La clase obrera ante la formación del nuevo gobierno

Miguel Ángel Villalón
Fecha: 
Sábado, 13 Febrero, 2016

Las últimas elecciones generales han dejado un panorama inédito en nuestro país. En las anteriores había un claro vencedor entre los partidos del gran capital y quedaba en la oposición el otro para relevarle cuando el electorado se hubiera hartado de una gestión de gobierno hecha en beneficio de unos pocos y en perjuicio de los muchos.

Pero ahora, el juego perverso de la alternancia bipartidista –donde cambia lo accesorio para mantener lo esencial- se ha venido abajo. Ninguna de las formaciones políticas oligárquicas puede formar gobierno si no es mediante un acuerdo con los partidos democráticos (representativos de las clases populares) o bien juntándose todas ellas en una "gran coalición".

Esta última opción es la deseada por el PP, Ciudadanos, la derecha económica más franca y también por algunos dirigentes del PSOE. Es la opción que permitiría, durante cuatro años más, tener un parlamento comprometido con las políticas de austeridad acordadas por las élites europeas. Sin embargo, es una opción suicida para el PSOE: podría hacerle perder gran parte de su electorado en beneficio de Podemos, quien le adelantaría en número de votos y le relegaría, como poco, al puesto de tercer partido parlamentario.

En cambio, si el PSOE, Podemos, IU y grupos nacionalistas alcanzaran algún tipo de acuerdo para la investidura de Pedro Sánchez, tendríamos cuatro años de gobierno "progresista", de "izquierda", quizás más inestable por las presiones contradictorias de la calle y de los "mercados".

Los analistas vierten ríos de palabras sobre las posibilidades y consecuencias de las ambas opciones y también sobre la eventual repetición de elecciones en el caso en que ninguna de las anteriores se consiguiera. A todo esto, ¿qué es lo que quieren las masas obreras y qué es lo que más les conviene?

 

¿Qué han decidido los votantes?

Sobre lo primero, la respuesta más rigurosa es la expresada en los resultados de las elecciones del 20 de diciembre. En realidad, al desconocerse la extracción social del votante, no podemos distinguir con exactitud las preferencias de la clase obrera. Pero sabemos que ésta constituye la gran mayoría de la población y que sus capas más oprimidas han vuelto a formar el grueso de una abstención similar a la de anteriores comicios (unos 700 mil votantes más que en los de 2011). Las capas medias y superiores de la clase de los trabajadores asalariados son las que intervienen políticamente y lo hacen siguiendo las mismas tendencias que la pequeña burguesía. Se puede afirmar, pues, con escaso margen de error, que el desplazamiento hacia la izquierda del electorado se corresponde mayormente con el de las masas obreras.

En efecto, por mucho que el PP presuma de ser el partido más votado, lo cierto es que las preferencias políticas de los electores se han invertido en los últimos cuatro años, pasando de una mayoría de derecha a una mayoría de izquierda. Ciertamente, partidos formalmente de izquierda como el PSOE han aplicado políticas de derecha, conservadoras y capitalistas, pero muchos de sus votantes los eligen en oposición a la derecha. Este desplazamiento a la izquierda es un dato que no airean demasiado las demás fuerzas políticas -incluida Podemos que pretende situarse por encima de esta "vieja" división-, las cuales prefieren destacar sin más la voluntad de "cambio".

El PP pierde 3,5 millones de votos (16 puntos porcentuales), respecto de 2011. Ciudadanos recupera ese número de votos, si bien UPyD pierde otro millón. Globalmente, la derecha nacionalista española retrocede en ese millón largo de votos, pasando de 12,14 millones a 10,85. Convergencia pierde la mitad de los votos que obtuvo y el resto de la derecha periférica casi repite sus marcas anteriores. Para el conjunto de la derecha, el descenso es de 13,6 millones a 11,9 millones de votos. En definitiva, la derecha pierde casi dos millones de electores (10 puntos porcentuales de bajada).

La izquierda, en cambio, gana casi 3 millones de votos, pasando de 9,6 a 12,4 millones (sube 8,5 puntos porcentuales). Pero ese movimiento hacia la izquierda también se opera dentro de la propia izquierda. El PSOE pierde casi 1,5 millones de votos, mientras que las formaciones a su izquierda ganan 4,4 millones de votos. Pasa de tener 3,4 millones de votos más que el resto de la izquierda a tener 1,5 millones de votos menos. La base electoral del PSOE, de extracción obrera y popular, se reduce –debido a la política oligárquica de éste- en beneficio de otros partidos que representan mejor la ilusión democrática y reformista pequeñoburguesa. De ahí que este partido necesite girarse hacia su izquierda para mantenerse.

