Informe del Comité Central. Motivación Política

Partido del Trabajo Democrático
Comité Central
Lunes, 22 Septiembre, 2014

El Partido del Trabajo Democrático conformado desde la Conferencia de abril de 2014 es el resultado de la unión de tres organizaciones, hasta entonces independientes, sobre la base de un acuerdo ideológico y político plasmado en un programa inicial, un esbozo de táctica-plan y unos criterios organizativos.

Para vencer en la lucha de clases en la que nos hallamos inmersos, somos conscientes de que necesitamos forjar una identidad mucho más profunda y sólida, mediante el debate y la práctica común. Por eso, el paso siguiente que hemos dado, además de intervenir puntualmente en diversos movimientos sociales, es el de debatir y acordar democráticamente un plan de trabajo con el que definir nuestra acción orientada hacia el objetivo estratégico de la clase obrera: la revolución socialista. 

Fruto del examen de la propuesta inicial por parte del conjunto de la militancia del Partido del Trabajo Democrático, su Comité Central ha resuelto que el Plan no debe limitarse a una mera suma de tareas clasificadas, reputadas como necesarias según nuestra experiencia y tradición previas. Ante todo, tiene que servir al cumplimiento de unas prioridades determinadas a partir de un análisis político, ayudando a cada militante a atravesar el bosque que nos lleva al socialismo, en vez de perderse entre sus árboles. El Plan de Trabajo que a continuación exponemos es una proyección sistemática de nuestra actividad inmediata hacia el objetivo único que perseguimos. De este modo, nuestros principios, nuestra estrategia, nuestro programa, nuestra táctica-plan y nuestro plan de trabajo se vinculan entre sí para conformar una línea política coherente.  

El punto de partida correcto es, según la expresión de Lenin, el del análisis concreto de la situación concreta. Se trata de una labor que nunca se puede dar por completada, puesto que “la variedad de cosas es inconmensurable y su desarrollo no tiene límites”1. Viene siempre condicionada por la subjetividad de quienes la realizan, subjetividad que es el resultado de su particular experiencia. Hemos procurado acometerla evitando que esta condición nos haga perder la objetividad, es decir, sin subjetivismo. 

Para diseccionar la realidad y hallar la mejor manera de transformarla progresivamente, nos esforzarnos por manejar la herramienta que más ha acreditado su validez a lo largo de la historia contemporánea: la teoría científica del marxismo-leninismo. En su uso, debemos precavernos a la vez de dos exageraciones, opuestas entre sí y opuestas a la naturaleza de esta doctrina, que son el dogmatismo y el revisionismo. Y, a cambio, debemos procurar simultáneamente firmeza y flexibilidad.

LAS CONDICIONES EN LAS QUE ACTUAMOS

Los datos últimos de la evolución económica de España, incluidos parcialmente los del desempleo, parecen indicar que la crisis está remitiendo y se inicia un cambio de ciclo económico hacia un crecimiento por ahora moderado. El gobierno derechista de Rajoy se apunta el éxito, pretendiendo que es el fruto de su política, aunque se trate esencialmente de la misma política que está precipitando nuevamente a las economías centrales de Europa (Alemania y Francia) en la recesión, y a pesar de seguir empeorando la situación de los trabajadores: antes por la crisis y ahora con el pretexto de no perjudicar la salida de la crisis. Las llamadas “reformas estructurales” de los gobiernos de la Unión Europea no son más que contrarreformas destinadas a proporcionar negocios a los grandes capitalistas gracias a la reducción de los salarios y los derechos sociales. Este triste logro, tras haber destruido fuerzas productivas “sobrantes” durante 5 años, es efectivamente la fuente de la actual reanimación de la producción. Es razonable suponer que esta última aliviará hasta cierto punto la crisis del régimen político actual, que había sido engendrada o, al menos, amplificada por el empeoramiento de la situación material de la mayoría de la población.

Si se consolida el crecimiento económico, la lucha de resistencia de los trabajadores vendrá marcada en adelante por su demanda de aliviar su sufrimiento participando en los frutos de la recuperación económica. Será el contexto inmediato en el cual deberemos construir conciencia y organización revolucionarias.

A escala internacional, crece el conflicto entre el imperialismo occidental y los países emergentes, sobre todo China y Rusia. Frente al mayor dinamismo económico de éstos, los Estados Unidos de América y la U.E. responden con una agresividad militar creciente, últimamente muy a la vista en Siria, Ucrania, Venezuela y Palestina. Las masas trabajadoras de Occidente y los países oprimidos del resto del mundo todavía son mucho más débiles que los imperialistas, pero su fuerza crece, minando lentamente el poder de éstos. 

El desarrollo económico de China y su actividad exterior beneficiosa para la independencia de las naciones del tercer mundo atacan el neocolonialismo que ha corrompido las sociedades occidentales. Partiendo de un nivel de desarrollo económico pre-capitalista y careciendo del apoyo de Estados obreros más avanzados, la República Popular China reforma su socialismo2 con la prioridad de salir del atraso y la pobreza, contribuyendo, sobre esta base, a la lucha de los pueblos contra el imperialismo y a la descomposición de los cimientos económicos de este sistema internacional. Ahora nos toca al proletariado occidental, y primeramente a los comunistas occidentales, hacer el resto para que el siglo XXI sea el de la victoria definitiva del socialismo en el mundo.

En España, como en las demás potencias dominantes, la lucha de masas ha contribuido a que los monopolistas tengan que reducir la intensidad de su ofensiva neoliberal. No obstante, el desarrollo de la movilización popular se ha visto un tanto cohibido momentáneamente por la represión (particularmente contra los huelguistas y los activistas de las Marchas de la Dignidad del 22M) y la ilusión de las masas en la posibilidad de hacer valer sus intereses mediante la elección de otros partidos que las representen más fielmente. Mientras, la oligarquía de los grandes capitalistas se prepara para intensificar nuevamente su política agresiva mediante un incremento de las medidas coercitivas contra quienes protesten. Sin embargo, es precisamente esta represión policial, judicial, legislativa –en definitiva, política- la que ha empujado al pueblo combativo a incorporarse también a la actividad política, y éste ha aprovechado las elecciones europeas del pasado 25 de mayo para propinar un claro revés a los partidos utilizados hasta ahora por la oligarquía: el PP y el PSOE. Ésta se ha visto obligada a acelerar el cambio de rey para dar una apariencia de mejoramiento de su actual régimen político. La respuesta democrática a esta maniobra ha sido considerable, pero insuficiente para impedirla.

En general, el importante desarrollo de la lucha de masas de los últimos años (tres huelgas generales, el 15M, el movimiento vecinal contra los desahucios, las Mareas sectoriales, las Marchas de la Dignidad, etc.) ha conseguido escasos resultados, al menos, por ahora. Prosigue el deterioro en las condiciones de vida de la mayoría, mientras la minoría pudiente amasa crecientes fortunas. Nos enfrentamos pues a un hueso más duro de roer de lo que nos resultaba tiempo atrás. Necesitamos saber por qué, si queremos pararle los pies y vencerlo.

Las elecciones del 25M: oportunidades y riesgos

En el conjunto de la Unión Europea, el electorado castigó a conservadores, liberales y socialdemócratas y aumentó sus apoyos al nacionalismo de extrema derecha, al reformismo democrático (Syriza, Front de Gauche, etc.) y, en menor medida, a los partidos comunistas (PC Portugués y PT de Bélgica)3. Este resultado pone, por tanto, de manifiesto el viraje de las masas hacia la oposición política, pero con una conciencia todavía pequeñoburguesa –reformista o reaccionaria-, muy lejos de ser revolucionaria. Incluso muestra que las masas demandan mucho más un cambio de política en la UE y una reforma de la misma, que la ruptura con este organismo.

En España, el PP y el PSOE pierden más de 5 millones de votos (cayendo juntos por debajo del 50%, cuando tenían más del 80%) y los partidos del campo popular ganan cerca de 3 millones, superando en conjunto el resultado del PP. En nuestro país, la evolución de las masas populares, positiva, democrática, hacia la izquierda, es mucho más clara que en el resto de la UE, cumpliéndose el análisis y la consigna de voto que el PTD lanzó en la campaña electoral.

Pero hay que ser realistas y no embriagarse con el éxito. La incipiente demanda mayoritaria de una política favorable a las clases populares está todavía muy lejos de la consecución de la misma. Entre medias, tropezamos con la división de las fuerzas democráticas –acrecentada con las expectativas electorales de Podemos- y con el poder económico, mediático y político de la burguesía monopolista. La historia contemporánea muestra que únicamente la clase obrera puede cohesionar las organizaciones populares en una fuerza capaz de derribar este poder, y esto, no precisamente por medio de unas elecciones. Si los partidos ahora anti-Troika alcanzaran una posición de gobierno en algún municipio importante, comunidad autónoma o incluso en el Estado, estallarían las contradicciones de clase entre ellos y sus apoyos de masas. Estos partidos son pequeñoburgueses por su dirección, su origen, su composición social, su programa y su práctica. Y, dado el escaso margen de maniobra que facilitan las condiciones objetivas, se dan todas las probabilidades para que los gobiernos que formen estos partidos acaben defraudando a las masas populares, convirtiéndolas en presa fácil del populismo fascista. 

Sin embargo, las masas sólo pueden asumir esta verdad por medio de su experiencia directa. De ahí la necesidad de que los comunistas las acompañemos en ésta, con una apoyo crítico a su incipiente incorporación a la política bajo tales parámetros, al mismo tiempo que centramos nuestras energías en la construcción del Partido en el seno del movimiento obrero4.

Concretamente, para que este esperanzador viraje del electorado sea el preludio de la victoria –y no el de una derrota mayor-, debemos intervenir sobre él a partir de un análisis un poco más profundo, un análisis de clase.

La crisis económica y la erosión de la base neocolonial del imperialismo occidental han golpeado duramente a las masas obreras y populares. Sin embargo, no han repercutido por igual en éstas. Centrándonos en España, donde hace decenios que no actúa un partido comunista solvente, las masas proletarias más pobres ya estaban agobiadas por la explotación y la miseria antes de la crisis, y ésta “sólo” ha incrementado aun más ese agobio. Si antes, su nivel de politización era bajo, la crisis las ha alejado todavía más de la política (salvo si han recibido la asistencia de organizaciones del movimiento popular). Aquellas otras masas proletarias que el capitalismo organiza en fábricas han resistido por ello mejor a la crisis y su nivel de politización se ha elevado ligeramente por esta práctica de resistencia, beneficiando por lo general a los partidos con influencia en el movimiento sindical (algo el PSOE y Podemos, mucho más IU). Donde el viraje político ha sido más pronunciado es en las capas asalariadas superiores, más cualificadas pero escasamente sindicalizadas, así como en la pequeña burguesía. Estos sectores se han visto fuertemente sometidos a un proceso de empobrecimiento, ruina y proletarización. En este aspecto, son estas capas medias las que más han perdido con las políticas oligárquicas de crisis: sobre todo han perdido su comodidad y la esperanza de estar entre los ganadores, de ser parte de la clase dominante. De ahí que su apoyo electoral al PP y al PSOE se haya tornado en castigo a éstos y en impulso a fuerzas pequeñoburguesas, en el mejor de los casos democráticas, como IU y Podemos5. De ahí que el consenso impuesto por la oligarquía se haya roto por una explosión de ideología pequeñoburguesa.

