La república democrática y el socialismo

Gavroche
Plaza del Sol - 15 de mayo del 2012

La victoria del capitalismo imperialista en la Guerra Fría ha resultado efímera. Además de fracasar en la subversión de los países socialistas no europeos, no ha podido evitar que, con la ayuda de China, se desarrollaran unas economías emergentes que están descomponiendo la arquitectura del sistema dominada por las viejas potencias occidentales. Por si esto fuera poco, desde 2007, éstas se encuentran empantanadas en una gran crisis con mal pronóstico. A consecuencia de ello, se está resquebrajando su sólida hegemonía sobre la población, en cuyo seno la protesta crece en extensión y en profundidad.

Sin embargo, al mismo tiempo, parece que no está a la vuelta de la esquina la sustitución revolucionaria de este régimen en decadencia. No sólo está en crisis el imperialismo, sino también su antagonista y sucesor natural. La crisis del comunismo -que estalló en los años 50 con el XX Congreso revisionista del PCUS- ha entrado ahora en una nueva etapa caracterizada por el enfrentamiento de dos tendencias extremas que estorban la unidad de acción de la clase obrera: la tendencia de quienes han renegado del marxismo-leninismo para caer en el reformismo y la tendencia de quienes oponen a éstos una versión dogmática o “izquierdista” de la teoría proletaria.

El principal error entre los comunistas de hoy

Después de que las ideas reformistas destruyeran la URSS y sirvieran de trampolín para tantos servidores del imperialismo como Felipe González y Zapatero, lo tenemos mucho más fácil para cuestionar su credibilidad. Pero resulta que no son las ideas del marxismo-leninismo las que prevalecen frente al reformismo, al menos en el movimiento obrero de nuestro país. Lo que se oye sobre todo es un sucedáneo de aquél en el que el fanatismo rabioso sustituye el carácter racional del socialismo científico. Y lo más curioso es que, al frente de esta caricaturización del marxismo-leninismo, encontramos a algunos de los que, hace años, comulgaron ciegamente con la tergiversación derechista del mismo que perpetraron los dirigentes soviéticos tras la muerte de Stalin.

Reaccionan al espontaneísmo de los reformistas despreciando los movimientos espontáneos de masas. Responden a la “revolución” pacífica y parlamentaria de los reformistas alentando la violencia vanguardista y/o despreciando la lucha política electoral. Denuncian los compromisos sin principios de los reformistas para justificar su sectarismo. Etc.

En resumidas cuentas, podemos concluir que la crisis del comunismo ha llegado hasta la misma médula de la teoría marxista-leninista, que es el materialismo dialéctico: a los “izquierdistas” no les importa la realidad, ni su carácter contradictorio, ni su desarrollo. Con semejantes portavoces, podemos concluir que hemos tocado fondo y que no se puede caer más bajo. A partir de este punto, el movimiento comunista sólo puede progresar, pero eso dependerá de la determinación y de la lucha de los más consecuentes partidarios del marxismo-leninismo contra el “izquierdismo”. Y esto, porque, mientras los reformistas han dejado de justificarse en nombre de la teoría revolucionaria del proletariado, quienes hoy la reivindican tienden a tergiversar su contenido por la “izquierda”, impidiendo así su cabal aplicación.

En circunstancias así, urge recordar la advertencia de Lenin: “El mayor peligro -y quizá el único- para un auténtico revolucionario consiste en exagerar su radicalismo, en olvidar los límites y las condiciones del empleo adecuado y eficaz de los métodos revolucionarios. Es ahí donde los auténticos revolucionarios se estrellaban con la mayor frecuencia al comenzar a escribir ‘revolución’ con mayúscula, colocar la ‘revolución’ a la altura de algo casi divino, perder la cabeza, perder la capacidad de comprender, sopesar y comprobar con la mayor serenidad y sensatez en qué momento, en qué circunstancias y en qué terreno hay que saber actuar a lo revolucionario y en qué momento, en qué circunstancias y en qué terreno hay que saber pasar a la acción reformista. Los auténticos revolucionarios sucumbirán (no en el sentido físico, sino espiritual de su causa) sólo –pero sin falta- en el caso de que pierdan la serenidad y se figuren que la revolución, ‘grande, victoriosa y mundial’, puede y debe cumplir obligatoriamente por vía revolucionaria toda clase de tareas en cualquier circunstancia y en todos los terrenos. (…) Nuestra propia experiencia: la paz de Brest ha sido un modelo de acción absolutamente no revolucionaria, sino reformista e incluso peor que reformista, puesto que ha sido una acción regresiva, en tanto que las acciones reformistas, por regla general, avanzan lenta, cautelosa y gradualmente, pero no retroceden.[1]

