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Los fanáticos de internet y las redes sociales están sujetos a diferentes contradicciones y no pueden ser criticados de la misma manera, pero se da la particularidad de que el chovinismo de siglas y el fanatismo en torno a los líderes políticos son elementos proporcionales al nivel y al tipo de desviaciones burguesas que esas mismas siglas y esos mismos líderes albergan en su interior.

«Según la fórmula de Mártov “se considera miembro del P.O.S.D.R. a cualquiera que acepte su programa, ayude al Partido en el aspecto material y le preste con regularidad una colaboración personal bajo la dirección de una de las organizaciones del Partido”. Como puede verse, en esta fórmula se ha omitido la tercera condición necesaria para ser miembro del Partido, en virtud de la cual los miembros del Partido están obligados a participar en una de sus organizaciones. Resulta que Mártov considera superflua esta condición precisa y necesaria y, en lugar de ella, introdujo en su fórmula una oscura y dudosa “colaboración personal bajo la dirección de una de las organizaciones del Partido”. ¡De ello se infiere que es posible ser miembro del Partido sin ingresar en ninguna de sus organizaciones —¡vaya “partido”!— y sin considerarse obligado a someterse a la voluntad del Partido —¡vaya “disciplina de partido”!—. Pero, ¿cómo puede dirigir el Partido “con regularidad” a los que no pertenecen a ninguna de sus organizaciones ni se consideran, por tanto, incondicionalmente obligados a someterse a la disciplina del Partido?»

José Stalin (La clase de los proletarios y el partido del proletarios)

Como observé en la primera parte de este artículo; internet y sus redes sociales permiten comunicaciones instantáneas desde prácticamente cualquier parte del mundo, dando pie a un amplio numero de posibilidades para la difusión de ideología entre las masas. Asimismo, señalé que esta inmediatez lleva adherida una componente peligrosa en cuanto no fuera tratada con corrección, pues tal circunstancia podría ser el caldo de cultivo de errores analíticos tendientes a transformarse en desaciertos prácticos. En su enormidad, internet ha facilitado la generación de múltiples espacios para expresar críticas y opiniones, así como fórmulas para organizar colectivos humanos de manera que personas anónimas y desconocidas entre si tengan la capacidad de desarrollar elementos prácticos de lucha en torno a cuestiones concretas, es decir, frentes de masas. Estos formatos participativos y los ejes sobre los que se sustentan ofrecen ciertas particularidades que merecen nuestra atención, principalmente porque el desarrollo paulatino que algunos de ellos vayan adquiriendo irá ligado a una serie de contradicciones cuyo resultado negativo es más que previsible. Pese a ser elementos de apariencia novedosa, ciertos espacios y fórmulas de organización parten de un proceso histórico que arrastra partículas del pasado, de ahí que podamos determinar el resultado de su desarrollo mediante un análisis comparativo que tenga en cuenta las particularidades compartidas entre la realidad actual y la pretérita. Debemos entender que el estudio de los clásicos no sólo es válido para descubrir cuales son las prácticas correctas; también lo es para encontrar las desviaciones anticientíficas que ellos mismos señalaron. Cabe mencionar que si la primera parte de este artículo estaba centrada en criticar a los dogmáticos sin partido cuya práctica consistía en ejercer el culto a la marginalidad, obstaculizando la unidad en torno a la lucha contra el capital monopolista; estas líneas tienen como objetivo señalar la conducta desviada de personas que se hallan adscritas a diversas formaciones políticas de corte popular. Personas que como veremos, también sufren el mal del dogmatismo pese a estar “organizadas” en diferentes destacamentos, sean de orientación comunista o transversal. A fin de cuentas, el oportunismo de derecha y el oportunismo de izquierda son dos caras de la misma moneda, y esa moneda no es otra cosa que la ideología burguesa.