El giro político de las capas superiores del pueblo se puso de manifiesto a partir del movimiento de los indignados (15M, en España). Su surgimiento fue motivo de polémica entre los comunistas. Unos lo apoyaron y participaron en él porque destacaban su carácter popular, democrático y antioligárquico; mientras que otros, primaron la crítica y el rechazo al mismo por su orientación pequeñoburguesa y antiproletaria. El 22M intentó promover un movimiento popular con posiciones obreras más definidas, pero sus resultados han sido insuficientes. Desde entonces, la atención de amplias masas se ha trasladado al terreno electoral y la valoración contradictoria sobre el 15M es aplicable a IU y, sobre todo, a Podemos. 

Es cierto que, en ambas formaciones, la minoría obrera ha cobrado mayor fuerza, pero ni la mayor presencia tradeunionista de IU en los sindicatos6, ni la democracia digital de Podemos bastarán para que el proletariado arrebate en ellos las riendas a la pequeña burguesía. No debemos esperar otra cosa de la democracia, pues ésta no puede ser más que la forma de una determinada dominación de clase. Otra cosa es que el desarrollo de la acción sindical y de la democracia7 sea indispensable para la destrucción de la dictadura de clase a la que sirve y, en el caso que nos ocupa, para el reemplazo de IU y Podemos por el partido proletario revolucionario, como fuerza capaz de nuclear a las masas obreras y populares. Esto no podrá conseguirse en poco tiempo, pero será una parte irrenunciable de nuestra táctica hasta la realización de nuestro objetivo estratégico. 

Por mucho que IU y Podemos agrupen una minoría de obreros en su seno y tengan un predicamento mucho mayor que nosotros entre las masas proletarias, no son expresiones organizadas del frente único del pueblo. Tampoco debemos tener la misma consideración hacia ellos que hacia los sindicatos, a pesar de que los dirigentes de éstos también tengan posiciones pequeñoburguesas. En efecto, la cuasi-totalidad de los miembros de los sindicatos son trabajadores asalariados y, sobre todo, su práctica consiste en organizar al trabajo en su conflicto cotidiano con el capital. Son organizaciones de las masas proletarias bajo influencia pequeñoburguesa, mientras que IU y Podemos son partidos políticos pequeñoburgueses que influyen sobre las masas obreras. Aunque son beneficiosos por cuanto arrastran a éstas a la lucha política contra la oligarquía, al tiempo, lo hacen atiborrando sus mentes de filisteísmo8. Tenemos el reto de construir relaciones de frente único con ellos, pero ellos no son cualitativamente ese frente único, por mucho que cuantitativamente agrupen a masas de todas las clases populares. 

En una primera etapa, el frente único del pueblo sólo podrá plasmarse en coincidencias puntuales y en acuerdos parciales, hasta que el partido proletario se fortalezca lo suficiente para poder construir organizaciones comunes a ambas clases que no vayan en detrimento de los intereses fundamentales de la nuestra. Mientras, no debemos aceptar cargos de dirección o de representación en formaciones interclasistas de masas que no lleven aparejada una defensa explícita de nuestra independencia política y una exposición de las razones tácticas por las que los asumimos en determinados límites.

“Para luchar contra un enemigo común –sostiene Marx- no se precisa ninguna unión especial. Por cuanto es necesario luchar directamente contra tal enemigo, los intereses de ambos partidos coinciden por el momento, y dicha unión, lo mismo que ha venido ocurriendo hasta ahora, surgirá en el futuro por sí misma y únicamente para el momento dado. Es evidente que en los futuros conflictos sangrientos, al igual que en todos los anteriores, serán sobre todo los obreros los que tendrán que conquistar la victoria con su valor, resolución y espíritu de sacrificio. En esta lucha, al igual que en las anteriores, la masa pequeñoburguesa mantendrá una actitud de espera, de irresolución e inactividad tanto tiempo como le sea posible, con el propósito de que, en cuanto quede asegurada la victoria, utilizarla en beneficio propio, invitar a los obreros a que permanezcan tranquilos y retornen al trabajo, evitar los llamados excesos y despojar al proletariado de los frutos de la victoria. No está en manos de los obreros impedir que la pequeña burguesía democrática proceda de este modo, pero sí está en su poder dificultar la posibilidad de imponerse al proletariado en armas y dictarles unas condiciones bajo las cuales la dominación de los demócratas burgueses lleve desde el principio el germen de su caída, facilitando así considerablemente su ulterior sustitución por el poder del proletariado.”9

La situación política tras las elecciones europeas pone de manifiesto la tremenda debilidad que todavía arrastra la clase obrera, cuyas masas han sido golpeadas por la crisis capitalista y su partido, por la prosperidad capitalista que lo volvió revisionista. Nuestra clase social se ha colocado a la cola de la pequeña burguesía en rebelión. Sólo actúa defensivamente en el plano económico, mientras que en los planos político e ideológico va detrás de la pequeña burguesía.

Ningún progreso popular será sólido si no va a acompañado de un progreso en la conciencia y la organización independientes del proletariado. Por eso, después del éxito popular del 25M, nuestra atención prioritaria debe dirigirse, mucho más que antes, hacia el desarrollo de la clase obrera y de su Partido, empezando por el PTD. Como bien destaca nuestra táctica-plan: “debemos dirigir principalmente nuestros escasos efectivos hacia los trabajadores sindicados y hacia los propios sindicatos. (…) Nuestro objetivo más inmediato será el de establecer vínculos con el proletariado fabril de las grandes empresas industriales”. Las fábricas deben convertirse en el bastión de la causa democrática y socialista. Las fábricas deben ser nuestra base de apoyo: el PTD debe llegar a ser, ante todo, el partido de las fábricas. Como vamos a explicar más detenidamente, cada una de nuestras tareas se va a realizar con el objetivo principal de entrar en las grandes empresas mineras, energéticas, metalúrgicas, químicas, petroleras, de maquinaria, automovilísticas, aeroespaciales, etc. El proletariado no puede progresar si no lo hace su partido y el partido comunista no puede progresar si no lo hace el proletariado. 

“En todos los países –recuerda Lenin-, hubo un período en que el movimiento obrero y el socialismo existieron por separado, siguiendo caminos distintos, y en todos los países esta desvinculación debilitó el socialismo y el movimiento obrero; en todos los países, sólo la unión del socialismo con el movimiento obrero creó una sólida base tanto para uno como para el otro”10.

Perspectiva política

La mejoría que parece estar experimentando la economía contribuye a enmascarar el trasfondo de la crisis y de la recesión de los últimos años. Durante la misma, se han destruido fuerzas productivas –sobrantes, desde el punto de vista de la rentabilidad capitalista- y se han reajustado mecanismos financieros, laborales, etc., pero la crisis estructural de sobreproducción y sobreacumulación iniciada en los años 1970, lejos de haberse resuelto, subyace y se agrava. Para hacerse una idea, basta con observar que el Estado, que ha acometido “reformas estructurales” para corregir desequilibrios, se ha desequilibrado él mismo con esta actuación y ha reducido su capacidad de intervención económica al dispararse su propio endeudamiento (un billón de euros y casi el 100% del PIB). Si no se modifican las actuales relaciones entre capital y trabajo, ¿cuánto va a tener que crecer la producción privada para poder sanear las cuentas públicas? ¿Cómo se encontrarán éstas cuando la producción privada vuelva a toparse con los límites del mercado y necesite nuevas inyecciones masivas de dinero público?

Así, las condiciones de vida de las masas sólo pueden empeorar y sólo puede acrecentarse la pérdida de competitividad de Occidente con respecto a las economías emergentes. La actual reanimación de la producción no será larga ni vigorosa y habrá nuevas crisis coyunturales todavía más destructivas. Está servida la base económica para que el régimen capitalista se vea empujado hacia el fascismo y la guerra mundial. 

Pero el empeoramiento creciente de las masas y las guerras que desencadene el imperialismo van a agudizar las contradicciones de clase y harán que la tendencia histórica a la revolución socialista se haga cada día más visible y acuciante (aun con altibajos). Va a crecer la actualidad del marxismo-leninismo y el interés de las masas obreras por él y, con esto, la necesidad, la posibilidad y la viabilidad de reconstituir el partido proletario revolucionario, el Partido Comunista.

Por esta razón, aunque debamos vincularnos al movimiento espontáneo de las masas obreras por el aprovechamiento de la reactivación económica11, aunque debamos participar en la lucha democrática dirigida por la pequeña burguesía, no debemos perder de vista que todo eso no es más que la superficie de la realidad, el eslabón de enganche para desarrollar el movimiento obrero por el camino de la revolución. El contenido principal de esta labor debe enfocarse al desarrollo de la conciencia y organización proletarias, soberanas e independientes de la dirección e influencia de otras clases sociales. Ésta es la dialéctica que no son capaces de entender ni de practicar los reformistas y los dogmáticos. Ésta es la dialéctica que los comunistas debemos comprender, asumir y aplicar.

Para esto, es necesario que examinemos autocríticamente la subjetividad de los comunistas, entre los que nos hallamos, y que tomemos las medidas necesarias para ponerla en sintonía con la realidad objetiva en su desarrollo necesario.

LA RECONSTITUCIÓN DEL PARTIDO COMUNISTA Y LAS TAREAS DEL PTD

La clase obrera necesita, ante todo, organizar un partido político que sea fiel a sus intereses hasta el final, hasta que consiga emanciparse totalmente del yugo capitalista. Un partido político, porque, para acabar con la división de la sociedad en clases, en explotadores y explotados, el proletariado debe ejercer el poder político sobre las demás clases de la sociedad. En España, tuvo un partido así, en el pasado, y, ahora, reconstituirlo es la máxima prioridad. 

La desnaturalización del PCE y de los partidos comunistas de otros países no sólo se debe a que los revisionistas (falsificadores del marxismo) desplazaron de la dirección de los mismos a los marxistas-leninistas –como se limitan a constatar los comunistas dogmáticos-, sino que este resultado se explica fundamentalmente por causas objetivas. El apogeo del imperialismo se dio tras el reajuste destructivo de dos guerras mundiales y la subordinación a los Estados Unidos del sistema capitalista internacional, cebado con la explotación colonial y neocolonial de la mayoría de la humanidad. Con esta tremenda riqueza en sus manos, el imperialismo hizo concesiones al movimiento obrero de los países dominantes, sobornó a parte de sus dirigentes y multiplicó las dificultades de los jóvenes Estados proletarios, causadas por el atraso económico y social heredado. Así, la tendencia a la claudicación y al oportunismo se adueñó de los partidos comunistas y las masas obreras quedaron huérfanas de dirección revolucionaria, degradándose más y más hacia la condición de esclavos sumisos.

Pero, la economía capitalista internacional, por su propia naturaleza y gracias a la resistencia de los países socialistas, del movimiento obrero y del movimiento de liberación nacional, ha ido acumulando problemas hasta entrar en crisis estructural, desde los años 70. Si la labor corruptora del imperialismo sobre los partidos revolucionarios tardó muchos decenios en fructificar, otros tantos decenios de crisis estructural serán probablemente necesarios para devolver al movimiento obrero y comunista su anterior vitalidad, e incluso, superarla. Por ahora, llevamos más de tres y se aprecian ya resultados esperanzadores (como el fortalecimiento de la resistencia de los países oprimidos alrededor de los BRICS y el ALBA; el crecimiento del Partido del Trabajo de Bélgica y la fundación de nuestro propio partido a resultas de la lucha contra el reformismo y el “izquierdismo”, contra el revisionismo y el dogmatismo).

