40 años después de la muerte del dictador: ¡Levantemos la bandera de la República Democrática y el Socialismo!

Partido del Trabajo Democrático
20 de Noviembre de 2015

Francisco Franco fallecía hace 40 años plácidamente en su cama. Su muerte supuso una agridulce sensación entre los progresistas, demócratas y comunistas del mundo entero. Por un lado, se agradecía que su fallecimiento debilitara al régimen fascista y abriera espacio para avanzar en determinadas conquistas democráticas y progresistas mientras que, a su vez, se temía que el hecho de que el dictador muriera sin haber sido derrotado por un amplio movimiento de masas democrático pasara factura al devenir del pueblo español.

Los años posteriores mostrarían que había razones para lamentar este hecho así como para alegrarse por él. Sin duda el fallecimiento del “generalísimo” abrió tal brecha en el sistema de poder fascista que la oligarquía se vio obligada a recomponer su sistema político llegando a una componenda con otras clases y sectores sociales. De esta necesidad del capitalismo español de sobrevivir al conjunto de presiones internas (movilización obrera y democrática) y externas (presión de las potencias europeas para homologar España al mercado común europeo, a los intereses geoestratégicos del a OTAN y a unas instituciones que pudieran ser percibidas como legítimas por una comunidad internacional occidentalizada) se fraguaría un nuevo pacto social que permitiría a la fracción de la clase dominante (la oligarquía) mantener los principales resortes del poder político y expandirse a los mercados internacionales a cambio de llevar acabo todo un conjunto de concesiones internas y externas al resto de sectores sociales. En este nuevo “consenso social” la clase obrera y los sectores del pueblo lograrían importantes conquistas democráticas y económicas, sin embargo estas se hacían a costa de asegurar el poder de la clase dominante por ya 40 años, así como desarticular las principales organizaciones que habían plantado cara a la dictadura, mediante su cooptación con prebendas o su desarticulación ideológico-orgánica.

Así todo se quedó “atado y bien atado” para la oligarquía. Mientras que su poder político se convirtió en incuestionable y se blindó mediante la arquitectura estatal (coronada por la monarquía), las conquistas que beneficiaron a la clase obrera y el pueblo fueron progresivamente desmanteladas a medida que la correlación de fuerzas se hacía más favorable a los poderosos. Así, se impuso en 1980 el Estatuto de los Trabajadores y después comenzó un proceso continuo de reconversión industrial que fueron el comienzo de los ataques contra el mal llamado “Estado del bienestar”, intensificándose mediante sangrantes privatizaciones y retrocesos sociales durante la “ola neoliberal” de los 90 surfeada por José María Aznar y los populares, acelerándose drásticamente bajo la excusa de ser medidas de emergencia para sortear la crisis económica y cristalizándose mediante el golpe de Estado constitucional perpetrado por populares y socialistas a finales del mandato de José Luis Rodríguez Zapatero en 2011. Hoy nos encontramos al filo del precipicio, debatiéndonos sobre si seremos capaces de frenar el desmantelamiento del último atisbo de estabilidad en el mercado laboral con la devaluación del contrato indefinido mediante la propuesta patronal del “Contrato único” o las insinuaciones de la suspensión de autonomías ante la incapacidad de resolver los conflictos nacionales latentes en nuestro país. Además, a diferencia del resto del mundo, el fascismo español sigue impune y sus víctimas despreciadas.

Sin embargo, gracias a los retrocesos de estos 40 años recuperamos la lección que inspiró a la clase obrera durante los 40 de clandestinidad que le precedieron: Si no luchamos estamos perdidos.

No nos basta con luchar por cualquier cosa. Debemos colocar en el centro de nuestro movimiento las principales propuestas que condensen las aspiraciones más progresivas y democráticas de la clase obrera. Así estamos obligados a levantar, de nuevo, la bandera de la República Democrática, la bandera de que las decisiones de la mayoría de la población se impongan sobre los intereses de una minoría de explotadores. Así estamos obligados a levantar, de nuevo, la bandera del progreso social y la igualdad, la bandera de que la riqueza generada en una economía cada vez más social (porque involucra a más personas en su funcionamiento) sirva para satisfacer los intereses de la mayoría de la sociedad, y no exclusivamente de aquellos que buscan el lucro en la producción o la distribución.

En definitiva estamos obligados a situar en el centro de nuestro movimiento la bandera del socialismo. Porque estamos convencidos de que el poder de la clase obrera es el único que puede garantizar las máximas aspiraciones democráticas y progresistas del conjunto del pueblo.

Hace 40 años el franquismo ya había vivido otros 40. Mientras demócratas de palabra, liberales de lujuriosos salones y socialistas invisibles habían olvidado España, sólo aquellos que se atrevían a levantar la bandera del socialismo tenían el valor de evitar que Franco y los suyos sometieran el país a sus anchas. Fue bajo la bandera del socialismo por lo que los sindicatos fueron posibles, por lo que las élites se vieron obligadas a ceder cierta democracia formal y por lo que hoy podemos publicar este artículo abiertamente sin que todavía ni el redactor ni los distribuidores tengan que correr el riesgo de visitar una prisión.

¡Levantemos la bandera de la República Democrática y el Socialismo para no retroceder más!

¡Levantemos la bandera de la República Democrática y el Socialismo para recuperar lo que nos han robado!

¡Levantemos la bandera de la República Democrática y el Socialismo para construir una nueva sociedad!