Las reformas y la revolución

Un reto de los comunistas de enorme importancia es hallar el vínculo adecuado entre el objetivo estratégico de la revolución socialista y la lucha por reformas democráticas practicada hoy por las masas. Sin una táctica que haga posible, que nos acerque a la consecución práctica del socialismo, la estrategia revolucionaria queda reducida a una mera declaración de intenciones, y ya se sabe que el camino del infierno está empedrado de buenas intenciones. Los reformistas participan en la lucha por reformas sin otro horizonte, como si fuera un medio suficiente para que las masas satisfagan sus intereses. ¿Se deduce de esto que los comunistas debemos oponernos a la lucha por reformas democráticas, y sustituirla por propaganda de la revolución socialista?

Algunos creen que el leninismo está, en general, en contra de las reformas, de los compromisos y de los acuerdos. Eso –responde Stalin- es completamente falso. (…) No se trata, evidentemente, de las reformas o de los compromisos y acuerdos en sí, sino del uso que se hace de ellos. Para el reformista, las reformas son todo, y la labor revolucionaria cosa sin importancia, de la que se puede hablar para echar tierra a los ojos. Por eso, con la táctica reformista, bajo el Poder burgués, las reformas se convierten inevitablemente en instrumento de consolidación de este Poder, en instrumento de descomposición de la revolución. Para el revolucionario, en cambio, lo principal es la labor revolucionaria, y no las reformas; para él, las reformas son un producto accesorio de la revolución. Por eso, con la táctica revolucionaria, bajo el Poder burgués, las reformas se convierten, naturalmente, en un instrumento para descomponer este Poder, en un instrumento para vigorizar la revolución, en un punto de apoyo para seguir desarrollando el movimiento revolucionario[2].

Por consiguiente, los comunistas no debemos oponernos a los movimientos de masas que persiguen reformas democráticas ni debemos situarnos fuera de ellos, fuera de la organización de esas masas, ni siquiera en “el borde”. Al contrario, debemos incorporarnos plenamente a ellos, defenderlos frente al enemigo de clase y ser los mejores luchadores por sus objetivos, hasta conquistar su dirección. Así lo expresó Stalin en su Discurso ante el XIX Congreso del PCUS (1952): “La bandera de las libertades democrático-burguesas es arrojada por la borda. Yo creo que os tocará a vosotros levantar esta bandera, a los representantes de los partidos comunistas y demócratas, y llevarla adelante, si es que quieren reunir alrededor de sí mismos a la mayoría del pueblo.” Lo que debe distinguirnos de los reformistas es la actitud con la que hacemos esto: una actitud revolucionaria, es decir, la lucha inteligente y perseverante por el socialismo como el mejor camino para la consecución de esas reformas.

Los “izquierdistas”, en cambio, oponen absolutamente la lucha por la democracia y la república a lucha por la revolución socialista. Y eso, a pesar de expresar el mismo Manifiesto del Partido Comunista, de Marx y Engels, que “el primer paso de la revolución obrera es la elevación del proletariado a clase dominante, la conquista de la democracia”. Aunque advirtieron que la democracia tiene siempre un carácter de clase concreto y que la democracia así dicha, a secas, en general, es la forma más engañosa de la dictadura de la burguesía, no por ello dejaron de destacar el papel de la democracia y de la república en la lucha por el socialismo. Así, Engels afirma categóricamente en su Crítica al Programa de Erfurt que: “Está absolutamente fuera de duda que nuestro partido y la clase obrera sólo pueden llegar a la dominación bajo la forma de la república democrática. Esta última es incluso la forma específica de la dictadura del proletariado, como lo ha mostrado ya la Gran Revolución francesa”. Ese “incluso” no deja lugar a dudas sobre el doble valor que Engels asigna a la república democrática: como la mejor forma para que la clase obrera acceda al poder y como la forma de su propio poder.