Observando este movimiento objetivo del voto, es decir, más allá de la opinión que tengan los electores de las distintas fuerzas políticas, el bloque oligárquico –formado por las derechas y el PSOE- habría perdido unos 3,5 millones de votos y su porcentaje de popularidad habría bajado del 85% a menos del 70%. Esto pone de manifiesto la eficacia limitada de los  poderosos medios con los que la cúpula de la clase dominante influye en las clases populares. Éstos pueden distorsionar y retrasar, pero no impedir, la traslación a la conciencia de éstas de sus intereses inmediatos (la de sus intereses fundamentales es un proceso diferente que se verá después). Avanza, por tanto, el proceso de desgaste de las fuerzas oligárquicas y de crecimiento de las dispersas fuerzas democráticas, ya puesto de manifiesto en los comicios europeos, en los locales y en los catalanes. La oligarquía hace todo lo posible por esconderlo, mientras que los comunistas lo celebramos como una victoria que demuestra que las clases trabajadoras son más fuertes y la oligarquía más débil de lo que parece.

En conclusión, la mayoría del pueblo se ha pronunciado a favor de un cambio, pero no de cualquier cambio, sino de un cambio hacia la izquierda, contra las políticas neoliberales que enriquecen a los grandes capitalistas y empobrecen al resto. Y asimismo, por un entendimiento democrático entre las clases populares de las distintas nacionalidades de España que respete el derecho de cada una a decidir su destino: no para dividir nuestro país común, sino para que la unión de sus pueblos sea voluntaria y, por eso mismo, más fuerte frente a los que nos explotan, desde fuera y desde dentro de nuestras fronteras.

Por consiguiente, respetar la voluntad popular expresada en las urnas es formar un gobierno dispuesto a aplicar una política más democrática y menos favorecedora de la desigualdad económica. Democráticamente, tenemos todo el derecho a exigir la formación de un gobierno apoyado por el PSOE, Podemos e IU, como partidos que han prometido este tipo de política, frente a los recortes reaccionarios del PP.

Claro que una cosa es prometer y otra, cumplir lo prometido. La mayoría de la gente recuerda cómo el gobierno de Zapatero quiso contentar a los ricos y acabó cediendo a las presiones comunitarias e iniciando esa política de recortes. Y los comunistas hemos advertido que, para aplicar una política favorable a las clases populares, hay que enfrentarse a los grandes capitalistas, hay que ir a buscar los medios necesarios en los bolsillos de éstos, hay que asumir las consecuencias de romper con las políticas de la Unión Europea y del brazo armado occidental que es la OTAN. Como hemos visto en Grecia, Syriza quiso estar a bien con el pueblo a la vez que con sus explotadores, y finalmente plegándose a la voluntad de éstos. Los equivalentes españoles de Syriza -que son Podemos e IU- pretenden también cambiar la correlación de fuerzas dentro de la UE, esta vez por el mero hecho circunstancial de que nuestro país tiene un mayor peso económico que Grecia. Es verdad que los pueblos son más poderosos que las oligarquías, pero siempre que reúnan unas condiciones que no se miden por el tamaño del PIB.

A la vista de los graves defectos que tienen el PSOE, Podemos e IU, ¿le conviene a la clase obrera la formación de un gobierno sustentado en estos partidos?

 

¿Qué gobierno conviene a la clase obrera?

Si la alternativa a esta opción fueran nuevas elecciones, sería el mejor escenario para la clase obrera a condición de que Podemos adelantara al PSOE y pudiera gobernar en solitario o como socio mayoritario de una coalición. Y esto, por las razones que se expondrán a continuación.

Si la alternativa fuera un gobierno de unidad oligárquica del PP, PSOE y Ciudadanos, sería la peor para nuestra clase, porque, de inmediato, continuaría la adopción de medidas lesivas para nuestra situación económica y nuestros derechos políticos. Además, la democracia inconsecuente de la pequeña burguesía representada por Podemos e IU seguiría sin ponerse a prueba y constituiría la única alternativa política a los ojos de las masas, durante un tiempo que podría alargarse hasta cuatro años. La clase obrera estaría perdiendo todo este tiempo en lugar de emplearlo para encontrar su propio camino, que además es el único que puede evitar la catástrofe a la que nos conduce el actual gran capitalismo desbocado.

En cambio, si el PSOE, Podemos e IU asumen conjuntamente la responsabilidad de formar gobierno, en un primer tiempo, tomarán medidas positivas que aliviarán la situación de la población más empobrecida y que devolverán ciertos derechos políticos al movimiento obrero y a los movimientos sociales democráticos. Este idilio durará hasta que la resistencia de la burguesía obligue a estos partidos a enfrentarse con sus propias limitaciones programáticas. Entonces, asistiríamos a la completa claudicación de esta democracia pequeñoburguesa, o bien podríamos volver al escenario anterior tras una eventual ruptura con este gobierno por parte de Podemos e IU y la consiguiente formación de un gobierno de unidad oligárquica. También los intereses de la clase obrera aconsejan exigir esta opción en las actuales circunstancias (en las que nuestra clase está tan debilitada políticamente que no puede siquiera enviar a un representante suyo al parlamento).

