La hegemonía cultural o loa del capitalismo filantrópico

D. Koba
Domingo, 31 Mayo, 2015

Cuando gran parte del bloque socialista se derrumbó en 1991, la clase obrera internacional sufrió un duro golpe en el marco de un conflicto que parecía antes igualado: los obreros de los países socialistas que se derrumbaban se vieron de pronto desprotegidos ante la bestia ávida del capitalismo; los obreros que sostuvieron al socialismo con valor se vieron obligados a atravesar años de sacrificio y esfuerzo para sobreponerse al terremoto geopolítico; y los obreros de los países capitalistas fuimos inmediatamente bombardeados con ingente propaganda que afirmaba “la derrota del socialismo” y “la superioridad del libre mercado”.

Todo el mundo se sacudió durante aquellos años, ante unos hechos que casi nadie había previsto, que casi nadie comprendió en toda su extensión y que, aún hoy, casi nadie se molesta en entender. La herencia de esta etapa histórica difiere en los países donde la experiencia socialista se derrumbó, en aquellos donde la clase obrera se mantuvo firme, y en esos países, como el nuestro, donde la clase dominante festejaba el colapso con champán al tiempo que se tornaba hacia la clase obrera con un condescendiente “os lo dijimos”.

Precisamente en esos países, como el nuestro, es donde esta herencia ha sido más nefasta: nadie intenta comprender por qué las experiencias de Europa del Este fracasaron. El mantra de que en Europa del Este fracasó el socialismo casi no se cuestiona, y por ello se tiene a olvidar, esconder o deformar todas las demás experiencias socialistas: Cuba parece haber desaparecido de la faz de la tierra (aunque no faltan los que, con motivo de la restauración de relaciones con EEUU, pomposamente predicen el principio del fin, como en sus mejores sueños húmedos), la información sobre Corea es grotescamente infundada, y China es, desde hace años, “uno de los países más capitalistas del mundo”, como se encargan de recordarnos en cada artículo, en cada reportaje y en cada documental que hacen sobre el gigante asiático. Aquellos pueblos que inician ahora, con mayor o menor acierto, su camino hacia el socialismo, como lo son los de América Latina, son rápidamente descalificados como “trasnochados”, “populistas”, “caudillistas”…

Para quienes tenemos una visión más amplia, más allá de las mentiras de El País, de las estupideces de La Razón, o del NO-DO de TVE, es evidente que las experiencias socialistas de América y Asia siguen vivas, en toda su complejidad y con todas sus particularidades; y es evidente que el derrumbe de los países socialistas de Europa del Este no supone el fin del socialismo, sino que muestra errores concretos de dichas experiencias, errores derivados de la realidad particular de la región y de la primera práctica política del socialismo; errores que reconocemos y que han de corregirse.

Por desgracia, la ausencia de un Partido de la clase obrera, reconocido e instaurado como tal, ha provocado entre la sociedad una ceguera persistente en lo que respecta al socialismo; ninguna gran fuerza política, social o cultural cuestiona la versión oficial de la Historia, ni disputa la hegemonía de la clase dominante en dichos ámbitos. Y sin embargo, las evidencias que impulsaron el auge del socialismo, que dieron forma a la teoría del socialismo científico, siguen siendo evidentes, siguen siendo susceptibles de cavar la tumba del capital; y la clase dominante, que tiene experiencia e inteligencia política como para mantenerse en su sitio, es consciente de ello.

Por eso, frente a su actitud histórica de hacer oídos sordos a esa realidad, ha adoptado una nueva postura, por la cual favorece activamente posiciones que critican la desigualdad sin ofrecer soluciones (la socialdemocracia pura y dura del PSOE) o que plantean soluciones idealistas y faltas de sustento económico y político (el socialismo utópico del siglo XXI lleva coleta y pide una renta básica sin un solo medio de producción en manos de la clase obrera). Es decir, el capitalismo, con su mano izquierda, señala sus propios errores y contradicciones para dar la impresión de preocuparse por estos, pero sólo permite plantear “soluciones” inviables a los mismos, de modo que parecen problemas irresolubles con los que – pobres de nosotros – tenemos que aprender a convivir.