En todos estos años, desde las masas obreras y populares, se ha luchado contra el revisionismo y por la revolución, pero en muchas de estas batallas se ha caído, ora en el pantano del posibilismo reformista, ora en el pantano del sectarismo dogmático. Es necesario acumular la experiencia de muchos de estos fracasos para aprender a caminar por la justa senda revolucionaria. 

“Marchamos –decía Lenin- en grupo compacto, asidos con fuerza de las manos, por un camino abrupto e intrincado. Estamos rodeados de enemigos por todas partes, y tenemos que marchar casi siempre bajo su fuego. Nos hemos unido en virtud de una decisión adoptada con toda libertad, precisamente para luchar contra los enemigos y no caer, dando un traspiés, en la contigua charca, cuyos moradores nos reprochan desde el primer momento el habernos separado en un grupo independiente y elegido el camino de la lucha y no el de la conciliación”12.

Ya en el lejano Mayo del 68, surgieron la desviación dogmática de los seguidores de Mao y Hoxha, y la desviación ultrarrevisionista de los filósofos de la “nueva izquierda”. Y, en nuestros días, también sufrimos, por ejemplo, el dogmatismo del PCPE y oportunismo posmoderno del 15M, Podemos e IU. 

Aunque las condiciones objetivas se tornen cada vez más favorables a la revolución, lo viejo se resiste a morir y a lo nuevo le cuesta imponerse. En los inicios del partido proletario de Rusia, lo viejo en el movimiento revolucionario era el populismo y lo nuevo, el marxismo. El marxismo ruso había nacido del populismo, pero, de tanto criticar los errores de éste, los marxistas habían perdido de vista sus aciertos. Así, el marxismo que elaboraban encerraba una debilidad que no le permitía superar el populismo y amenazaba con echar a perder el potencial revolucionario de la sociedad rusa. Afortunadamente, Lenin y sus camaradas fueron capaces de superar dialécticamente la crítica al populismo de Plejánov y de los “marxistas legales”, reconstruyendo el movimiento revolucionario sobre la base de un marxismo genuino13.

Los militantes del PTD, en conjunto, a pesar de su escaso número y de la juventud de la mayoría de ellos, acumulan una rica experiencia de acción con diversas fracciones del movimiento popular de España: PCE, PCPE, PCE(m-l), UCE, PTE, 15M, 22M, IU, Podemos,… Hemos aprendido importantes lecciones que se podrían resumir en la necesidad de basarnos en el materialismo dialéctico para construir un partido que sea a la vez firme en su estrategia proletaria y flexible en su táctica de masas. De todas nuestras experiencias, la que más ha marcado nuestra actual subjetividad es la que hemos vivido en el PCPE, porque es la más intensa, la más reciente y la que la mayoría tenemos en común.

Superar positivamente la experiencia traumática del sectarismo

Ahora bien, ¿cómo podemos superar concretamente nuestra experiencia en el PCPE, para evitar cometer un error análogo al de los mencheviques?

Con razón hemos reprochado a los dirigentes del PCPE que entendieran de manera metafísica la necesidad de criticar el reformismo y que se encerraran en la antítesis al mismo, rechazando cualquier síntesis. Nosotros tenemos que aplicarnos el mismo cuento con respecto a los errores sectarios de aquéllos y evitar el bandazo antitético correspondiente, si queremos realmente superarlos; si no queremos caer en la desviación opuesta, en el oportunismo; si queremos liberar a la clase obrera de este círculo vicioso . 

“Negar, en dialéctica, no es simplemente decir que no, o declarar que una cosa no existe, o destruirla de un modo cualquiera. (…) Yo no sólo debo negar, sino también superar (Aufheben) de nuevo la negación. Yo debo constituir la primera negación de tal suerte que la segunda sea o llegue a ser posible. ¿Y cómo? Según la naturaleza específica de cada caso particular”. La negación de la negación que necesitamos no nos debe llevar a restaurar el movimiento social reformista, a conciliar con él, sino a aunar a “los fundamentos durables” de éste (su apego a los fenómenos a través de los cuales la realidad se manifiesta), la crítica racional del mismo (que revela la esencia de la realidad oculta tras los fenómenos aparentes y contradictorios con ella). Así, la vieja expresión del movimiento social “es aufgehoben, es decir, ‘conservada y superada al vez’, superada en cuanto a la forma, conservada en cuanto al contenido”14.

No debemos pensar o hacer sistemáticamente lo contrario de lo que piensa y hace la dirección del PCPE. No debemos hacer con ella lo que ella hace con la dirección del PCE. Los bandazos y las fugas hacia delante no son buenos. Recordemos que hubo muchas e importantes razones válidas que nos llevaron a la unidad con el PCPE y no las arrojemos por la borda con el balde de agua sucia. El PCPE sí centra acertadamente la atención en la contradicción principal (burguesía y proletariado) y en el aspecto principal de esta contradicción (proletariado). Por eso nos unimos a él. El error del PCPE consiste en no tratar dialécticamente las contradicciones, negando absolutamente lo secundario (la unidad relativa con las masas e incluso con la pequeña burguesía, la necesidad de la forma democrática de la dictadura y del centralismo, etc.), lo que le impide resolver lo principal. Por eso, tuvimos que escindirnos de sus filas, si queríamos servir mejor a la clase obrera.

Hasta nuestra Conferencia de Unidad, hemos pasado por una especie de autoterapia de desintoxicación y poco a poco vamos caminando solos y por nuestros propios medios, en un proceso cuyo horizonte hemos tenido la prudencia de fijar para dentro de un par de años. Por eso, mientras (y más que nunca), evitemos aferrarnos a la letra de lo que hayamos dicho o escrito hace unos meses. Tenemos que valorarlo dentro de este contexto. Así, la táctica-plan que hemos aprobado no es todavía la táctica-plan de un partido consolidado, sino la de una fracción recientemente desgajada de una organización a la que perteneció y con la que necesitaba ajustar cuentas y tomar distancias. Era necesario, frente al sectarismo del PCPE, destacar la necesidad de que los comunistas participemos en la lucha sindical y democrática de las masas, pero esto no significa que éstas deban ser nuestras tareas principales, ahora mismo. Había que liberarnos de dogmas encorsetadores y esterilizantes, pero esto no significa que lo correcto sea rebajar la actividad del partido a la mera lucha por reformas económicas y políticas.

A medida que nos distanciamos de la ruptura y del trauma psicológico que ésta nos produjo, debemos serenar nuestros ánimos, recuperar el equilibrio y basar nuestra práctica en el marxismo-leninismo. Ciertamente, es lo que siempre intentamos, pero, en cada momento, nuestra comprensión del mismo está determinada por nuestra experiencia y por nuestras condiciones de existencia. En cuanto a nuestra experiencia, debemos esforzarnos por tomarla en su conjunto, en toda su variedad, sin dejarnos cegar por las vivencias más recientes. En cuanto a nuestras condiciones de existencia, debemos recordar que es el ser el que determina la conciencia, y no al revés; por lo que hemos de intentar colocarnos en las condiciones prácticas que mejor nos permitan asumir la teoría revolucionaria (abordaremos este problema al final de este documento).

La comunicación con las masas

Nuestro PTD proviene de organizaciones comunistas que rechazaron someterse a la disciplina del PCE porque éste había hecho dejación de los principios revolucionarios del marxismo-leninismo. Entonces, nos convertimos poco más o menos en lo que, en la experiencia general, han sido los círculos de estudio y propaganda, como “Emancipación del Trabajo” en Rusia. Hemos leído textos marxistas-leninistas, los hemos contrastado con la cultura que nos inculcó la familia, el sistema educativo, la vida laboral y la experiencia militante. Y, luego, hemos procurado divulgar la síntesis resultante a nuestro alrededor, en nuestro escaso radio de influencia. Éste se limitaba a nuestras relaciones personales, a frentes comunes con otros círculos políticos e incluso a unidades orgánicas con éstos, de todo lo cual sacábamos un rendimiento insuficiente para la realización de nuestro objetivo revolucionario. Lo intentábamos también en frentes realmente de masas –porque son ellas las que pueden hacer la revolución-, pero nuestros efectivos eran demasiado escasos y no lográbamos ampliarlos suficientemente porque las masas no nos entendían, no asumían nuestras propuestas. 

Tratándose de infundir a la clase revolucionaria la conciencia de las condiciones y de la naturaleza de la acción revolucionaria15, la comunicación con sus masas debe ser óptima. Hay que analizar este problema minuciosamente para resolverlo en beneficio de la revolución. No se trata del simple prestigio de nuestro partido entre las masas, sino de su prestigio como educador de éstas en el marxismo-leninismo.  

El partido comunista se distingue de los círculos de propagandistas precisamente por su fuerza de masas efectiva. Esa fuerza proviene de la unión del socialismo científico con el movimiento obrero, gracias a la cual la fuerza del número y de la organización se multiplica por la conciencia. Pero, ¿cómo realizar tal unión en general y en las condiciones actuales? Sabemos que hace falta que nos organicemos con los obreros, tanto en el Partido como en las organizaciones de masas; y que los eduquemos políticamente, también a dos niveles: mediante propaganda dirigida a los pocos más avanzados y agitación dirigida a los muchos más atrasados (en este caso, a base de denuncias económicas y políticas). 

No podemos pasar por alto un hecho que ha impactado en mayor o menor medida la conciencia de las masas: el comunismo ha sido vilipendiado sistemáticamente por la ideología dominante y ese anticomunismo se ha arrogado una apariencia de verdad con el derrumbe del socialismo en la URSS y en Europa Oriental, así como con el repliegue hacia la economía mercantil en otros países socialistas. Los ideólogos burgueses y pequeñoburgueses han puesto en entredicho toda la experiencia histórica del movimiento obrero, su teoría, sus métodos, sus ritos, etc. Con ello, pretenden desarmar a las masas obreras de su acervo cultural y utilizarlas para sus propios fines. Los dirigentes de IU, de Podemos, de los sindicatos, etc., se apuntan a las “novedades” posmodernas de la burguesía e inventan las suyas propias para desviar la conciencia de los obreros en su beneficio. Se erigen en representantes de lo “nuevo”, frente al “viejo” movimiento obrero. Sin embargo, lo que tildan de “viejo” sigue siendo a menudo algo nuevo y beneficioso para el progreso social, mientras que sus “novedades” repiten frecuentemente viejas ideas fracasadas y olvidadas (por eso parecen nuevas). La derrota temporal y parcial del comunismo no se explica tanto por los defectos particulares de éste, cuanto por el proceso de maduración que sigue toda sociedad vieja para alumbrar una nueva16.

