Sobre las relaciones de género en el partido

Colectivo del PTD de Usera
Domingo, 8 Marzo, 2015

Dentro de las actuales democracias de representación (1), somos pocas las personas que participamos activamente en política. Pero si ya somos pocas personas, dentro de estas somos aún menos las mujeres.

Además de la desventaja cuantitativa, una mujer que entra en la política activa, rápidamente se topa con toda una serie de muros no tan visibles: la inseguridad en sí misma a la hora de expresarse, la falta de atención a sus argumentaciones, el surgimiento de caballerosos hombres que le explican cosas que ella ya conoce, comentarios sexistas envueltos en papel de broma, mujeres calladas o que hablan sólo cuando se las interpela directamente, mujeres que hablan más pero cuyos argumentos no son tenidos en cuenta y en cambio cuando los repite un hombre se asumen como válidos, etc... Una mujer que entra en el mundo de la política activa, puede sentirse a veces como una hormiga rodeada de muchos elefantes y alguna que otra hormiga más. Permitidme esta metáfora animal para hacer referencia a las diferencias de poder existentes, pues la política, al fin y al cabo, es aquella actividad que tiene que ver con las relaciones de poder.

Este es el punto de llegada de un largo proceso histórico. En sus inicios, el poder político de las democracias de representación fue monopolizado por la nobleza en alianza con la burguesía. Ante las revueltas populares del final de la Edad Media, para conservar su poder, la nobleza decidió aliarse con la nueva clase alta mercantil que se enriquecía a través del tráfico y la explotación de esclavos y esclavas en las colonias así como a través de la expropiación de tierras a los campesinos europeos que se vieron obligados a vender su fuerza de trabajo a cambio de un salario. Aquella nueva clase social, violenta desde su nacimiento, encabezaría más adelante una serie de revoluciones con falsas promesas de libertad, igualdad y fraternidad que buscaban el apoyo de las clases más bajas, clases cuyas preocupaciones y cuyo descontento iban mucho más allá de dejar de pagar impuestos abusivos, pero cuyas demandas fueron traicionadas cuando la burguesía terminó de hacerse con el poder político. Recordemos cómo cuando nacieron las primeras democracias burguesas a finales del siglo XVIII (en el XVII en el caso de Inglaterra) y hasta bien entrado el siglo XIX, solamente los propietarios tenían derecho a voto y por supuesto, dentro de estos, solamente los hombres... Fue en el siglo XIX, principios del XX (depende de cada país), y gracias a la presión ejercida por el movimiento obrero organizado, cuando se consiguió alcanzar el "sufragio universal", por supuesto el sufragio universal masculino... En la mayoría de los países occidentales, no sería hasta después de la primera guerra mundial (1914-1918) que se obtuviera el derecho a voto de las mujeres, alcanzando así el verdadero sufragio universal. El bolchevismo, gracias también al movimiento obrero organizado, logró alcanzarlo nada más tomar el poder político en 1917.

Durante siglos, las mujeres hemos sido relegadas al trabajo doméstico, las leyes nos han tratado como menores de edad, nuestra inteligencia ha sido estúpidamente despreciada, nuestros cuerpos han sido puestos al servicio del capital para reproducir la fuerza de trabajo que genera la riqueza de la que luego se apropian unos pocos. Durante los siglos XVI y XVII, para paliar las crisis demográficas, las mujeres europeas sufrimos un proceso de persecución llamado "caza de brujas" -orquestado por la Inquisición y por las cortes seculares- en el que las mujeres pobres que conocían y aplicaban los métodos anticonceptivos y abortivos, las que luchaban contra el orden feudal y contra la expropiación de tierras y la propiedad privada, eran torturadas y quemadas en la hoguera; un proceso en el que las parteras fueron reemplazadas por médicos varones que se aseguraban de que se anteponía la vida del niño a la vida de la madre, en el que miles de mujeres empobrecidas se vieron forzadas a dedicarse a la prostitución ante la falta de derecho al trabajo asalariado que se sumaba a la falta de medios de subsistencia que también afectaba a sus compañeros de clase. (2)

Poco a poco fuimos relegadas a la invisibilidad social, a la dependencia económica de nuestros maridos, a la esclavitud, pues si bien seguíamos trabajando en las incipientes industrias (cottage), todavía no teníamos derecho a cobrar un salario por ello. Cuando lo tuvimos, las mujeres trabajadoras, que fuimos las primeras en entrar al mercado laboral por una cuestión de necesidad y es que el sueldo de nuestros maridos no era suficiente para mantener a nuestras familias -como bien señaló Kollontai (3)-, nuestros sueldos eran junto con los de los niños y niñas, inferiores a los de nuestros compañeros de clase varones -como ya denunciaran Marx y Engels en el Manifiesto Comunista-. De hecho hoy en día siguen siéndolo, a pesar de realizar el mismo trabajo, las mismas horas y con la misma eficacia, a pesar del derecho a votar y a ser elegidas...