Si desde la perspectiva política sus armas son la socialdemocracia y el socialismo utópico, desde la perspectiva social y cultural es el capitalismo filantrópico el escudo que esgrime. Alrededor de este modelo ha levantado todo un entramado cultural de principios y valores sobre las donaciones desinteresadas, las ONGs, el voluntariado… El capitalismo sabe de sus debilidades, y él mismo se encarga de ofrecer vías ciegas de salida a la indignación, que sean tolerables para sus intereses. Cuanto mayor es el desarrollo del capital y mayores sus contradicciones, mayor es el control y la intervención que ejerce sobre la cultura, fomentando un ser social individualista, sumiso, idealista, que se amolde a la realidad del capitalismo.

Tomemos, por ejemplo, el caso de EEUU, donde el capitalismo tiene uno de los desarrollos más profundos e interiorizados socialmente, y donde este modelo de capitalismo filantrópico se encuentra más implantado. Es en estos casos en los que las contradicciones son más agudas, y por tanto sus consecuencias se hacen más evidentes, y por tanto es en estos casos donde la batería cultural del capitalismo intensifica su bombardeo: los espacios de desigualdad, miseria y opresión que va abriendo el capital son ocultados por la filantropía. Y cuanto mayores son estos espacios, mayor es el grado en que se defiende y ensalza la filantropía idealista propia del capitalismo: pan para hoy y para algún afortunado, hambre para mañana y para todos.

Aunque son muchas las muestras de este culto a la filantropía idealista, que van desde la recogida de tapones para el tratamiento de no se qué enfermedad hasta reportajes de telediario alabando a tal o cual mecenas que financia la operación de un niño, todas tienen en común una estúpida perspectiva individual según la cual solucionar un problema en una dimensión personal equivale a solucionar el problema en sí. Tal niña recoge tantas toneladas de tapones para financiar la operación de una enfermedad difícilmente curable, y parece que ya no hay nadie más enfermo de ello; a nadie se le ocurre preguntar por qué es tan cara la operación, y mucho menos por qué tienen que morir aquellos que no recogen la cantidad suficiente de tapones. Lo importante no es que mueran otros tantos porque el beneficio de unos pocos está por encima de la salud de la gente corriente, trabajadora, sino que esta niña se ha salvado porque todos somos muy solidarios y le hemos dado nuestros tapones. Cultura capitalista del individuo en vena.

No pecaremos, o al menos no de forma consciente, de individualismo en este artículo: el capitalismo filantrópico tiene tal dimensión, y se agranda tanto a medida que el capital extiende su barbarie, que supera con creces el caso de la colecta de tapones, hasta el punto de haberse instituido en toda una cultura, en todo un pensamiento colectivo al servicio de los intereses de la clase dominante.

En concreto, yo quería referirme a este aspecto cultural: es evidente que la televisión es un vector culturizador, entendiendo por cultural la concepción que se tiene del mundo en lo tocante a la realidad cotidiana. La hegemonía cultural de la clase dominante se manifiesta, entre otras cosas, en los programas televisivos. Programas como “Gran Hermano” o “Mujeres y Hombres y Viceversa” son programas que forman parte de la cultura capitalista del desprecio y la mofa hacia las clases trabajadoras, ridiculizadas y convertidas en modelos lobotomizados de comportamiento esperpéntico, con un claro fin idiotizador.

Pero llega un punto en que la evidencia pasa por encima de la estupidez inducida, y es entonces cuando el capital se ve obligado a controlar a los sectores de las clases trabajadoras que superan el aspecto culturizador imbecilizante. Es entonces cuando en nuestra parrilla televisiva aparecen programas como “Millonario Anónimo” o “El Jefe infiltrado”; esos mismos programas, manifestaciones culturales del capitalismo filantrópico, comparten las pantallas estadounidenses con “Jersey Shore” o “Embarazada a los 16”, y las pantallas españolas con los anteriormente mencionados programas. Y se complementan con el claro objetivo de garantizar la supervivencia del capital: idiotizar y distraer al pueblo trabajador, y, si esto no es suficiente, ofrecerles un modelo de capitalismo que aparente preocuparse por sus problemas, con “soluciones” a los mismos que demuestren el interés de la clase dominante en “cuidar de nosotros”, con un repugnante paternalismo corporativista que sólo responde a sus intereses.

