Realidad social, conciencia y cambio político

Miguel Ángel Villalón
Fecha: 
Sábado, 6 Agosto, 2016

Los resultados de las últimas elecciones generales en España han sido percibidos por la opinión pública como una victoria de la derecha y una derrota de la izquierda. Así han presentado las cosas los grandes medios de comunicación, interesados en que se forme cuanto antes un gobierno favorable al capital monopolista. Para ellos, ese gobierno debe formarlo el PP o cualquier otra opción que excluya toda interferencia de Unidos Podemos. Es tal la necesidad de la gran burguesía de apretarle las tuercas al pueblo que quiere evitar cualquier obstáculo, incluso procedente de una fuerza política que tanto ha cedido en sus pretensiones iniciales.

Sin embargo, una cosa es lo que quiere y otra, lo que puede, porque su unidad frente al pueblo se ve sin cesar socavada por sus rivalidades internas (de ahí los continuos escándalos de corrupción que salen a la luz pública). Además, a los partidos a su servicio les cuesta cada vez más disfrazar sus intereses de clase como si fueran intereses generales para mantener calmado al pueblo y seguir siendo elegidos.

En realidad, en cuanto a los resultados, las elecciones del 26 de junio poco difieren de las del pasado 20 de diciembre. En éstas, la izquierda superó a la derecha y creció en unos 3 millones de electores, la mitad de los cuales procedieron de anteriores abstencionistas y la otra mitad, de quienes anteriormente habían votado por la derecha. Dentro de la izquierda, la totalidad de ese incremento fue a parar a las candidaturas más críticas hacia las políticas oligárquicas: Podemos e Izquierda Unida principalmente, mientras que el PSOE perdió apoyos. Seis meses más tarde, los partidos de la oligarquía apenas han conseguido recuperar medio millón de votos, a pesar su esfuerzo y de ciertas circunstancias que les beneficiaban.

En ese período, el gobierno del PP prorrogó el paréntesis en sus políticas de austeridad iniciado el año anterior –con la connivencia de la Troika- e incluso aumentó el gasto público: un engaño pasajero que ha elevado el déficit presupuestario. Precisamente para poder volver a los recortes y reformas anti-sociales es por lo que les urge formar un gobierno estable afín a la lógica de “resolver” los problemas a costa de los que menos tienen. Durante los dos últimos años electorales, han aprovechado en su beneficio la mejoría económica; una mejoría lógica y poco meritoria tras la enorme destrucción de capitales de los años anteriores que ha aliviado el colapso de los mercados; una mejoría favorecida por la espectacular bajada de los precios del petróleo; una mejoría que ya se está desinflando, anunciándose nuevas turbulencias financieras y otra vuelta de tuerca para la población trabajadora.

En estos seis meses que han mediado entre las dos elecciones generales, el PP aprovechó estas apariencias para reivindicar públicamente la continuidad de sus políticas. Pero, junto al PSOE y a Ciudadanos, no se limitó a ello, sino que además cargó contra Unidos Podemos, agitando el miedo a que España acabe como Grecia o Venezuela, miedo que se acrecentó con la decisión del electorado británico de abandonar la Unión Europea. La mayoría de la población no sabe lo que ocurre en esos países más que a través de lo que le cuentan de ellos los grandes medios de información que están todos ellos en manos de los capitalistas y son todos ellos favorables a los intereses de los capitalistas. Así que, más que miedo a situaciones reales, inculcan el miedo a las supuestas consecuencias de apoyar políticas que vayan contra los intereses de los grandes capitalistas que mandan en España. Agitar fantasmas sólo asusta cuando la gente cree que son reales, y esto ocurre sobre todo cuando nadie levanta la voz para defender la verdad. Esto es lo que ocurre desgraciadamente en nuestro país.

A tenor de los resultados del 26-J, la táctica de los partidos de la gran burguesía ha sido menos eficaz para aumentar sus votos que reducir los de las candidaturas de izquierda: Unidos Podemos ha perdido algo más de un millón de votos (EH Bildu, PCPE, PCOE… también retrocedieron en porcentajes similares), que fueron a parar casi todos a la abstención. Se ha desatado mucha especulación sobre las causas de este retroceso de los partidos de masas menos identificados con la política de la oligarquía financiera. Según algunos, se debería a que Podemos e IU concurrieron conjuntamente a las elecciones del 26-J. La unidad restaría votos, los de los descontentos con la unidad. Sin embargo, también la unidad acrecienta las fuerzas, incluso electoralmente como lo experimentó el Frente Popular en febrero de 1936.