También perjudican al comunismo quienes emplean sus conceptos, sus símbolos, sus himnos, etc., de manera dogmática, sectaria, pueril, folclórica, etc., en perjuicio de una verdadera práctica de masas. La cultura que el movimiento obrero ha producido y acumulado a lo largo de casi dos siglos de existencia tiene un sólido fundamento racional, aunque no se limita a éste, sino que, sobre esta base y la experiencia práctica, se generan sentimientos, expresiones artísticas, costumbres, rituales, etc. Ambos aspectos evolucionan con el tiempo, pero no pueden existir separadamente y hay que asumirlos conjuntamente. Es más, teniendo en cuenta el carácter eminentemente práctico de las masas obreras, es frecuente que sus miembros entren en contacto con el comunismo a través de estas últimas expresiones secundarias. El objetivismo intelectual y el sentimentalismo irracional son dos exageraciones de las que debemos precavernos. Lo realmente importante es que la construcción del Partido tenga por eje aquellos fundamentos racionales, subordinándoles los aspectos sentimentales heredados de nuestra historia. 

Forma y contenido son una unidad de contrarios, lo que significa que son, a la vez, distintos e idénticos, según en qué aspectos y en qué momentos. Por eso, no debemos pretender salvar el contenido del comunismo, manifestando una actitud liberal hacia sus formas. Éstas se pueden comparar con un vehículo que ha de ser tal que sirva para transportar el contenido. Lo que sí debemos es esforzarnos por distinguir las formas fundamentales a través de las cuales se manifiesta ese contenido, de aquellas otras que fueron una “moda pasajera”. Algunas formulaciones tradicionales del comunismo han podido caducar realmente, pero hay que comprobarlo concretamente, desconfiando de las especulaciones de los enemigos del comunismo. Hay que estudiar y probar en cada caso qué forma sirve mejor para que las masas se acerquen al comunismo: una forma más “clásica”, una forma más “nueva” o alguna forma “intermedia”. En este sentido, nuestro discurso y nuestra imagen corporativa deben distanciarse y, a la vez, acercarse, en la justa medida, a la experiencia comunista acumulada. Diferenciarse en lo accesorio y converger en la esencia.

La terminología fundamental del comunismo es un vehículo que debemos ir proporcionando a las masas obreras para elevarlas políticamente, para que puedan acceder por sí mismas al marxismo-leninismo, a la teoría científica que expresa sus intereses esenciales y que empezó a formularse hace casi dos siglos. Por eso, no sería beneficioso para la revolución que nos pusiésemos a ejercer de intérpretes de la doctrina, traduciendo los términos de materialismo,  plusvalía, centralismo, dictadura, etc., a un léxico nuevo, en toda circunstancia y para siempre. Debemos contrarrestar la tendencia al empirismo, es decir, a encerrar a las masas en los límites de su propia experiencia, aislándolas de la experiencia indirecta histórica. Al mismo tiempo, debemos dosificar el uso de la terminología científica del comunismo para, en un primer contacto con las masas, no chocar de plano con los prejuicios que les ha inculcado la burguesía. Por eso, debemos explicarlos y defenderlos en los trabajos teóricos y en la propaganda, mientras que, en la agitación, es conveniente emplear palabras y expresiones más corrientes y comprensibles para la mayoría de la población. 

Las formas fundamentales del comunismo son parte del nexo que ha de unir a las masas de hoy con la gloriosa historia del movimiento obrero, parte de la argamasa que las une a los millones de combatientes, héroes y mártires de nuestra misma causa a los que respetamos, honramos y emulamos con una práctica, un pensamiento, un lenguaje y una imagen que deben ser apropiados para llevar a las masas de hoy a la revolución. Los dogmáticos abusan de las formas clásicas del comunismo y perjudican así la realización del contenido de éste. Por esta razón, merecen nuestra crítica, pero ésta no debe ser despectiva o sarcástica hacia el objeto de su falsificación, hacia las formas fundamentales del marxismo. Una vez más, lo que necesitamos no es la antítesis, el “seguidismo negativo” hacia los partidos sectarios, sino la síntesis superadora de su práctica. Gracias a ésta (que no pretende ni de lejos la aprobación de los sectarios), ayudaremos a muchos comunistas hoy organizados en esas sectas a convertirse en buenos agentes del partido en el movimiento obrero.

La carencia de influencia comunista sobre los obreros y la existencia semi-pequeñoburguesa que muchos de ellos han tenido hasta ahora en los países dominantes les lleva a confundir su concepción del mundo con la de las “clases medias”. Para entrar en contacto y discusión con ellos, no podemos sustraernos a esta realidad porque, de lo contrario, no lo conseguiremos. Pero, si, al mismo tiempo, no criticamos y combatimos estas modas, contraponiéndoles el socialismo científico17, fracasaremos en nuestro objetivo de elevarlos a posiciones revolucionarias. Caeremos nosotros mismos en el seguidismo y en el oportunismo que queríamos derrotar.

El partido marxista-leninista debe alcanzar la hegemonía sobre las masas obreras y éstas sobre el pueblo. Pero se trata de la hegemonía política, íntimamente ligada a la correlación de fuerzas conquistada en una lucha sin cuartel. No podemos alcanzar la hegemonía cultural sobre el pueblo antes de conquistar el poder político. Tal concepción culturalista (idealista) no tiene en cuenta que la ideología dominante no puede ser otra que la de la clase económica y políticamente dominante, es decir, la de la burguesía. Por eso, sólo un cambio importante en la correlación de fuerzas de clase nos permitirá arrebatar a la burguesía y a la pequeña burguesía sus armas políticas (conceptos, términos, símbolos, organizaciones, etc.) para darles un contenido proletario. Centrar ahora nuestra acción en ellas es una concesión que nos debilitaría a nosotros y las fortalecería a ellas. En la mayoría de los casos, tendremos que ganar hegemonía política defendiendo el contenido e incluso las formas del marxismo en el fragor de la lucha de clases.

En la comunicación, debemos también tener presente la necesaria evolución futura de las masas. Los comunistas debemos hablarles partiendo de lo que entienden y comparten. Pero también tenemos el deber de inculcarles lo que todavía no comparten y, hasta cierto punto, incluso lo que todavía no entienden, en la medida en que sabemos a ciencia cierta que lo van a entender y compartir más adelante. Enfocar dialécticamente la comunicación con las masas es también enfocarla dinámicamente, ayudando a la elevación de la conciencia de éstas.

Ahora bien, para empezar a atender todas estas complejas cuestiones en beneficio de la revolución, es imprescindible delimitar previamente a qué masas debemos dirigirnos ante todo. 

Línea de masas, sí. Pero ¿qué masas?

El marxismo nos exige que no juzguemos a las masas por su conciencia, sino que juzguemos su conciencia por su posición material. Así, por mucho que la gran mayoría de la gente repita como papagayos las vulgaridades de la cultura burguesa que la alejan absolutamente del socialismo, debemos tener en cuenta sus condiciones materiales, sociales, como factor general que determinará la mayor o menos capacidad que tengan para transformar su conciencia filistea en una conciencia revolucionaria. Las masas de las capas medias lo tendrán mucho más difícil que las del núcleo fabril del proletariado. En aquéllas, la ideología anticomunista se asienta firmemente en sus intereses de propietario; en éstas, en cambio, es pura conciencia falsa, una costra ajena a sus intereses que saltará por los aires en cuanto les ayudemos a tomar conciencia de éstos. No tener en cuenta esta cuestión, tomar por igual a todas las masas populares, lleva indefectiblemente a construir un discurso y una imagen corporativa muy alejados del marxismo –es decir, de los intereses fundamentales de la clase obrera- y cada vez más plegados al dictado de las “clases medias”. Y, entonces, a desarrollar otro partido revisionista más.

En la propuesta de táctica-plan aprobada por nuestra Conferencia de Unidad, partimos de que la conciencia de las masas obreras ha retrocedido a posiciones pequeñoburguesas, pero eso no significa que sus condiciones de vida se hayan convertido en las de la pequeña burguesía. Al contrario, difieren esencialmente. Frente al dogmatismo del PCPE, decimos que, para que las masas obreras recuperen su independencia política, es necesario pero no suficiente que critiquemos aquéllas posiciones. Más exactamente, es necesario criticarlas en el transcurso de nuestra participación en los movimientos en los que los proletarios participan y que se hallan dirigidos por dichas posiciones. Esto quiere decir que no debemos criticar las posiciones pequeñoburguesas de las masas obreras sin participar de su experiencia práctica en los movimientos democráticos; pero significa asimismo que no debemos participar en éstos sin criticar esas posiciones. 

En definitiva, es imprescindible que distingamos a las masas obreras del resto de las masas populares, sobre todo en la actual etapa de construcción del Partido Comunista que es la etapa de su reconstitución, sobre todo cuando nuestro PTD todavía carece de fuerza y autoridad entre los proletarios. 

Es cierto que sólo las masas pueden hacer la revolución y que, entre éstas, también tendrán cierta participación las masas no proletarias. Stalin sostenía, para Rusia, que “en el transcurso de la revolución, el proletariado puede y debe arrastrar consigo a los campesinos y que sólo aliado a éstos podía el proletariado triunfar sobre el zarismo”18. Para vencer, la clase obrera necesita, por tanto, la alianza con otras clases populares, pero el papel y la importancia de éstas no son los mismos que los de la clase obrera. Se trata de que ésta debe “arrastrarlas” y “aliarse a ellas”. Ni por asomo, el PTD puede tratarlas por igual o vincularse indistintamente a ellas. Como explica Mao:

“En el proceso de desarrollo de una cosa compleja hay muchas contradicciones y, de ellas, una es necesariamente la principal, cuya existencia y desarrollo determina o influye en la existencia y desarrollo de las demás contradicciones.

Por ejemplo: en la sociedad capitalista, las dos fuerzas contradictorias, el proletariado y la burguesía, constituyen la contradicción principal. Las otras contradicciones, como las que existen entre los remanentes de la clase feudal y la burguesía, entre la pequeña burguesía campesina y la burguesía, entre el proletariado y la pequeña burguesía campesina, entre la burguesía no monopolista y la monopolista, entre la democracia y el fascismo en el seno de la burguesía, entre los diversos países capitalistas, entre el imperialismo y las colonias, etc., son todas determinadas por esta contradicción principal o sujetas a su influencia.”19

Aunque la oligarquía financiera sea el blanco principal de la lucha política de masas –que tiene un carácter democrático y todavía no socialista-, no debemos orientar a la clase obrera a luchar únicamente contra aquélla, para así agradar al resto del pueblo: eso equivaldría a lanzarla a la lucha con una mano atada a la espalda. Para que la clase obrera arrastre tras de sí a otras capas populares, a la vez que participa en los movimientos democráticos generales, debemos educar y organizar a sus masas para la lucha contra la burguesía como clase, con el objetivo del socialismo. Por resumir, no queremos ni el doctrinarismo del PCPE que es incapaz de unirse a las masas obreras desde el actual nivel de conciencia de éstas, ni el extremo contrario seguidista, sino una acción tendente a acercar esas masas a su doctrina emancipadora.

Por consiguiente, aunque no debemos negar la existencia de contradicciones sociales diferentes a la que enfrenta al trabajo asalariado con el capital, como hacen los dogmáticos del PCPE, tampoco debemos caer en el extremo opuesto de “olvidar” que la lucha del pueblo por la democracia no podrá progresar si no es bajo el impulso de la lucha de la clase obrera por el socialismo, como lo hemos comprobado tras el 15M, el 22M o la abdicación de Juan Carlos I. En un país imperialista como España, incluso los progresos democráticos son inconcebibles sin desarrollar la independencia y la conciencia socialista del movimiento obrero.