Antes he dicho que es el punto de llegada, pero también es el punto de partida. Son muchas las mujeres que han denunciado la injusta "doble militancia" a la que se han visto obligadas, militando en un partido comunista para luchar contra las contradicciones de clase y militando al mismo tiempo en organizaciones feministas para combatir las contradicciones del patriarcado, cuando en realidad estas contradicciones están íntimamente ligadas entre sí. Sabemos que no se pueden eliminar las desigualdes entre hombres y mujeres sin eliminar los privilegios de clase, pero tampoco se pueden eliminar los privilegios de clase sin eliminar las leyes y costumbres que discrimiman y degradan a las mujeres, pues de lo contrario seguiríamos conservando la dominación de los hombres sobre las mujeres. Al mismo tiempo tampoco podemos dejar de luchar contra los desmanes del imperialismo, pues de lo contrario estaríamos conservando la dominación de unos países sobre otros.

En un partido comunista debemos ser conscientes de que partimos de unas determinadas condiciones materiales de existencia y de que contamos con un material humano impregnado de los vicios del capitalismo, sólo partiendo de esta base y tomando conciencia de estos vicios y de su raíz burguesa, podremos avanzar hacia la consecución de nuestro objetivo de revertir las condiciones materiales que conservan y generalizan dichos vicios. En efecto, muchas de las costumbres antes mencionadas están tan profundamente arraigadas que no sólo afectan a los hombres sino también a las propias mujeres que a menudo caemos en el machismo, de la misma manera que la clase trabajadora a menudo cae en el clasismo. Además, estas costumbres, por mucho que quieran ser combatidas a menudo se reproducen de forma inconsciente, lo cual dificulta aún más la tarea de su desarraigo. Esto se debe a que la base económica existente todavía no ha sido trastocada en sus raíces y las ideas dominantes son las de la clase dominante. 

Cómo combatir el profundo arraigo de estas costumbres patriarcales, es algo que debiera preocupar a todo partido comunista que se precie. Este debe combatirlas en su seno al mismo tiempo tiempo que busca fórmulas para combatirlas una vez tomado el poder político. Sin embargo, como comunistas, debemos estar atentas y atentos, pues el feminismo despojado de la perspectiva de clase y de raza, es un instrumento más en manos de la burguesía, que aplica de forma sistemática el principio de "divide y vencerás". De hecho, a menudo se ha usado y se usa para enfrentar a las mujeres de la clase trabajadora con los hombres de su misma clase social, haciéndonos ver enemigos donde no los hay, fomentando la desconfianza mutua y dificultando la necesaria tarea de la toma del poder político por la clase trabajadora en su conjunto. Cierto es que las mujeres sufrimos la discriminación de forma transversal en todas las clases sociales, pero también es cierto que quien se lleva la peor parte es siempre la mujer trabajadora (4).

En este sentido, en un partido comunista más que en cualquier otro partido debemos ser pacientes, debemos fomentar la comunicación entre camaradas, verbalizando nuestros descontentos pero entendiendo que nuestra visión particular de un problema no es la única y que lo que podemos percibir como un comportamiento machista quizás no sea tal o quizás sí aunque no seamos conscientes de ello, por eso debemos dejar nuestros egos a un lado para abrir paso a la inteligencia colectiva y así resolver de forma conjunta las dificultades que surgen, confiando en las buenas intenciones del resto de camaradas.

Sin embargo, tampoco debemos perder de vista el verdadero arraigo de estas costumbres y tenemos que estar vigilantes ante este tipo de tendencias hacia la discriminación de las mujeres en la política activa, espacio que durante tanto tiempo ha estado reservado exclusivamente a los hombres. Difícilmente podremos tomar el poder político si la mitad de la clase trabajadora no se siente incluida en el partido que defiende sus intereses, pero tampoco podremos tomar el poder político si dejamos que las ideas de la burguesía nos dividan, enfrentando a nuestros hombres y mujeres.

Tomar conciencia de estas desigualdades existentes es el primer paso para poder combatirlas. El siguiente paso es organizarse para impregnar a la clase obrera de esa conciencia y que así esta clase, formada por hombres y mujeres de igual dignidad, se organice en torno al partido que defiende sus intereses, caminando de forma conjunta hacia una revolución socialista que elimine las raíces de la dominación burguesa, poniendo así fin a la explotación capitalista que por definición es patriarcal y racista.

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(1) Digo de representación porque aunque no son representativas, los diputados y diputadas de hecho sí que toman decisiones en nuestro nombre.

(2) Para más información acerca de este proceso de expropiación primitiva, leáse el libro "Calibán y la Bruja" de Silvia Federici, disponible online y que trata sobre el surgimiento del capitalismo y de la familia moderna, desde una perspectiva de clase, sexo y raza. 

(3) "La mujer en el desarrollo social" de Alexandra Kollontai.

(4) Véase el artículo "La mujer militante y las organizaciones de clase". http://trabajodemocratico.es/content/la-mujer-militante-y-las-organizaci...