Lo que con toda seguridad ha debilitado a Unidos Podemos es dar de lado a su electorado más combativo rebajando su programa con la intención de conquistar a los electores de centro, es decir, a la parte más atrasada de las masas populares: al poco tiempo de salir a la palestra, los dirigentes podemitas se desmarcaron de los miles de republicanos que habían llenado las calles para oponerse al relevo en el trono de España; luego, lo hicieron con los pacifistas y antiimperialistas fichando a un general y asumiendo la pertenencia de nuestro país a la OTAN; últimamente, incluso habían renunciado a su reivindicación más radical de oponerse al pago de la deuda que el Estado había contraído por rescatar al capital financiero; etc. Ya sólo habían dejado en pie la promesa de aliviar los sufrimientos de la población resistiendo a las presiones la Troika, como había hecho Syriza en Grecia, sólo que esperan tener más éxito al ser España una potencia económica mayor. Sin embargo, aquí querían conseguirlo arrodillándose ante el PSOE: era patético presenciar cómo, después de haber tachado justamente a los dirigentes "socialistas" de casta oligárquica y de haber dado por superado absurdamente el eje izquierda-derecha, imploraban la solidaridad de aquéllos en nombre del progresismo, ofreciéndoles la otra mejilla para que se la abofetearan. En cuanto a IU, aunque su programa era un poco más atrevido, le corresponde parte de la culpa por haber transigido con las rebajas, un pecado que ha cometido tantas otras veces con el PSOE a cambio de prebendas parlamentarias. Por lo tanto, las opciones políticas que más cercanas se mostraban de los intereses de las clases populares son las primeras responsables de que bajara el nivel de movilización de sus electores. Esta relajación sería incluso el motivo principal de que prosperara el fraude electoral cometido por los partidos oligárquicos, en la medida en que lo hubo.

Es una lección para todas las personas honestas que han luchado estos últimos años contra los desmanes de la oligarquía: la dirección de esta lucha no debe estar en manos de la democracia pequeñoburguesa, la capa más acomodada y menos combativa del pueblo. Necesitamos una dirección política más firme y valiente.

A menudo, desde Izquierda Unida e incluso desde el campo revolucionario, se ha reprochado con razón a Podemos que haya ilusionado a mucha gente con la vertiente electoral y parlamentaria de la lucha de clases en perjuicio de la lucha directa y continuada de las masas en la calle, en las empresas, en los centros de estudio, etc. Es correcto considerar a la primera expresión como secundaria con respecto a la segunda, pero no es suficiente. Aunque los dirigentes de Podemos hubiesen tenido la voluntad de primar la acción de masas o, al menos, de compaginar ambas formas de lucha, lo cierto es que la movilización social ya había empezado a amainar antes de que irrumpiera el partido morado, cuando pasó el momento álgido de la recesión, cuando se redujo el ritmo de empeoramiento de las condiciones de vida de la población y ante la constatación por las masas de que no reunían fuerzas suficientes para vencer.

Esta última razón resulta en extremo paradójica si tenemos en cuenta que, en los recientes años de auge de la movilización de masas, se exageraban a menudo las cosas afirmando que estábamos ante la lucha del 99% de la población contra el 1%. ¿Cómo es posible que tantos no puedan vencer a tan pocos? En realidad, aunque se luchaba por los intereses inmediatos de ese 99%, la mayoría del pueblo no tenía conciencia de este hecho y no participaba en esta lucha; incluso una parte considerable de ese 99% pensaba y actuaba a favor del 1% de poderosos. Así pues, era la parte luchadora la que se mostraba demasiado débil: tanto para conseguir sumar a más combatientes como para aprovechar más y mejor sus propias fuerzas.

Para aprender de esta experiencia y alcanzar la victoria en la próxima confrontación social que se avecina, hay que ir más allá de los fenómenos superficiales que se reflejan espontáneamente en la conciencia de la gran mayoría. Las conciencias así formadas pueden constatar ciertos hechos dolorosos y enfrentarse a ellos, pero no pueden erradicarlos porque la raíz de los mismos no se puede descubrir a simple vista: para hacerlo, hace falta una comprensión científica de los problemas sociales y ésta sólo puede proporcionarla la teoría del marxismo-leninismo. Ella nos revela el misterio de por qué la minoría se impone frente a la mayoría, de por qué la democracia es necesaria pero no suficiente para mejorar las condiciones de vida de la mayoría. Más allá de mayorías y minorías circunstanciales, la actual sociedad capitalista se halla dividida en clases, de manera que la clase capitalista –a pesar de ser minoritaria- domina a la clase obrera. El acaparamiento de los medios de producción por los capitalistas hace que los obreros dependan económica, política e ideológicamente de los capitalistas.