La elección de la cadena en que son emitidos tampoco es casual: esos programas al servicio del capital son emitidos en nuestro país por una cadena “crítica” y “progresista”, La Sexta. Una cadena que tiene, en teoría, una audiencia de izquierdas. De la mano izquierda del capitalismo, en concreto: muy bien, vamos a permitir que sean críticos, vamos a permitir que digan que todo está muy mal y que este sistema es injusto. Vamos a atraer a quienes piensan esto como moscas a la miel poniéndoles una cadena “crítica” y “progresista” en la tele, que reconozca esos problemas. Y luego, vamos a meterles hasta el fondo la naturaleza irresoluble de estos problemas. Terminaremos la operación con una fanfarria espectacular: ¿creías que tus problemas no tenían solución? ¿Creías que ibas a vivir toda tu vida en una casa que se te cae encima, con un salario miserable, con unos horarios de esclavitud, con la amenaza de un desahucio sobre tu cabeza? ¡No te preocupes! ¡Los ricos también son humanos y se preocupan por tus problemas! ¡Y si te portas bien, te ayudarán! Después de la publicidad, un nuevo capítulo de “Millonario Anónimo”. Y mañana no te pierdas la nueva temporada “El Jefe infiltrado”. Tremendo combo, capitalismo, tremendo combo. Qué progresistas, qué solidarios y qué críticos somos en el lado izquierdo del capital.

Al tiempo que el neoliberalismo pretende arrebatarnos derechos democráticos como la sanidad y la educación públicas, nos ofrece desde la televisión la imagen de ese empresario asquerosamente rico que vive un día con unos “pobres” y se da cuenta de lo dura que es la vida cuando uno es explotado y condenado a la miseria. Ese buen empresario, ese buen hombre, ese buen samaritano, ese deshecho de virtudes y de humanidad, al terminar su convivencia ofrece con lágrimas en los ojos un cheque para que el hijo del pobre pueda estudiar, para que su hija reciba tratamiento a su enfermedad, para que se compren una casa digna, para que arreglen su coche… Y todos contentos. El empresario ha hecho su aporte desinteresado a esta sociedad, el pobre ha visto sus necesidades inmediatas temporalmente cubiertas, y la tele nos recuerda que los ricos también se preocupan por los problemas de los pobres. Que somos todos iguales, seres humanos, y que los ricos no son ajenos a nuestro dolor humano.

Pero una vez más, nadie cuestiona el germen del problema; nadie aboga por el reparto de la riqueza; nadie aboga por terminar con la injusta concentración salvaje de capitales. Hay un pobre feliz, y todos los demás pobres tienen que contentarse con imaginar que algún día les visitará a ellos un “millonario anónimo” que arregle sus problemas. A nadie se le ocurre plantear que los pobres puedan, por sí mismos, reivindicar sus derechos, constituirse en sujeto político, y apostar por la superación de ese sistema que los condena a la miseria, al hambre y a la necesidad.

A medida que el liberalismo nos arranca nuestros derechos laborales, nos reduce los salarios, precariza el empleo y cuestiona el derecho a huelga, en la tele vemos a ese jefe tan majo, a ese empresario de éxito, disfrazándose de currito y viviendo las dificultades que todos sus trabajadores viven a diario, dándose cuenta de la realidad de sus asalariados e implementando cambios y reformas que hacen su empresa más eficiente, y ya si eso, facilitan la vida de los trabajadores. Cuando termina su revelación, ese empresario disfrazado llama a su despacho a los trabajadores con los que ha convivido; éstos, que no saben de que va el tema, ven aparecer de repente a esa persona que tiene su vida en sus manos, se ponen blancos, y sólo les falta caer de rodillas. Ese jefe reconoce a los que trabajan bien y se deben a la empresa, y reprende a los que se quejan por las malas condiciones de trabajo, por los salarios de miseria, por los horarios de esclavo… Tú trabaja y calla, que de la administración ya me encargo yo. Y, como es un buen jefe, un empresario que se preocupa por sus trabajadores, un pastor cuidando de su rebaño, al final siempre hay un premio para los curritos.

