéneos de revolucionarios profesionales templados por la experiencia. Pero en el movimiento debe participar el mayor número posible de los grupos más variados y heterogéneos, pertenecientes las capas más diversas del proletariado (y de otras clases del pueblo). Con respecto a cada uno de estos grupos, el centro del Partido deberá tener siempre a la vista no sólo datos exactos acerca de sus actividades, sino también los datos más completos que sea posible acerca de su composición. Debe centralizar la dirección del movimiento. Pero también (y precisamente para ello, pues sin información no es posible la centralización) descentralizar cuando sea posible la responsabilidad ante el Partido de cada uno de sus miembros por separado, de cada uno de los que participan en el trabajo, de cada uno de los círculos integrados en el Partido o ligados a él. Esta descentralización es condición indispensable para la centralización revolucionaria y un correctivo imprescindible de la misma. Cuando la centralización se haya llevado hasta el final y dispongamos de un OC y de un CC, precisamente entonces la posibilidad de comunicación con ellos de todos los grupos, hasta los más minúsculos – y no sólo la posibilidad de comunicación, sino las comunicaciones regulares con el OC y el CC, convertidas en hábito a lo largo de una práctica de muchos años-, evitará que la presencia fortuita de elementos negativos en la composición de tal o cual comité local se traduzca en resultados deplorables” [8].

Debemos asegurar que nuestra organización sea capaz de dividir tareas, pero que de dicha división no se desprenda una escisión de criterios o un divorcio en el rumbo político, sino que toda división de tareas se desprenda de la máxima centralización política-organizativa. Esto significa que debemos tener una única dirección, un único rumbo marcado, para el cual dividimos el trabajo y asignamos tareas especializadas a los diferentes militantes para poderlo sacar adelante. Es lo que Lenin definió como:

“[…] saber sacar partido de todo y cada uno, en “dar trabajo a todos y a cada uno”, manteniendo al mismo tiempo la dirección de todo el movimiento y manteniéndola, por supuesto, no por la fuerza del poder, sino por la fuerza del prestigio, por la de la energía, de la mayor experiencia, de la mayor diversidad de conocimientos y del mayor talento” [9].

Y en la lógica de “dar trabajo a todos y a cada uno” debemos intentar explotar las mejores capacidades de todas y cada una de las militantes de nuestro partido. No podemos tratar con desprecio a camaradas que sean peores propagandistas cuando, posiblemente, podamos tener delante a un excelente agitador. No podemos dejar de contar con la opinión de un camarada que no sea un excelente teórico, pues tal vez sus dotes como organizador sean fundamentales para que el más acertado posicionamiento del partido sobre la esencia de los últimos sucesos políticos pueda repartirse en menos de una semana en la puerta de cada fábrica. No debemos marginar a los propagandistas porque aún no hayan tenido un estrecho y regular contacto práctico con el movimiento obrero. Debemos intentar salvar las carencias de cada una de nosotras basándonos en el principio de camaradería y de educación política, a la vez que especializamos a cada una en el campo donde pueda dar lo mejor de sí mismo. Nuestras carencias no deben ser cubiertas individualmente, sino de manera colectiva. El método de que un militante “todo lo hace” es un método artesanal. En el campo organizativo, si el individuo tiene que asumir todo un compendio de tareas diferentes él solo (por ejemplo: estudio, elaboración de propaganda, gestión financiera, organización de los recursos, búsqueda de las consignas para agitar en la prensa…) esto es síntoma de que la organización está poco desarrollada. Por el contrario, la división de tareas es una condición a la vez que un síntoma del desarrollo de la organización. La claridad de la propaganda no puede ser responsabilidad de un individuo dispuesto a hacerlo, sino de la claridad del partido como propagandista colectivo. El acierto a la hora de distribuir los materiales no puede ser responsabilidad de la agudeza o el despiste de una camarada, sino de la capacidad del partido como organizador colectivo. La elección de las ideas fundamentales para trabajar nuestra agitación no puede depender de lo espabilado que sea un individuo, sino del acierto del partido a la hora de escoger las ideas fundamentales como agitador colectivo.

Además, de esta división no puede derivarse la libertad para que cada uno haga lo que quiera en su campo de especialización. La división se desprende de la unidad. De la unidad de criterios políticos (desarrollados mediante los acuerdos de los órganos) parte la división del trabajo y su especialización. Marchamos hacia el mismo rumbo, aunque por necesidad tengamos que separarnos en grupo para cubrir más terreno.

Lenin lo explicaba perfectamente cuando afirmaba que:

“El comité debe esforzarse por dividir al máximo el trabajo, teniendo presente que los diferentes aspectos de la labor revolucionario requieren facultades distintas, que, a veces, un
hombre completamente inútil como organizador puede resultar un agitador insustituible, o que un hombre incapaz de resistir los rigores de la actividad clandestina será un excelente propagandista, etc.”.

En resumen, hoy necesitamos organizarnos para:

  1. Estudiar, aplicar y difundir el marxismo-leninismo en el movimiento obrero.
  2. Disponer de un centro homogéneo que sea capaz de marcar línea, orientaciones y directrices políticas.
  3. Disponer de un aparato capaz de ejecutar de manera efectiva los acuerdos del centro mediante la descentralización fundamentada en la división del trabajo.
  4. Disponer un flujo constante de información entre la periferia y el centro, que posibilite a este último saber cómo se están aplicando los acuerdos emanados de los órganos.
  5. Posibilitar que el flujo constante de información genere un constante clima de debate político que se traslade a los órganos decisorios, los cuales deben rendir cuentas de toda su actividad en un tiempo y una forma determinada, de manera que no obstaculice el desarrollo partidario sino que lo fortalezca.

Lenin resumía gran parte de estas ideas cuando afirmaba que:

“Ahora que nos encontramos ya en vísperas de la unificación práctica del Partido y de la creación de un verdadero centro dirigente, debemos tener siempre presente que este centro resultará impotente si no implantamos al mismo tiempo, la máxima descentralización, tanto en lo concerniente a la responsabilidad ante él como en lo que se refiere a su información acerca de todas las redas y engranajes del mecanismo del Partido. Esta descentralización no es sino el reverso de esa división del trabajo que, según el consenso general, constituye una de las más apremiantes necesidades prácticas de nuestro movimiento. Ni el reconocimiento oficial del papel dirigente de determinada organización, ni la constitución de CC.CC. formales aportarán de por sí la unidad efectiva de nuestro movimiento ni crearán un partido sólido y combativo, si el centro dirigente del partido queda, como antes, separado del trabajo práctico directo por los comités locales de viejo tipo; es decir, comités en los que, por una parte entra un montón de personas, cada una de las cuales maneja todos y cada uno de los asuntos sin dedicarse a funciones específicas del trabajo revolucionario, sin asumir la responsabilidad por alguna tarea concreta, sin llevar a término la tarea asumida, bien pensada y preparada , malgastando enorme cantidad de tiempo y de energías en ajetreos de radicales” [10].

 

NOTAS

[3] V. I. Lenin, Carta a un camarada.

[4] A. Gramsci, La situación italiana y las tareas del PCI.

[5] Ludo Martens, El partido de la revolución.

[6] Ibíd.

[7] V. I. Lenin, Carta a un camarada.

[8] Ibíd.

[9] Ibíd.

[10] Ibíd.