Por qué debemos atender prioritariamente a las masas obreras industriales

El Manifiesto del Partido Comunista afirma rotundamente: “De todas las clases que hoy se enfrentan con la burguesía sólo el proletariado es una clase verdaderamente revolucionaria. Las demás clases van degenerando y desaparecen con el desarrollo de la gran industria; el proletariado, en cambio, es su producto más peculiar.”20

A veces, los comunistas no tenemos del todo presentes las razones por las que, bajo el capitalismo, sólo el proletariado es una clase verdaderamente revolucionaria. A veces, deducimos esta conclusión únicamente de la pobreza, la desposesión y la consiguiente rebeldía de los trabajadores asalariados. Los vemos sólo en su vertiente de humanidad doliente. Y, entonces, cuando descubrimos sectores populares aún más miserables y/o combativos que aquéllos, algunos se ven tentados a exclamar que el proletariado ha sido sustituido como sujeto revolucionario por el “precariado”, los parados, los pueblos oprimidos, los inmigrantes, los vagabundos, el lumpen, etc. Parte de los primeros también son proletarios, pero ninguna de estas categorías sociales, tomada por separado o en su conjunto, ha desplazado ni podrá desplazar al proletariado como clase revolucionaria por excelencia. Tales ocurrencias parecen originales porque las lanzan Negri, Rosa-Rosso y otros exrevolucionarios posmodernos; pero no hacen más que repetir el punto de vista de Bakunin, viejo de 150 años. El error proviene de no haber reparado en la otra característica (más importante, al explicarnos la causa y solución del conflicto social) que reúne la clase obrera, la cual, además, nos permite distinguir cuál es sector más genuino y decisivo de la misma.

 “Ante todo –resalta Mao Zedong-, los marxistas consideran que la actividad del hombre en la producción es su actividad práctica más fundamental, la que determina todas sus demás actividades. El conocimiento del hombre depende principalmente de su actividad en la producción material; en el curso de ésta, el hombre va comprendiendo gradualmente los fenómenos, las propiedades y las leyes de la naturaleza, así como las relaciones entre él mismo y la naturaleza, y, también a través de su actividad en la producción, va conociendo paulatinamente y en diverso grado determinadas relaciones existentes entre los hombres. No es posible adquirir ninguno de estos conocimientos fuera de la actividad en la producción. (…) Sólo cuando surgió el proletariado moderno junto con gigantescas fuerzas productivas (la gran industria), pudo el hombre alcanzar una comprensión global e histórica del desarrollo de la sociedad y transformar este conocimiento en una ciencia, la ciencia del marxismo.”21

Sólo el proletariado industrial puede comprender y aprovechar enteramente el marxismo, precisamente por su participación en la producción material, a través de la gran industria.

“Al aplicar la ley de la contradicción en las cosas al estudio… de la estructura económica de la sociedad capitalista, Marx descubrió que la contradicción fundamental de esta sociedad es la contradicción entre el carácter social de la producción y el carácter privado de la propiedad. Esta contradicción se manifiesta en la contradicción entre el carácter organizado de la producción en las empresas individuales y el carácter anárquico de la producción en la sociedad en su conjunto. En términos de relaciones de clase, se manifiesta en la contradicción entre la burguesía y el proletariado”.22

El proletariado es la clase revolucionaria en la medida en forma parte de las fuerzas productivas sociales que ha desarrollado el capitalismo hasta el punto de volverlas revolucionarias. Es la clase que sufre este conflicto allí donde se origina; es la clase que tiene la fuerza para resolverlo al ser organizada por el propio mecanismo de producción capitalista; y es la clase que puede asegurar el ulterior desarrollo de las grandes fuerzas productivas sociales mediante el socialismo, porque es la que las pone en acción.

Ya en los tiempos escasamente industrializados de El Manifiesto, Marx y Engels anticipaban que “la industria, en su desarrollo, no sólo acrecienta el número de proletarios, sino que los concentra en masas considerables; su fuerza aumenta y adquieren mayor conciencia de la misma. (…)

El progreso de la industria, del que la burguesía, incapaz de oponérsele, es agente involuntario, sustituye el aislamiento de los obreros, resultante de la competencia, por su unión revolucionaria mediante la asociación. Así, el desarrollo de la gran industria socava bajo los pies de la burguesía las bases sobre las que ésta produce y se apropia lo producido. La burguesía produce, ante todo, sus propios sepultureros. Su hundimiento y la victoria del proletariado son igualmente inevitables.”23

Llegados a este punto, no pueden dejar de atormentarnos las complejidades de hallar esta esencia del proceso histórico en la realidad fenomenológica de la que formamos parte. Aunque la clase de los trabajadores asalariados abarca en España a la mayoría de la población, éstos han perdido generalmente su conciencia de clase y se colocan a la cola de la pequeña burguesía. Además, el proletariado de las grandes industrias representa una minoría de toda la clase y, no digamos, del pueblo. 

Stalin restaba importancia al hecho de que, en Rusia, los obreros también fueran minoritarios: “a pesar de la supremacía numérica de los campesinos y del número relativamente reducido de los proletarios, era precisamente en el proletariado y en su desarrollo donde los revolucionarios debían cifrar sus principales esperanzas.

¿Y por qué precisamente en el proletariado?

Porque el proletariado, a pesar de representar por aquél entonces una fuerza numéricamente pequeña, es la clase de los trabajadores que se halla vinculada a la forma más progresiva de la economía, a la gran producción, razón por la cual tiene ante sí un gran porvenir.

Porque el proletariado, como clase, crece de año en año y se desarrolla políticamente, es fácilmente susceptible de organización, gracias a las condiciones de su trabajo en la gran industria, y es, además, por su misma situación proletaria, la clase más revolucionaria, pues no tiene nada que perder con la revolución, como no sean sus cadenas.

(…) sólo la lucha de clases del proletariado, sólo el triunfo del proletariado sobre la burguesía, liberará a la humanidad del capitalismo, de la explotación. (…) Marx y Engels enseñaron que el proletariado industrial es la clase más revolucionaria y, por tanto, la más avanzada de la sociedad capitalista, y que sólo una clase como el proletariado puede agrupar en torno a ella a todas las fuerzas descontentas del capitalismo y conducirlas al asalto contra éste. Pero, para vencer al viejo mundo y crear una nueva sociedad sin clases, el proletariado tiene que disponer de su propio partido obrero, al que Marx y Engels dieron el nombre de Partido Comunista”.24

Lenin explica así por qué una minoría puede resultar más poderosa que la mayoría: “¿Acaso la fuerza de centenares puede ser mayor que la fuerza de millares? Puede ser, y lo es, cuando los centenares están organizados. La organización decuplica la fuerza.”25 Y los obreros de las grandes fábricas ya están organizados de antemano por el mecanismo de producción. La organización sindical brota espontáneamente sobre este terreno, del cual nace también la organización política cuando los comunistas sembramos en él las semillas del marxismo-leninismo.

El imperialismo desquicia la realidad, pero no puede impedir que se abra paso

Ahora bien, queda en pie un problema que podría ser importante: en España, parece que el proletariado industrial más bien decrece. Sobre este asunto, nos remitimos, en parte, a lo dicho por Peter Mertens, Presidente del Partido del Trabajo de Bélgica, en su libro La clase obrera en la era de las multinacionales: las estadísticas oficiales imputan al sector servicios actividades desarrolladas en el marco industrial, sobre todo cuando la división del trabajo y la externalización de actividades las atribuye a empresas independientes. Además, lo que se observa realmente es una continua fluctuación entre desindustrialización y reindustrialización. 

No obstante, es posible que lo primero prevalezca sobre lo segundo en las naciones dominantes, sobre todo en un país relativamente débil, como es España, dada la tendencia del imperialismo al parasitismo y a la descomposición. Esto sería un hándicap considerable, no ya para la táctica de construir la unidad popular revolucionaria en torno al proletariado fabril, sino para cualquier otra propuesta progresista, porque: 1º) la unidad popular sólo se puede construir alrededor de la clase obrera, ya que la pequeña burguesía está demasiado atravesada de antagonismos como para nuclear al pueblo; 2º) la sociedad española no puede progresar de ninguna forma si no experimenta un auge industrial y, como esto será muy improbable bajo la dominación de la burguesía, habrá de ser tras la conquista del Poder político por el proletariado. Por lo tanto, la tendencia a la desindustrialización y, por consiguiente, al debilitamiento de las condiciones materiales para el socialismo, sólo podrá minimizarse acelerando lo más posible nuestra vinculación a los obreros industriales y la acción revolucionaria de éstos.

Tampoco esa tendencia a la desindustrialización resulta un gran inconveniente para desarrollar actualmente el PTD entre el proletariado fabril, puesto que todavía existen miles de fábricas y cientos de miles de obreros a los que todavía no hemos dirigido nuestra actividad. 

De la Clasificación Nacional de Actividades Económicas publicada por el Instituto Nacional de Estadística26, deducimos algunas informaciones importantes para nuestros fines:

1º) Cuantos más asalariados empleen las empresas, mayor es la proporción que representan las que pertenecen al sector industrial, en relación con otros sectores económicos: hasta 5 asalariados, las empresas industriales representan menos del 10% del total de empresas; por encima de 20 asalariados, el 25% de las empresas son industriales.

2º) A mayor tamaño de las empresas en número de asalariados, mayor es la proporción en ellas de empleados con elevada antigüedad en las mismas: así, en las empresas de más de 20 asalariados, más del 60% de éstos superan los 16 años de permanencia en ellas. Más allá de algunas consecuencias secundarias negativas derivadas de este hecho, lo principal es que la gran mayoría de los empleados de las grandes empresas tiene una dilatada experiencia laboral y sindical que le facilita un conocimiento cierto y profundo de las relaciones sociales en la misma, lo que proporciona la mejor base para la asimilación y puesta en práctica del socialismo científico.

3º) Hay 103 empresas de más de 5000 asalariados (abarcando más de 515000 asalariados).

De ellas, 51 son de industria, transporte y construcción (abarcando más de 260000 asalariados).

Hay 749 empresas de más de 1000 asalariados (abarcando más de 1616000 asalariados)

De ellas, 354 son de industria, transporte y construcción (abarcando más de 563000 asalariados)

Hay 1691 empresas de más de 500 trabajadores (abarcando más de 1632000 asalariados)

De ellas, 844 son de industria, transporte y construcción (abarcando más de 808000)

Etc.

Ese millón aproximado de proletarios industriales, empleado en esas más de 500 grandes fábricas, constituye el sector del pueblo y de la clase obrera cuyas condiciones materiales de trabajo le permiten comprender y asumir el marxismo-leninismo mejor que cualquier otro. Nuestros militantes deben centrar sus esfuerzos en dos tareas, muy por encima de cualesquiera otras: 1) vincularse con estos cientos de colectivos laborales y con estos cientos de miles de obreros; 2) estudiar concienzudamente el socialismo científico para inculcárselo a éstos de las mejores maneras.