Tan rotundo se manifestaba Lenin en esta cuestión, frente a los “economistas imperialistas” que sostenían que el paso del capitalismo a su etapa imperialista había vuelto obsoleta la lucha del proletariado por la democracia como parte de su lucha por la revolución socialista: “el socialismo es imposible sin democracia, porque: (1) el proletariado no puede llevar a cabo la revolución socialista si no se prepara para ella luchando por la democracia; (2) el socialismo triunfante no puede consolidar su victoria y llevar a la humanidad a la extinción del Estado, sin la realización de una democracia completa[3].

Esta necesidad de luchar por la democracia y por la república para hacer triunfar la revolución socialista llena de perplejidad a los comunistas hoy aquejados de metafísica y torturados por sus rígidas antinomias. Sin embargo, incluso en relación con los objetivos máximos, no se puede entender cómo la clase obrera puede capacitarse para la socialización de los medios de producción una vez conquistado el Poder político, si no es por medio del desarrollo de un movimiento democrático de masas bajo el capitalismo. Los que sí entendieron el vínculo entre democracia y socialismo fueron los comunistas que supieron vencer al fascismo y extender el socialismo más allá de la URSS. En palabras de Dimitrov: “Hace quince años, Lenin nos invitaba a que concentrásemos toda la atención ‘en buscar las formas de transición o acercamiento a la revolución proletaria’. (…) Los doctrinarios ‘de izquierda’ siempre pasaron por alto esta indicación de Lenin, hablando solamente de la ‘meta’, como propagandistas limitados, sin preocuparse jamás de las ‘formas de transición’.”[4]

¿Ninguna etapa intermedia? ¿Ninguna transición?

Esta exigencia dialéctica del marxismo-leninismo incomoda al “izquierdista” y al dogmático, que buscan siempre algún subterfugio para eludirla. A veces, culpando directamente a la teoría revolucionaria del proletariado: la oposición al “izquierdismo” habría llevado a los partidos comunistas irremediablemente al reformismo (véase http://redroja.net/index.php/noticias-red-roja/opinion/2186-el-egorrevisionismo-teoria-y-praxis). Más a menudo, se saca de la manga alguna novedad que desvirtuaría la posición “clásica”. Así, siguiendo por el camino de los “economistas imperialistas” criticados por Lenin, algunos consideran que la lucha de los comunistas por la democracia y por la república se habría convertido en un pecado reformista. Y esto, porque, al alcanzarse la “etapa senil” de la etapa imperialista de la etapa capitalista del desarrollo social, hay que hacer decir a Lenin lo que no dijo cuando expresó que no hay etapa intermedia entre el capitalismo monopolista de Estado y el socialismo.

Resulta que, cuando Lenin planteó esto, lejos de oponer las reformas democráticas a la revolución socialista, estaba sosteniendo exactamente lo contrario: respondía a los reformistas mencheviques que, partiendo del capitalismo monopolista de Estado, no se puede avanzar por la senda de las reformas democráticas “temiendo marchar hacia el socialismo”. Dicho de otro modo, bajo el capitalismo altamente desarrollado, el camino de las reformas democráticas y el avance hacia el socialismo no se excluyen sino que son inseparables. En este texto, Lenin distingue dos condiciones para la revolución socialista: la insurrección y las reformas democráticas enfiladas a poner las condiciones económico-materiales engendradas por el gran capitalismo al servicio del pueblo. “Pues bien, sustituid ese Estado de… terratenientes y capitalistas por un Estado democrático-revolucionario, es decir, por un Estado que destruya revolucionariamente todos los privilegios, que no tema implantar revolucionariamente la democracia más completa, y veréis que el capitalismo monopolista de Estado, en un Estado verdaderamente democrático-revolucionario, representa inevitablemente, infaliblemente, ¡un paso, pasos hacia el socialismo![5]