En todos estos casos, al brindarles nuestro apoyo condicionado al combate contra la oligarquía, los comunistas habremos ayudado a las masas a comprobar nuestras conclusiones políticas por su propia experiencia y habremos demostrado nuestra adhesión más firme a la democracia, al pueblo, incluso más allá de presuntos intereses particulares de nuestro partido (el cual, por otra parte, no tiene otros intereses que los intereses fundamentales de la clase obrera). Esto, y no otra cosa, es lo que hemos criticado de la táctica electoral de nuestros camaradas del Partido Comunista de Grecia: dar por sentado que lo que ya está claro para la vanguardia proletaria lo está también para las masas, en vez de aceptar una negociación (con acuerdo o sin acuerdo) que ayude a dichas masas a comprender los verdaderos intereses de clase de cada partido político.

Es cuestión de humildad y respeto hacia ellas, pues no sólo aprenden de nuestras palabras, sino principalmente de contrastarlas con los hechos que experimentan. Así, Lenin recomendaba que, primero, ayudáramos a los reformistas a vencer a los burgueses "(más exactamente: debemos obligar a los primeros a vencer a los segundos, ¡pues los primeros tienen miedo de su propia victoria!); segundo, ayudar a la mayoría de la clase obrera a convencerse por experiencia propia de la razón que nos asiste, es decir, de la incapacidad completa" de los reformistas, "de su naturaleza pequeñoburguesa y traidora, de la inevitabilidad de su bancarrota; y, tercero, acercar el momento en que, sobre la base de la desilusión provocada" por los reformistas "en la mayoría de los obreros, se pueda, con serias posibilidades de éxito, derribar de un golpe el gobierno" de aquéllos[1]. Los obreros conscientes estamos interesados en que la pequeña burguesía lleve el desarrollo de la democracia hasta un punto en que ésta se hace incompatible con la dominación burguesa y exige, a los ojos de las masas, su sustitución por la dominación de la clase obrera.

Para realizar esta táctica, no es suficiente, ni es la tarea más importante, el apoyo a los reformistas que cuentan con el respaldo de las masas obreras. Hemos conocido decenas y centenares de casos de esos apoyos que han acabado en fracaso y en desmoralización de esas masas. Pero es un error "izquierdista" culpar de ello a tales alianzas. Ni ellas, ni los reformistas, son los responsables. La responsabilidad recae por entero en los comunistas que, desde hace muchos años, no han querido o no hemos sabido realizar una agitación, una propaganda y una acción política completamente independientes de la burguesía y de su concepción del mundo. "Sin esta última condición -advierte Lenin a continuación- es imposible, naturalmente, hacer el bloque, pues sería una traición".

Para que la democracia pueda vencer las limitaciones que le imponen la burguesía y también la pequeña burguesía, los comunistas tenemos que ayudar a las masas obreras a encontrar su propio camino, el camino de la democracia proletaria, invisible bajo la costra de prejuicios y fantasías inculcados por la clase explotadora. Y esa ayuda solamente se la podemos prestar si estudiamos concienzudamente, como corresponde a una ciencia, la teoría del socialismo, si nos desembarazamos de la fraseología, de las modas, de las pasiones, etc., que reflejan la dominación burguesa y educamos sistemáticamente a las masas en la política marxista-leninista. Hace casi cien años, Lenin resumía así la cuestión:

"Toda la experiencia de la historia moderna y, en particular, más de medio siglo de lucha revolucionaria del proletariado de todos los países desde la publicación del Manifiesto Comunista demuestran incontestablemente que sólo la concepción marxista del mundo expresa de modo correcto los intereses, el punto de vista y la cultura del proletariado revolucionario. El marxismo ha conquistado su significación histórica universal como ideología del proletariado revolucionario porque (...) ha asimilado y reelaborado todo lo que hubo de valioso en más de dos mil años de desarrollo del pensamiento y la cultura humanos. Sólo puede ser considerado desarrollo de la cultura verdaderamente proletaria el trabajo ulterior sobre esa base y en esa misma dirección, inspirado por la experiencia práctica de la dictadura del proletariado como lucha final de éste contra toda explotación".[2]

 

[1] La enfermedad infantil del "izquierdismo" en el comunismo, capítulo IX, Lenin.

[2] La cultura proletaria, Lenin.