Sabemos que, de todas las formas de movilización a las que las masas han recurrido en la España reciente, la más elevada, la que más masas arrastra, la que más pone al desnudo la debilidad de la dominación burguesa, es la huelga general. Si ésta no está más preocupada por dicha forma de lucha es porque conoce las limitaciones de las direcciones sindicales convocantes. Pues bien, únicamente en estas huelgas generales se ha apreciado la acción de la clase obrera como tal, y, alrededor de ella, de otras masas populares. También se ha apreciado que, donde el seguimiento de las huelgas generales es mayoritario, es en la industria y en el transporte. Si la práctica es el criterio de la verdad, no cabe duda de que la vanguardia del proletariado y del pueblo se halla en esos sectores. Y si nuestro PTD aspira a organizar en su seno a la vanguardia política de nuestra clase, está claro que debemos dedicar nuestros mayores esfuerzos a fusionar nuestra pequeña organización con la poderosa organización de las masas fabriles.

Esta conclusión se desprende incuestionablemente del análisis materialista de nuestra sociedad, pero no es en absoluto evidente para quien se conforme con la fase empírica del proceso de conocimiento. Los fenómenos aparentes resultan harto contradictorios con las leyes esenciales del desarrollo social. 

Los militantes comunistas estamos acostumbrados a desconfiar de la imagen distorsionada de la realidad con la que nos bombardea la clase dominante. La parte de la riqueza empleada en el entretenimiento, en la “información”, en el adoctrinamiento de la población crece con la sociedad, más allá incluso del aumento de las necesidades culturales de la población. También viene impulsada por la tendencia del imperialismo al estancamiento de la producción, que le lleva a incrementar las inversiones no productivas. Y más todavía por su necesidad cada vez mayor de control ideológico. Así, por ejemplo, en el reflejo de la realidad que nos sirve la cultura burguesa (en las entrevistas, en los informativos, en el cine, en la literatura, etc.), no es que la presencia de obreros industriales sea escasa, sino que es casi inexistente, como no sea para referirse a su importancia pasada, junto a la máquina de vapor y el cine en blanco y negro. ¿Quién produce, sin embargo, la comida, la bebida, la ropa, la vivienda, los muebles, las vías de comunicación, los medios de transporte, los libros, los fármacos, los instrumentos médicos, los juguetitos electrónicos tan de moda, etc.?

Pero no se trata sólo del reflejo distorsionado del ser social en la conciencia social. Se trata también de cómo el imperialismo modifica los fenómenos materiales a través de los cuales se manifiestan las leyes objetivas del desarrollo del capitalismo. En primer lugar, hay que tener presente la advertencia de Lenin a Bujarin con motivo de la revisión del programa del Partido Comunista (bolchevique) de Rusia (1918), en el sentido de que el imperialismo no subvierte las leyes fundamentales del capitalismo, sino que distorsiona la expresión superficial de las mismas. Al igual que la transformación de los valores en precios de producción, los precios y ganancias monopolistas no destruyen la ley del valor, sino que significan una diferente distribución del valor total ya creado. En segundo lugar, no obstante, esto conduce a cambios productivos que dificultan la acción unitaria de los obreros, aunque no tienen la capacidad de imposibilitarla. Así, por ejemplo, la fuerza sindical en la fábrica John Deere de Madrid ha sido capaz de resistir al paso del taylorismo y del fordismo al toyotismo. 

Pero la distorsión imperialista de las relaciones de producción debilita la acción unitaria de la clase obrera y, no digamos, la unidad del pueblo en torno a ella.

El imperialismo conduce a una división internacional del trabajo por el que las economías nacionales con elevada composición orgánica del capital tienden a la desindustrialización por la reducción de su tasa general de ganancia, mientras la producción industrial se va desplazando a economías menos desarrolladas (es una tendencia relativa, en pugna con otras tendencias opuestas). De este modo, las premisas materiales para la revolución socialista no maduran homogéneamente por el planeta. Cuando, en los países donde se inició el capitalismo, éste ha simplificado ya las contradicciones de clase enfrentando a la mayoría proletaria contra la minoría poseedora, resulta que el paso a la dominación imperialista de los países más poblados del mundo le permite corromper importantes sectores del movimiento obrero de las metrópolis. Y, mientras, en los países dominados, si bien las potencias imperialistas desarrollan una considerable labor industrializadora, lo hacen en condiciones de opresión nacional, de atraso feudal-patriarcal y de miseria, condiciones que entorpecen sobremanera el desarrollo de la clase obrera y de su independencia política. En definitiva, todavía no hemos hallado un país y un momento en que las condiciones para la revolución socialista se den óptimamente hasta el punto de que el socialismo nazca de un parto casi indoloro. De ahí que el comunismo no pueda realizarse más que por medio de un proceso mundial de revoluciones proletarias en el que cada destacamento nacional  de la clase obrera tiene la obligación de llevar lo más lejos posible el socialismo en su propio país, a la vez que queda sometido a las condiciones favorables y adversas que le rodean. Y así, hasta que esas condiciones no permitan ya volverse atrás. No hay ni puede haber otro camino partiendo de un régimen de producción mercantil que se desarrolla espontáneamente por medio de antagonismos.

Entretanto, en las sociedades capitalistas centrales como la española, el monopolismo genera estancamiento económico, parasita a los pueblos del tercer mundo, organiza las inversiones en función de la rentabilidad financiera, desarrolla internamente una división del trabajo centrífuga con respecto a la producción material, etc. En definitiva, la fase superior y decadente del capitalismo desquicia el curso superficial de la economía, aunque las contradicciones fundamentales del capitalismo sigan presidiéndolo y señalando la única solución posible: el socialismo. Esta realidad distorsionada en la superficie de los fenómenos sociales27 no puede por menos que reflejarse en una conciencia también desquiciada y confusa en cuanto a la solución de los problemas de la sociedad. Las masas, incluso proletarias, no pueden eludir esta comprensión precaria de la realidad cuando se incorporan a la lucha y no cabe esperar que, de manera espontánea, descubran que el camino de la victoria exige colocar la producción material, industrial, y la clase obrera en el centro de su acción política. Al contrario, se dejarán llevar por las propuestas seductoras de los partidos pequeñoburgueses, mucho más “innovadoras” y concordantes con las evidencias, que además prometen éxitos fáciles y rápidos. Sabemos que finalmente esas propuestas resultan falsas y amargas. Por eso, tenemos la obligación de ir al encuentro del movimiento espontáneo de masas, de discernir en él lo correcto (“uno se divide en dos”, decía Mao Zedong), de fundirnos con él en lo que tiene de justo y, a partir de ahí, de combatir la espontaneidad que lleva a las masas a asumir acríticamente lo falso.

Pero el movimiento espontáneo desborda ampliamente nuestra escasa capacidad. No podemos atenderlo más que por partes. No nos distraigamos ni nos dejemos distraer de nuestras tareas científicamente fundamentadas y ordenadas. La reorganización socialista de la sociedad sólo puede empezar por desarrollar el movimiento obrero, ante todo, fabril, hasta convertirlo en la referencia cultural de los anhelos revolucionarios del resto del pueblo.

Una experiencia pasada y otra presente

Durante los primeros años del Partido Bolchevique, según Lenin relata, “era natural y legítima la decisión de consagrarnos por entero a la labor entre los obreros y condenar con severidad toda desviación de esta línea, entonces la tarea estribaba en afianzarse entre la clase obrera”.28 Unos pocos años después de haber iniciado así la fusión del socialismo científico con el movimiento obrero, se habían conquistado “bastantes fuerzas para llevar nuestra propaganda y nuestra agitación a todas las clases de la población”. Nuestro joven PTD está todavía muy lejos de haber cumplido la primera tarea y, aunque deba evitar todo rechazo sectario hacia los movimientos espontáneos, no debe desviarse de su prioridad para saltar sobre cualquier cosa que se mueva en la superficie de la sociedad.

Una decisión clave para el nacimiento del partido de nuevo tipo en Rusia fue la de pasar de la propaganda en los círculos de obreros avanzados y de intelectuales revolucionarios a la agitación entre las masas obreras en los barrios y, sobre todo, en las fábricas. El círculo de los “tecnólogos”, al que había ingresado Lenin, inicia esta nueva práctica, a la vez que intenta reunir en su seno a los demás círculos de Petersburgo, convirtiéndose en la Unión de Lucha por la Emancipación de la Clase Obrera. En un primer momento, la única organización que responde positivamente a este llamamiento a la unidad es la que lidera Mártov. Las demás se verán poco menos que obligadas a sumarse, arrastradas por los logros prácticos de la Unión de Lucha. Tiene interés destacar que el grupo de Mártov, que aventajaba a otros por compartir la necesidad de desplegar la agitación entre las masas obreras, entendía metafísicamente este paso, al proponer un bandazo en el sentido contrario: reducir la propaganda entre las personas más avanzadas. Esta pretensión sería rechazada y la Unión de Lucha se comunicaría con la clase obrera a ambos niveles y se apoyaría en todos los progresos teóricos anteriores de los marxistas rusos y extranjeros29.

El ejemplo bolchevique goza de una gran autoridad entre todos los comunistas, pero se produjo en tiempos en que el marxismo estaba “de moda”, cosa que no ocurre hoy. Hemos retrocedido mucho en este terreno y hay fuertes prejuicios anticomunistas entre las masas populares y quizás también entre las masas obreras (aunque esto último sólo lo podríamos asegurar tras alcanzar un contacto suficiente con ellas). 

Además, tenemos a mano otro ejemplo digno de admiración, mucho más cercano en el espacio y, sobre todo, en el tiempo y en las condiciones. Nos referimos al ejemplo del Partido del Trabajo de Bélgica (PTB). 

En las pasadas elecciones federales y regionales de Bélgica, coincidentes con las europeas, el PTB irrumpió en los respectivos parlamentos con un éxito que podríamos comparar al de IU y Podemos: cuantitativamente fue menor, pero cualitativamente fue más importante, al tratarse del progreso de un partido de la clase capaz de resolver los problemas actuales de las masas. La valoración de sus dirigentes muestra a las claras las diferencias30: “No somos un fenómeno mediático –explica su portavoz, Raoul Hedebouw-. En las grandes empresas, obtenemos resultados dos a tres veces más elevados que la media nacional. Sabemos que hay empresas donde más de uno de cada cinco han votado por nosotros… Un avance así no lo hemos realizado todavía en las empresas más pequeñas. El PTB es también el único partido que tiene secciones en varias empresas… La gente ha visto que el PTB estaba siempre a su lado en sus luchas. No es pues extraño que sea en las regiones industriales como Amberes o Lieja donde alcanzamos los resultados más altos”. Y Peter Mertens, presidente del PTB constata “que, en las empresas, el PTB está en auge. Es probablemente la primera vez que hay una corriente así favorable al PTB en el seno de las empresas. (…) Teníamos también 170 sindicalistas de los dos sindicatos presentes en nuestras listas”. Tras caracterizar a sus nuevos diputados como “una verdadera voz socialista” en el parlamento, destaca su posición de clase: “vamos a defender los intereses de toda la clase obrera y ésta, en toda su diversidad”.