Entre el capitalismo desarrollado y el socialismo, obviamente, no puede existir ningún modo de producción intermedio, ninguna formación económico-social intermedia. Es una conclusión elemental del materialismo histórico. Podemos comprender que les parezca un descubrimiento original a quienes acaban de despertar de las ilusiones reformistas del XX Congreso del PCUS, pero no podemos dejar de criticarlos si exageran la negación de las etapas intermedias hasta el punto de oponerse a las “formas de transición”, a la táctica de acumulación de fuerzas, para poder pasar a la revolución proletaria.

Eso es sacar las cosas de quicio, llevar la crítica del “etapismo” al absurdo, volver a los errores del blanquismo y esconder tras una fraseología revolucionaria la propia incapacidad de formular una táctica-plan hacia la revolución socialista. En la práctica, los “izquierdistas” ni siquiera pueden evitar proponer algunas formas intermedias de transición hacia el socialismo: por ejemplo, las huelgas generales y la presentación de candidaturas a las elecciones. Son medios de lucha justos, pero no suficientes. También hace falta participar en la lucha de masas y promover alianzas con otras clases (¡y sus representantes políticos!) para la consecución de reformas políticas, aunque nuestros aliados no las vinculen a la revolución socialista y nosotros sí. Algunas de estas luchas tendrán éxito y aliviarán el yugo con el que los capitalistas procuran impedir la organización de las masas que los comunistas tratamos de dirigir hacia el socialismo. Otras reformas sólo se conseguirán después de la conquista del poder por el proletariado; pero incluso en este caso, la lucha frustrada por ellas bajo el poder burgués abrirá los ojos a las masas sobre sus irreconciliables intereses con dicho poder y las ayudará a asumir una posición revolucionaria. Se puede y se debe hacer mucho por la revolución, además de la fraseología revolucionaria. A veces, es incluso imprescindible luchar contra esa inflación de fraseología revolucionaria que, caricaturizando al marxismo, no le permite realizar su enorme potencial.

Bajo la reivindicación de la república democrática, los comunistas englobamos nuestro programa mínimo de luchas por reformas económicas y políticas que preparen a la clase obrera y a sus aliados para el paso a la revolución socialista. De ninguna manera hacemos depender la revolución socialista de la previa consecución de tal república democrática. Esto no quiere decir que la república democrática sea para nosotros un mero señuelo: si no pudiéramos obtenerla antes de conquistar el socialismo, la instauraremos para edificar el socialismo, puesto que la forma del Estado obrero socialista no puede ser otra que la de una república democrática. Así es como la política independiente del Partido Comunista dentro del movimiento democrático-republicano de masas, lejos de intervenir como un factor antagónico de división y debilitamiento de éste, aparece naturalmente como una de sus partes legítimas. Es más, por su propio contenido, será reconocida por la mayoría de las masas como la más consecuente y la que, sumada a la práctica de vanguardia de sus militantes, se ganará la confianza y la autoridad necesaria de esas masas para que el Partido pueda dirigirlas a través de las tremendas dificultades que entraña la revolución socialista.

Y, por supuesto, sólo se puede comprender plenamente la importancia revolucionaria de la lucha por la democracia si los comunistas la aprendemos ante todo en la construcción del propio partido, eliminando cualquier restricción de la misma que no se justifique racionalmente, por mucho que se apoye en tradiciones reales o mal entendidas. Pero esta ya es otra cuestión que desborda el objeto de este artículo.

Gavroche

 
 

[1] Acerca de la significación del oro ahora y después de la victoria completa del socialismo

[2] Los fundamentos del leninismo (Estrategia y táctica)

[3] Una caricatura del marxismo y el ‘economismo imperialista’

[4] Informe al VII Congreso de la Internacional Comunista. Jorge Dimitrov.

[5] La catástrofe que nos amenaza y cómo combatirla