Así, aunque la población obrera piense de manera muy distinta e incluso opuesta a los capitalistas cuando se trata de la distribución de rentas (cuantía de salarios y ganancias, acceso a los servicios públicos, etc.), en los demás terrenos en que no ha entrado en conflicto directo, su mente permanece moldeada por las relaciones sociales capitalistas y las instituciones culturales correspondientes a ellas (de enseñanza, comunicación, artísticas, científicas, etc.). Y esta dualidad del “alma” del pueblo es todavía más limitativa en el caso de las clases intermedias de la sociedad, puesto que éstas comparten intereses con la burguesía, ya sea porque poseen medios de producción o porque colaboran con ella en la explotación de las masas obreras. Cuando éstas empiezan a despertar y a luchar contra las consecuencias del capitalismo, otra parte de su conciencia sigue dormida, en tinieblas, y frena su rebeldía. Por eso, decía Lenin que lo espontáneo es el estado embrionario de lo consciente y que la conciencia espontánea de los obreros todavía no es una verdadera conciencia de clase. La conciencia obrera no podrá llegar a ser una verdadera conciencia de clase si no libra un combate contra la concepción burguesa del mundo que la empapa y desde la cual juzga su propia experiencia.

El marxismo-leninismo es la teoría de la clase obrera, no porque sea el producto de su lucha espontánea, sino porque es la única que le permite satisfacer plenamente sus intereses. Muchos de los partidarios del marxismo-leninismo –más o menos sinceros- sólo reparan en lo que hay de unidad entre esta doctrina y el movimiento obrero espontáneo; toman a éste como punto de partida y procuran imprimirle un desarrollo cuantitativo, evolutivo, aportándole las ideas fragmentarias del marxismo que el movimiento obrero pueda asimilar inmediatamente; como Lenin explicaba, son defensores de una “táctica-proceso”, son seguidistas de la espontaneidad; por muy honradas que sean sus intenciones, no son consecuentes con el marxismo, actúan como oportunistas y revisionistas. Y lo son porque su práctica bienintencionada se limita a arañar los pilares burgueses de la conciencia obrera espontánea en vez de centrarse en derribarlos.

Es fácil comprender que, si la ideología burguesa es la que domina toda la sociedad, la conciencia espontánea de los obreros es, por tanto, esencialmente burguesa. Y, si el marxismo-leninismo es la teoría de la liberación de la clase obrera, no coincidirá del todo con la conciencia espontánea de ésta, sino sólo parcial y superficialmente. Es más, coincidirá con las necesidades objetivas del movimiento obrero, pero diferirá esencialmente de la conciencia que los obreros se forman espontáneamente sobre su existencia y su lucha de resistencia contra la explotación capitalista.

Ser partidario consecuente del marxismo-leninismo es comprender la diferencia cualitativa entre la conciencia espontánea del movimiento obrero y esta doctrina; es comprender la necesidad de combatir la conciencia obrera espontánea; es comprender la necesidad de sustituirla por una verdadera conciencia de clase basada en el marxismo-leninismo.

Pero, ¿qué es entonces el marxismo-leninismo, si no coincide plena y esencialmente con las ideas que se forman los obreros como fruto de su propia experiencia? La realidad y la conciencia que se tiene de ella son dos cosas muy distintas. Por eso, hay que poner la conciencia en consonancia con la realidad, si queremos cambiarla. El punto de partida no puede ser la conciencia que tienen los obreros de sí mismos, sino la comprensión más profunda de la sociedad capitalista, de sus orígenes, de sus conflictos, etc. El marxismo parte, para ello, de la sociedad en su conjunto y del conocimiento científico alcanzado sobre ella por la humanidad a lo largo de la historia, criticando las falsedades interesadas de la burguesía y comprobando todo ello en la experiencia práctica del movimiento obrero. Antes de abrazar el marxismo-leninismo (y allí donde prescinde de él), el proletariado sólo cosechaba sufrimiento y derrota. En cambio, siempre que ha iluminado con esta teoría revolucionaria su propio movimiento social, ha conseguido vencer a la burguesía y edificar una sociedad socialista, como se ha podido comprobar desde la Revolución de Octubre de 1917. ¡Y sólo es una pequeña muestra de lo que puede hacer y hará necesariamente en el futuro!

La clase obrera no es una masa doliente condenada a pelear por su sustento bajo la esclavitud asalariada. La clase obrera es sobre todo la clase revolucionaria de la sociedad capitalista, la única parte de ésta cuyas condiciones de existencia le permiten sepultar esta sociedad moribunda y construir otra sobre cimientos cualitativamente nuevos y superiores. Pero, para eso, los marxistas-leninistas tenemos que dejar de rebajar nuestro cometido y de ir a la zaga de la conciencia obrera espontánea; tenemos que dejar entregar el grueso de nuestras energías a los flujos y reflujos del movimiento obrero espontáneo. Por supuesto que debemos apoyar toda protesta, toda huelga, todo movimiento democrático, etc., -incluso los menos consecuentes- contra cualquier manifestación de opresión capitalista. Pero eso no puede ser nuestro punto de partida ni nuestra actividad principal. Hay que centrarse en explicar la teoría marxista-leninista y el programa comunista a las masas obreras; en criticar las ideas que las distraen de su gran misión histórica; y en reorganizar con ellas todo su movimiento social para orientarlo lo más directamente posible hacia la revolución socialista.

Miguel A. Villalón