Los progresos actuales del PTB no se basan en la reciente rebeldía de las “clases medias”, sino en el trabajo de largos años en el movimiento obrero y sindical, unido al estudio, propagación y aplicación en ese medio de la teoría del marxismo-leninismo. El PTB inicia ahora su acercamiento al obrero corriente y concierta una alianza con lo más democrático de las capas medias, después de tres décadas de aprendizaje sindical y de formación de una sólida vanguardia proletaria de cientos o incluso miles de militantes, a partir de elementos estudiantiles e intelectuales que se volcaron en el medio obrero desde los primeros años 70. El nacimiento de este partido no se distingue esencialmente del nacimiento del partido bolchevique (sus “plejanovistas” fueron los intelectualistas de Clarté y de la UCMLB que condicionaban la unidad con el embrión del PTB a que éste dejara de centrar su actividad en las luchas obreras). Los tiempos y ritmos son más lentos porque el proceso revolucionario atraviesa un largo período de reflujo general que se distingue del período de flujo general que experimentó entre mediados del siglo XIX y mediados del siglo XX. Ahora que avanzamos hacia una nueva etapa de flujo, cabe esperar que nuestro partido, muy inferior en grado de desarrollo, tarde menos tiempo en alcanzar los logros del PTB. Para ello, necesitaremos aprender y aplicar las enseñanzas generales de la experiencia de los camaradas belgas, de los bolcheviques y del conjunto del movimiento comunista internacional.

Tareas para impulsar nuestra vinculación con las masas obreras de la gran industria

A partir de la comprensión más profunda de la prioridad del trabajo de masas del PTD, se despliega el plan de trabajo de nuestro partido. Todas las diversas partes especializadas del mismo se proponen confluir en el cumplimiento de esta prioridad, como todos los caminos llevan a Roma, según decían los antiguos. Cada tarea no debe entenderse como un fin en sí mismo, como una exigencia rutinaria a cumplir más o menos según las apetencias e inclinaciones de cada cual. Todas las tareas deben verse como indispensables para el cumplimiento de un único fin inmediato: la proletarización del PTD. Parte de esta cuestión se abordará más abajo, pero, ahora corresponde preguntarse si es posible realizar este objetivo, en el sentido de iniciar inmediatamente la vinculación de nuestra militancia con las masas fabriles. Se trata de volver, en cierto modo, a la consigna del PCPE Todo para la clase obrera, pero sin su forma utópico-sectaria y, por tanto, a sabiendas de que “la emancipación de los obreros debe ser obra de los obreros mismos.”31 La expresaríamos mejor como Todo por la clase obrera (en su doble sentido). 

Sin duda, los medios para vincularnos con los obreros son muchos y muy diversos y, aunque la mayoría de ellos todavía nos sean desconocidos, podemos empezar por dedicar la mayor parte de nuestro tiempo y esfuerzos a los siguientes:

1º) Afiliarse a sindicatos (e incluso a asociaciones de parados) que organicen a parte del proletariado industrial. Por sí sola, la afiliación no nos pone en contacto directo con éste, a no ser que el afiliado pertenezca ya a este sector (hecho excepcional en nuestras filas). Sin embargo, con ella, se accede a informaciones y publicaciones que se refieren a él, se conoce a compañeros que sí tienen contactos ahí. Y los contactos se consiguen más pronto que tarde cuando el militante sabe que todo su trabajo sindical lo realiza con ese objetivo prioritario. Por ejemplo, en CCOO, las uniones convocan varias veces al año asambleas y actos generales a los que acuden sindicalistas de fábrica, a los cuales debemos dirigirnos. También está el sector crítico que reúne con cierta regularidad a miembros suyos de todos los sectores. Asimismo, está la iniciativa desplegada por el POSI en torno a peticiones colectivas de sindicalistas de CCOO y UGT dirigidas a los secretarios generales de las dos grandes confederaciones. Tenemos que aprender del trabajo del POSI con los obreros, siendo conscientes al mismo tiempo de sus limitaciones: su labor sindical es complementada casi exclusivamente por una educación política democrática-republicana y escasamente socialista, debido a que su dogmatismo trotskista reduce la apreciación positiva de la experiencia práctica del socialismo a una expresión muy mínima, denigrándola en todo lo demás.

2º) La labor que venimos realizando en asociaciones de vecinos, en asambleas del 15M, en el movimiento de las Marchas de la Dignidad,…, incluso en Podemos y en IU, puede ser muy productiva, si no permitimos que estas organizaciones decidan cuáles son nuestras prioridades y si orientamos todo el trabajo en ellas hacia la toma de contacto con obrer@s fabriles. Este criterio es válido también para nuestra intervención en las contiendas electorales y particularmente en las próximas elecciones municipales. No tenemos vínculo orgánico suficiente con las masas obreras como para perseguir la obtención de cargos de gobierno municipal: este experimento perjudicaría muy probablemente la construcción de dicho vínculo, dada nuestra actual debilidad. En cambio, sí podríamos aspirar a conseguir cargos de oposición con los que adquirir capacidad política y, sobre todo, desde los cuales acercarnos a las fábricas y masas obreras en general. No obstante, se trata únicamente de un medio secundario para este objetivo y sólo es aceptable si no resta la atención debida a los medios principales que se sitúan en los movimientos elementales de masas.

3º) Aprovechar manifestaciones, huelgas y otras expresiones de lucha de fábricas que llegan a nuestro conocimiento y en las que los trabajadores buscan solidaridad a su alrededor, para prestarles toda la ayuda material e ideológica de la que seamos capaces.

4º) También en ámbitos personales de nuestra existencia debe estar presente la prioridad de contactar con las masas industriales: a la hora de buscar empleo, indagando si alguno de nuestros familiares, amigos, vecinos, compañeros de trabajo, etc., conoce a algún empleado de fábrica.

¿Y cómo capacitarnos para consolidar y desarrollar nuestros vínculos con los obreros fabriles?

  1. Todos debemos adquirir un conocimiento básico pero suficiente de economía política marxista y de intervención política en el movimiento obrero, a lo largo del próximo curso político. A esto habrá de servir el debate sobre movimiento obrero y sindical acordado en la Conferencia de Unidad. Algunos deberán llegar un poco más lejos para poder escribir artículos de propaganda e impartir charlas. Tenemos que realizar esta formación en reuniones colectivas a las que nos esforcemos por atraer obreros.
  2. Ante todo, debemos conversar con los obreros con el propósito manifiesto de conocerlos, de que nos expliquen cómo trabajan, cómo viven y cómo piensan. Debemos encuestarlos y luego estudiar esas encuestas para perfeccionarlas y divulgar sus conclusiones. Partiendo de la Encuesta Obrera de Marx, de la labor encuestadora de Lenin, Mao y, más reciente, del PTB, debemos elaborar nuestra primera encuesta sencilla y modesta, para lanzarnos a ofrecerla a sus destinatarios. Les mostraremos que nos interesa realmente su situación y queremos colaborar con ellos para mejorarla.
  3. Debemos organizar medios de comunicación propios y en colaboración con simpatizantes para atender a las masas obreras (prensa para el año próximo, web del partido, web sindical, folletos, vídeos, octavillas, pegatinas, pancartas, banderas, etc.). Debemos ofrecerles nuestros documentos y empezar por hablarles de lo que les acucia, de sus problemas económicos. Pero no debemos encerrarnos en el tradeunionismo: no somos un sindicato, la clase obrera ya tiene sindicatos y lo que necesita de nosotros es un partido político. No somos sectarios como los del PCPE, pero tampoco somos ingenuos y sabemos que “La clase obrera tiende al socialismo de manera espontánea; pero la ideología burguesa, la más difundida (y resucitada sin cesar en las formas más diversas), es, sin embargo, la que más se impone espontáneamente a los obreros.”32 Así que, enseguida y progresivamente, debemos inculcarles los elementos de conciencia política democrática y también socialista, de solidaridad antiimperialista y también de internacionalismo proletario, que resuelve positivamente nuestro Programa. La educación socialista ya no se debe limitar a hablar de cómo sería un mundo futuro sin capitalistas, como se hacía en el siglo XIX y a principios del XX. Ahora, además, hay que hablarles de la realidad del socialismo que hubo y sigue habiendo, sus logros silenciados por los patronos, sus dificultades y errores desorbitados por éstos, analizándolos desde el punto de vista de los intereses generales de la clase obrera. Debemos vencer la autocensura inculcada por el enemigo y, con un lenguaje sencillo, comprensible, modesto, comedido, respetuoso, etc., defender abiertamente el socialismo. Tenemos que devolver la confianza de los explotados en sí mismos y en su capacidad de resolver los problemas fundamentales de la sociedad capitalista por medio de la revolución socialista. La Asociación de Amistad Hispano-Soviética debe servir para preparar el trabajo en este sentido.
  4. Algunos cuadros del partido deben ir paulatinamente dando pasos en la investigación teórica de la clase obrera actual: del mundo, de Europa y de España; su número, su concentración, sus sectores, sus intereses, su conciencia, su organización, etc. En el presente, será una labor de segundo orden en comparación con las precedentes.

El objetivo inmediato es el de nutrir las filas de nuestro partido con cuantos más obreros industriales, mejor. Ésa es nuestra prioridad número uno: crecer, sobre todo con obreros, y desarrollar la acción de nuestro propio partido. 

A medio plazo, el objetivo será organizar círculos de obreros avanzados, bajo la dirección del partido, para el estudio, el debate y la acción común en las empresas, en los sindicatos, en los barrios, etc. Serán unas primeras correas de transmisión entre el PTD, como portador del socialismo científico, y el movimiento obrero espontáneo. Con ello, desarrollaremos la democracia obrera que mostrará a las masas su superioridad sobre la democracia explotadora del capital y sobre la democracia impotente de la pequeña burguesía. Y, dicho sea de paso, haremos honor al nombre de nuestro Partido del Trabajo Democrático.

A partir de un determinado momento de este proceso, habremos conquistado una fuerza de masas real dentro del movimiento proletario y, entonces, enviaremos destacamentos de la misma a otras clases populares, no ya como medio indirecto de contacto con los obreros –como es el caso por ahora-, sino para que nuestra clase vaya reuniendo en torno a sí, en frente unido, a dichas clases con el objetivo directo de pasar a asaltar por todos los medios convenientes la fortaleza del capitalismo.

La subjetividad de los militantes del PTD

La proletarización del PTD debe ser también la de sus actuales militantes. Tenemos el reto de unificar dos generaciones distantes y la oportunidad de que, gracias a ello, avancemos hacia la fusión necesaria entre el marxismo-leninismo y las masas dentro de la organización de nuestro propio partido.

Para estar a la altura de cumplir la prioridad del plan de trabajo del partido, tenemos que tomar conciencia de nuestras fortalezas y de nuestras debilidades. Las y los militantes de más edad realizan su vida laboral en órbitas alejadas del núcleo productivo de la economía capitalista. Posiblemente no tengan la misma formación intelectual que el joven recién salido de la universidad, ni la conexión con la forma de vivir y de pensar de la generación que hará la revolución. Tienen a cambio una mayor experiencia en la lucha por defender el marxismo-leninismo de toda clase de desviaciones, porque las han sufrido en varias ocasiones y han sobrevivido a esas batallas aunque no sin bajas. Han aprendido a tener más serenidad y paciencia. Hasta ahora, fueron incapaces de vincularse con las masas obreras porque no entendían bien esta urgencia o porque estaban muy debilitados por las batallas fraccionales libradas al margen de aquellas masas. Ahora, ven la oportunidad de conseguirlo gracias a la joven generación que puebla mayoritariamente nuestras filas.

Las y los más jóvenes tampoco han tomado todavía contacto con las masas fabriles, pero aportan al partido los últimos conocimientos científicos aprendidos en la universidad y el fresco contacto con los fenómenos sociales más dinámicos, además del ímpetu, la pasión, el afán de innovación y demás contribuciones propias de la edad. Además, atesoran años de militancia política y de estudio del marxismo-leninismo.

