Sobre los atentados de Bruselas

Partido del Trabajo Democrático
25 de Marzo de 2016

Los recientes atentados presuntamente ocasionados por el ISIS en Bruselas han dejado a más de 30 muertos y 200 heridos. Las bombas colocadas en el metro y el aeropuerto de la ciudad belga han golpeado directamente a la clase obrera y al pueblo, siendo estos las principales víctimas de tal acción.  Los beneficiarios de la misma, sin embargo, serán otras personas muy diferentes a las que viajaban en el metro o se disponía a coger un avión durante este martes trágico.

En primer lugar, es necesario destacar que el Partido del Trabajo Democrático se solidariza con las víctimas de este atentado.  Los centenares de familias del pueblo trabajador no tienen por qué sufrir las consecuencias de la acción terrorista cuando en realidad son víctimas y no cómplices de las causas que lo originan.  Nuestra solidaridad a estas familias, así como a todas aquellas que, en otros países del mundo, sufren la cara invisible e insensibilizada de este conflicto (es el caso de quienes sufren las consecuencias de la guerra imperialista o las víctimas de atentados en países que no parecen merecer la atención de nuestros medios de comunicación occidentales.)

Habiendo expuesto nuestra solidaridad es necesario hacer un llamamiento a la calma y análisis racional de los sucesos sobre un fundamento de rigor. No basta con horrorizarnos por este hecho, sino que es necesario explicar las verdaderas causas de este terrible suceso con vistas a encontrar una solución real a estos problemas.  Si no nos esforzamos en desarrollar esta labor educativa podremos ser fácilmente influenciables por discursos reaccionarios de todo tipo, siendo confundidos por la extrema derecha y el populismo de la peor calaña que se esforzarán por aprovechar la rabia de estos sucesos para manipular a nuestra clase y enfrentarla contra sus hermanos de otros países.

En el sentido anteriormente expuesto es necesario recordar que el auge del terrorismo islamista ha sido una consecuencia directa de la injerencia imperialista sobre el norte de África y Asia en búsqueda del control geopolíticamente de la región y el acceso a diferentes recursos naturales de gran importancia para su economía.  Así Al-Qaeda fue armada por los Estados Unidos en un intento de frenar a los movimientos populares y seculares en Afganistán, también los diferentes grupos islamistas extremistas han cogido fuerza envalentonados por la campaña de acoso y derribo de la OTAN por eliminar a los países arabistas como Irak, Libia y Siria.   A cada derrocamiento de un gobierno en la región le venía acompañado un fulgurante crecimiento de la influencia de estos grupos que, rápidamente, ocupaban los huecos dejados por los debilitados o desaparecidos estados, convirtiéndose en muchas ocasiones en importantes distribuidores de medios de subsistencia para millones de familias desamparadas que quedaban a merced del influjo del islamismo extremista.  Sin ir más lejos, la existencia del actual Estado Islámico no podría comprenderse sin la debilidad de los estados sirio e irakí, consecuencia de la política de desestabilización imperialista.

Las sucesivas intervenciones imperialistas iniciadas bajo la consigna de la “guerra contra el terrorismo” no han hecho más que agravar el problema. Mientras que las intervenciones militares de la OTAN contribuyen a desestabilizar a más países, regiones y territorios las fuerzas fundamentalistas se fortalecen. La solución política de la guerra sólo ha beneficiado a los dirigentes de estas fuerzas fundamentalistas a la vez que lo hacía a la oligarquía financiera de las principales potencias imperialistas. Si bien bajo el discurso público estas dos fuerzas se presentan como enemigos irreconciliables, la realidad muestra más bien que ambas son las partes beneficiarias de un conflicto que, consciente o inconscientemente, las ha convertido en dos caras de la misma moneda. Mientras los fundamentalistas llamaban a la guerra contra occidente encontraban su pretexto para ensanchar sus organizaciones militares, ampliar su capacidad de influencia e imponer leyes verdaderamente reaccionarias para hostigar a sus pueblos (utilizando la financiación, las relaciones comerciales en el mercado negro, el adiestramiento y asesoramiento militar, el suministro de armas y otros medios militares, las asistencia médica, etc, que proporcionó el imperialismo estadounidense, europeo y las potencias regionales turca, israelí, saudí y qatarí, cuyos intereses estaban depositados en el desarrollo de las fuerzas terroristas en territorio iraquí y sirio); la oligarquía financiera hacía lo mismo, pues en nombre de la defensa mundial de los valores democráticos y occidentales aprobaba lesivas leyes represivas y antidemocráticas, pisoteaba los derechos civiles, perseguía a organizaciones sociales y políticas críticas con el sistema capitalista y recortaba los derechos de los trabajadores asalariados europeos y norteamericanos.

Así pues, el fenómeno del terrorismo islamista y sus atentados echan sus raíces en el problema del imperialismo y no en un choque cultural de “civilizaciones”. La oligarquía europea y española trabaja por intentar inocular esta concepción entre los trabajadores para dividirnos, con el objetivo de enfrentarnos con nuestros hermanos de clase y ponernos bajo falsas banderas nacionales o transnacionales (véase el caso de Europa), las cuales condensan en realidad los intereses de la clase burguesa de los países imperialistas.  Para llevar a cabo esta tarea construyen un relato melodramático de los atentados, vierten generalizaciones sobre el Islam, tergiversan la realidad política de los países árabes y fomentan el populismo de extrema-derecha. Todo esto busca desviar la atención principal del problema y confundir a las masas, a las que se les ofrece un enemigo externo construido para culpar de todos los males del sistema capitalista y la barbarie imperialista.  La clase dominante es la gran beneficiada de esta política de intoxicación, mientras que la clase obrera es la principal perjudicada.

En estos momentos de fervor es necesario clarificar si lo que se busca es venganza o una verdadera solución al problema del terrorismo. La vía de la venganza, como hemos explicado, es engañosa y sólo beneficia a la clase dominante, hostigando a la clase obrera que es alistada bajo la bandera “nacional” a cambio de ver como pisotean sus derechos políticos, económicos y sociales. La verdadera solución es por la que trabajamos las/os comunistas. Una solución fundamentada en acabar con las bases del problema terrorista poniendo fin a las injerencias imperialistas y apostando por la soberanía nacional y el pacífico desarrollo de los pueblos del mundo en igualdad de condiciones. Para esto es necesario impulsar una movilización mundial contra las guerras imperialistas, luchando contra las grandes potencias imperialistas para lograr que dejen de fomentar a grupos fundamentalistas con el objetivo de derribar a sus enemigos geopolíticos en la región. Aprovechamos la ocasión para saludar la importante labor del Partido del Trabajo de Bélgica (PTB), su propaganda y esfuerzo por la educación política de las masas será fundamental para frenar la ola reaccionaria en el país europeo y avanzar en el mismo hacia la consecución de los objetivos anteriormente expuestos.

Desde el Partido del Trabajo Democrático hacemos un llamamiento a una solución del problema del imperialismo apostando por la paz entre los Estados y el libre desarrollo de las naciones del mundo. Para lograr este objetivo apostamos por la unidad mundial de la clase obrera, superando las divisiones territoriales, geográficas, raciales y religiosas. Es la unidad alrededor de los intereses comunes de la construcción del Socialismo la que nos permitirá construir un mundo donde podamos evitar que las clases reaccionarias utilicen estas divisiones para enfrentar a las obreras y obreros entre sí.