¿Qué tu sueldo es una bazofia que no da para pagar la Universidad de tus hijos? No te preocupes, tu buen señor te da un cheque para que la pagues. ¿Qué tu horario de mierda te tiene todo el día fuera de casa y te estás perdiendo la infancia de tus hijos? No hay problema, tu buen señor te paga un viaje a Disney World y todo arreglado. ¿Qué llegas a casa a las tantas de la noche, reventado, y no puedes hacer vida normal de pareja con tu compañero o compañera? No sufras, id a cenar a un buen restaurante que esta noche invita la empresa. ¡Cómo nos cuidan y nos quieren nuestros jefes! ¿Y vas a hacer una huelga contra ellos? ¿Vas a cuestionar sus privilegios? ¿Vas a reclamar tus derechos? ¡Como osas, terrorista! ¿Qué por qué ellos tienen tanta riqueza y nosotros no tenemos nada? ¡Porque las cosas son así! ¡Calla y trabaja y algún día tu buen señor te recompensará!

Como en los casos anteriores, nadie se pregunta nada: nadie se pregunta por qué los horarios superan las ocho horas legales, por qué los salarios no dan para vivir o por qué en el trabajo te tratan como a una mula de carga hasta que terminas reventado el día. Nadie se plantea un modelo de empleo que dignifique y reconozca al trabajador; alégrate de tener un trabajo, por malo que sea, y no te preocupes que si tienes suerte un novato cualquiera resultará ser tu jefe y, cual genio, te concederá un par de deseos. Tus condiciones laborales, tu empleo y tu horario son una mierda y van a seguir siéndolo después de que tu jefe lo vea con sus propios ojos (porque saberlo, ya lo sabe), pero a lo mejor eres el elegido entre las decenas de miles de compañeros que tienes para recibir los regalos que ese magnánimo empresario quiera hacerte. ¡Alegría!

Ante esta triste realidad, nuestra tarea, como comunistas, es combatir esta cultura capitalista de idealismo individualista: somos conscientes de los errores, de las contradicciones, de las desigualdades que alberga el capitalismo, y planteamos, a través del materialismo dialéctico, una solución a las mismas. Una solución que supera al capitalismo y que ofrece un futuro no a una niña que recoge tapones, no a un pobre que espera a su genio millonario, ni a un trabajador sumiso que espera una compensación de su jefe… sino a una mayoría social. Planteamos un futuro en el que no haya que pagar para recibir ninguna atención médica, un futuro en el que nadie tenga que recurrir a la limosna de nadie, un futuro en el que se garantice a todos y todas la opción de realizarse a través del trabajo… Planteamos un futuro en el que la riqueza del trabajo no sea acaparada por una minoría social, sino que se ponga al servicio de las necesidades de las clases trabajadoras, que son quienes la producen.

Debemos señalar ante las masas, en especial ante la clase obrera, la dignidad del trabajo, y reivindicar su papel histórico, social y político. Debemos conseguir que cada obrero y cada obrera, cuando vean estos programas, sean conscientes del alto contenido social y político que esconden, y que sean conscientes de que ese contenido sirve a la clase dominante que les condena a no poder operar a sus hijos, a no poder pagar las facturas, a no poder hacer vida de familia… Debemos conseguir que cada obrero y cada obrera, cuando vean estos programas, se repugnen, se indignen y apaguen la televisión.

En cada conversación, en cada cena familiar, en cada reunión de amigos, en cada uno de los frentes en los que trabajamos, debemos llevar la dignidad del trabajo por bandera, y hacer comprender a las clases trabajadoras que la importancia del trabajo no es el salario que les pagan a cambio, sino la capacidad que tiene el trabajo de cambiar el mundo: la capacidad que tienen las clases trabajadoras, lideradas por la clase obrera, de cambiar el mundo. Y así, que llegue el día en que, en uno de estos programas, el trabajador “agraciado” se plante delante de ese benefactor, de ese samaritano, y, como el jornalero, se enorgullezca de que al menos en su hambre manda él. Que se queden su capitalismo filantrópico, que la clase obrera no acepta limosnas. Que sepan que todo lo que tienen es nuestro, porque lo hemos producido con nuestro trabajo. Y que lo vamos a recuperar, que vamos a poner a la democracia a trabajar por los intereses de la mayoría.