Pero la mayor debilidad de ambas generaciones es haberse formado fuera del medio proletario industrial. Nos hemos formado políticamente en el reformismo, en pequeños grupos sectarios que lo combatían, en luchas palaciegas. Nuestro comunismo está débil, atrofiado, oprimido por el medio en el que se desenvuelve. Necesitamos oxigenarlo, reuniéndolo con su medio natural. Nuestra subjetividad debe transformarse como resultado de esta nueva práctica. De lo contrario, nuestras decisiones concretas se ajustarán, en el mejor de los casos, al “termino medio popular”, pero no podremos convertir a la clase obrera en sujeto político, no podremos reconstituir su partido. 

Somos intelectuales revolucionarios de mayor o menor calidad, como los primeros bolcheviques o los primeros activistas del PTB. Y para superar nuestra debilidad y ponernos a salvo del peligro de degeneración ideológica y política, tenemos que ir a los obreros a enseñarles lo que sabemos y a que ellos nos enseñen aquello en lo que nos aventajan: organización, disciplina, cumplimiento riguroso y puntual de los compromisos, espíritu práctico, dedicación abnegada y sacrificada a la lucha por nuestros intereses de clase. De la fusión de ambos aprendizajes, nacerá el militante comunista que podrá reconstituir el Partido Comunista, con mayúsculas.

Para que esta labor dé sus frutos, es premisa necesaria que cada uno de nosotros examine autocríticamente su formación, sus vivencias individualistas en la oficina, la administración, el comercio, la universidad, la familia, en el comunismo sectario, etc., en relación con todo el proceso de proletarización que hemos decidido llevar a cabo. Cada uno de nosotros debe esforzarse por dominar el desarrollo de sus relaciones personales, subordinándolas a las necesidades de la clase obrera y de su partido, el PTD.

Tengamos siempre presente que el Partido Comunista “marcha a la cabeza de la clase obrera solamente, sólo del movimiento obrero, y si otros elementos se adhieren a esta clase, son justamente elementos, y no clases. Y sólo se adhieren a la clase obrera de manera íntegra y sin reservas cuando ‘abandonan sus propios puntos de vista’.”33 “Si gente de este tipo, que proviene de otras clases, se une al movimiento proletario, la primera condición es que no traiga ningún resto de prejuicios  burgueses, pequeñoburgueses, etc., sino que adopten abiertamente el punto de vista proletario.”34

Una vez que tengamos clara la vertebración de todas nuestras tareas alrededor del objetivo prioritario, nuestro partido va a explicarla a su alrededor (simpatizantes, grupos marxistas-leninistas, organizaciones de izquierdas, sindicalistas, etc.), va a crecer, va a extender su actividad hasta allí donde no llega todavía y va a organizar masas en la lucha de clases para convertirse en un verdadero partido político de aquí a nuestro Primer Congreso, un partido que se capacite para reconstituir el Partido Comunista con el que la clase obrera hará la revolución socialista en España.

Madrid, a 22 de septiembre de 2014.

Notas

1. Mao Zedong, Sobre la contradicción

2. Lenin explica que, después del triunfo del proletariado, las reformas, aunque en escala internacional sigan siendo un "producto accesorio" de la lucha revolucionaria de la clase obrera, “constituyen además, para el país en que se ha triunfado, una tregua necesaria y legítima en los casos en que es evidente que las fuerzas, después de una tensión extrema no bastan para llevar a cabo por vía revolucionaria tal o cual transición. El triunfo proporciona tal ‘reserva de fuerzas’, que hay con qué mantenerse, tanto desde el punto de vista material como del moral, aun en el caso de una retirada forzosa”. (citado por Stalin en Los fundamentos del leninismo).

3. En cuanto al PC de Grecia (KKE), renueva por poco sus dos actas de eurodiputado, con una pérdida de 2,41 puntos porcentuales respecto de las Elecciones Generales de mayo de 2012 y de 2,33 respecto a las europeas de 2009. Sólo recupera 1,57 puntos con relación al hundimiento que sufrió en las Elecciones Generales repetidas de junio de 2012.

4. “Lo que importa no es que la vanguardia se percate de la imposibilidad de mantener el antiguo orden de cosas y de la inevitabilidad de su derrocamiento. Lo que importa es que las masas, millones de hombres, comprendan esa inevitabilidad y se muestren dispuestas a apoyar a la vanguardia. Pero las masas sólo pueden comprenderlo por experiencia propia. Dar a las masas, a millones de hombres, la posibilidad de comprender por experiencia propia que el derrocamiento del viejo Poder es inevitable, poner en juego métodos de lucha y formas de organización que permitan a las masas comprender más fácilmente, por la experiencia, lo acertado de las consignas revolucionarias, ésa es la tarea”. (Los fundamentos del leninismo, Stalin)

5. Por su novedad, indefinición, ambigüedad, lejanía del movimiento obrero organizado, etc., Podemos tiene un potencial electoral que no tiene IU, porque puede representar, no sólo la rebeldía democrática de la pequeña burguesía, sino también su rebeldía populista y reaccionaria.

6. Lenin se refería, por “tradeunionismo” al tipo de acción sindical que se había generalizado en Inglaterra: “la línea de la menor resistencia”, la tendencia a “cobijarse bajo el ala de la burguesía”, “el sojuzgamiento ideológico de los obreros por la burguesía”. Denunciaba que “todo culto a la espontaneidad del movimiento de masas, todo rebajamiento de la política socialdemócrata al nivel de la política tradeunionista significa precisamente preparar el terreno para convertir el movimiento obrero en un instrumento de la democracia burguesa. El movimiento obrero espontáneo sólo puede crear por sí mismo el tradeunionismo (y lo crea de manera inevitable), y la política tradeunionista de la clase obrera no es otra cosa que la política burguesa de la clase obrera. La participación de la clase obrera en la lucha política, e incluso en la revolución política, en modo alguno convierte aún su política en una política socialdemócrata”, entiéndase, comunista. (¿Qué hacer?)

7. Por “democracia”, entendemos, “la solución de los problemas estatales por la masa de la población”. (Lenin, El derecho de las naciones a la autodeterminación)

8. Como dice Marx, “aspiran a corromper a la clase trabajadora con la tranquilidad, y así adormecer su espíritu revolucionario con concesiones y comodidades pasajeras.” (Circular del Comité Central a la Liga de los Comunistas, marzo de 1850)

9. Idem.

10. Lenin, Tareas urgentes de nuestro movimiento

11. Aquí debemos seguir el enfoque dialéctico que reclamaba Marx, en Salario, precio y ganancia: la clase obrera no debe “renunciar a defenderse contra las usurpaciones del capital” ni “cejar en sus esfuerzos para aprovechar todas las posibilidades que se le ofrezcan para mejorar temporalmente su situación. Si lo hiciese, veríase degradada en una masa uniforme de hombres desgraciados y quebrantados, sin salvación posible. (…) Si en sus conflictos diarios con el capital cediesen cobardemente, se descalificarían sin duda para emprender movimientos de mayor envergadura. Al mismo tiempo [destacado por mí], y aun prescindiendo por completo del esclavizamiento general que entraña el sistema del trabajo asalariado, la clase obrera no debe exagerar a sus propios ojos el resultado final de estas luchas diarias. No debe olvidar que lucha contra los efectos, pero no contra las causas de estos efectos; que lo que hace es contener el movimiento descendente, pero no cambiar su dirección; que aplica paliativos, pero no cura la enfermedad. No debe, por tanto, entregarse por entero a esta inevitable lucha guerrillera, continuamente provocada por los abusos incesantes del capital o por las fluctuaciones del mercado. Debe comprender que el sistema actual, aun con todas las miserias que vuelca sobre ella, engendra simultáneamente las condiciones materiales y las formas sociales necesarias para la reconstrucción económica de la sociedad. En vez del lema conservador de ‘¡Un salario justo por una jornada de trabajo justa!’, deberá inscribir en su bandera esta consigna revolucionaria: ‘¡Abolición del sistema del trabajo asalariado!’.”

12. Lenin, ¿Qué hacer?

13. Véase el artículo: El Partido que ganaba guerras mundiales (http://trabajodemocratico.es/content/el-partido-que-ganaba-guerras-mundi...)

14. Engels, Anti-Dühring

15. Engels, Del socialismo utópico al socialismo científico

16. “Las revoluciones proletarias… se critican constantemente a sí mismas, se interrumpen continuamente en su propia marcha, vuelven sobre lo que parecía terminado, para comenzarlo de nuevo, se burlan concienzuda y cruelmente de las indecisiones, de los lados flojos y de la mezquindad de sus primeros intentos, parece que sólo derriban a su adversario para que éste saque de la tierra nuevas fuerzas y vuelva a levantarse más gigantesco frente a ellas, retroceden constantemente aterradas ante la vaga enormidad de sus propios fines, hasta que se crea una situación que no permite volverse atrás y las circunstancias mismas gritan: Hic Rhodus, hic salta! [demuestra de lo que eres capaz]”. (El dieciocho de Brumario de Luis Bonaparte, K. Marx)

17. Como decía Lenin, la democracia proletaria debe tener en cuenta los prejuicios de las masas “no en el sentido de concesiones, sino en el sentido de lucha”. (El derecho de las naciones a la autodeterminación)

18. J. V. Stalin, Historia del PC(b) de la URSS.

19. Mao Zedong, Sobre la contradicción

20.  Marx y Engels, El Manifiesto del Partido Comunista

21. Mao Zedong, Sobre la práctica

22. Mao Zedong, Sobre la contradicción

23. Marx y Engels, El Manifiesto del Partido Comunista

24. J. V. Stalin, Historia del PC(b) de la URSS.

25. Lenin, Cómo V. Zasúlich demuele al liquidacionismo

26.  http://www.ine.es/prensa/np858.pdf y http://www.ine.es/jaxiT3/Tabla.htm?t=298

27. En El Capital, Marx explica un caso particular de esta contradicción entre fenómenos y esencia: “la forma exterior ‘valor y precio del trabajo’ o ‘salario’, a diferencia de la realidad sustancial que en ella se exterioriza, o sea, el valor y el precio de la fuerza de trabajo, está sujeta a la misma ley que todas las formas exteriores y su fondo oculto. Las primeras se reproducen de un modo directo y espontáneo, como formas discursivas que se desarrollasen por su cuenta; el segundo es la ciencia quien ha de descubrirlo. En casi todas las ciencias es sabido que muchas veces las cosas se manifiestan con una forma inversa de lo que en realidad son”. (El Capital, sección sexta del libro primero)

28. V. I. Lenin, ¿Qué hacer?

29. El movimiento obrero internacional, Tomo 2, págs. 379-380, VV.AA., Ed. Progreso, 1982.

30. http://ptb.be/articles/peter-mertens-president-du-ptb-et-raoul-hedebouw-...

31. Marx, Estatutos Generales de la Asociación Internacional de los Trabajadores

32. Lenin, ¿Qué hacer?

33. Lenin, Observaciones al II Proyecto de Programa de Plejánov

34. Carta de Marx y Engels a Bebel, Liebknecht, Bracke y otros, 17-18 de septiembre de 1879