Si la comunicación en internet nos ha ofrecido innumerables elementos positivos, también ha heredado particularidades negativas del pasado. Es más; el hecho de que la accesibilidad a la red haya permitido que ésta sea un elemento global abierto a todos ha magnificado ciertos aspectos que antes sólo eran visibles mediante un estudio meticuloso. El desarrollo en espiral de la materia —negación de la negación— termina por hacer que diferentes particularidades históricas del pasado se repitan yendo y viniendo en un flujo constante que está muy lejos de ser algo estático. No obstante, y pese a su aparente obviedad; muchas personas distan de comprender lo nocivo de ciertas prácticas relacionadas con estas particularidades negativas heredadas de tiempos pretéritos, viéndose inmersas en comportamientos sectarios, o cayendo en trampas políticas que aparentan ser correctas y democráticas por su carácter inclusivo y transversal, pero que esconden el peligro de atraer a elementos de la más baja calidad a su órbita. Internet nos muestra abiertamente a sujetos cuyo fanatismo podría ser comparable al de los miembros de algunas sectas religiosas; personas que son incapaces de observar los errores de sus líderes —o ídolos— que atacan ferozmente a cualquiera que ejerza críticas contra ellos por muy correctas que sean. Asimismo, la red de redes también ha permitido que el sueño de los mencheviques se convierta en realidad, desarrollando herramientas que facilitan que cualquier individuo pueda participar de la organización interna de partidos políticos, indistintamente de su capacidad política o su calidad moral. Aquellos que se pregunten qué hay de común entre los fanáticos y los nuevos mencheviques tienen la respuesta en que a veces; diferentes problemas comparten una misma raíz. Ahondaré describiendo las particularidades que han dado origen a nuestros protagonistas a lo largo de las siguientes líneas, ofreciendo un breve retrato que permita descubrir las desviaciones de carácter burgués que destacan en su comportamiento.

Entre los diversos espacios para expresar críticas y opiniones políticas en los que hallamos a los fanáticos de la red podemos encontrar diferentes plataformas como paginas especializadas, secciones de comentarios en periódicos digitales, grupos dedicados a temáticas políticas en las redes sociales, perfiles personales en estas mismas redes, etcétera. El flujo de información que se maneja en estos espacios es inmenso, y muestra particularidades propias de la posmodernidad como la inmediatez con la que los temas surgen y caducan, la excesiva información derivada de esta inmediatez, o la construcción de la opinión en torno a las publicaciones de unos medios de masas convertidos en representantes de una aparente pero habitualmente falsa verdad. Dicho esto; cabe señalar que la génesis del comportamiento de los fanáticos puede tener múltiples orígenes, como un adoctrinamiento educacional incorrecto, una interiorización de los valores sectarios que puedan esconderse dentro las organizaciones en las que militan o simpatizan, o una asunción de opiniones construidas desde los medios de masas que mencioné con anterioridad, es decir, los orígenes señalados —y tantos más— nacen de procesos en los que las ideas no son adquiridas a partir de su validez revolucionaria, sino todo lo contrario, ya que surgen como parte de un procedimiento histórico de colonización ideológica que trabaja en función de los intereses económicos de la clase dirigente. Tal y como observé en la primera parte de este artículo: «las sociedades representan sus ideas en función de las condiciones materiales en las que desarrollan su actividad y, evidentemente, en una sociedad basada en la producción que da paso a una sociedad basada en el consumo, la producción de las ideas es dirigida de modo que estas pasen a convertirse en un objeto dedicado al mismo, al consumo». Por tanto, podemos concluir que una sociedad mediatizada que convierte todo lo imaginable —desde el agua que bebemos hasta la información que escuchamos o visualizamos— en objetos dedicados al consumo mediante publicidad y tendencias fugaces, también impone líderes que no surgen por sus dotes para transformar el mundo, sino por su capacidad para ser vendidos como productos de consumo adaptados a los valores impuestos por el modo de producción imperante. Una aparente actitud rebelde, un físico atractivo y joven situado dentro de los actuales cánones de belleza, o un uso de discursos transversales con los que la mayoría se siente identificada, suelen ser algunas de las particularidades que definen a los nuevos ídolos de la posmodernidad. Estas particularidades no tienen por qué ser negativas cuando son analizadas de manera superficial, pero si profundizamos en ellas y en el uso que se les da encontraremos que son utilizadas para dibujar una imagen que sirve como catapulta para la introducción de ideología, principalmente porque la estructura transforma a los nuevos líderes políticos en estrellas mediáticas de las que no se espera un gran disco o una película maravillosa, sino un cambio que difícilmente llegará. Evidentemente; los fanáticos de internet y las redes sociales están sujetos a diferentes contradicciones y no pueden ser criticados de la misma manera, pero se da la particularidad de que el chovinismo de siglas y el fanatismo en torno a los líderes políticos son elementos proporcionales al nivel y al tipo de desviaciones burguesas que esas mismas siglas y esos mismos líderes albergan en su interior. Por tanto; podemos determinar que el perfil de los fanáticos tendrá la tendencia de ir ligado al de las organizaciones con las que se identifican, y eso queda patente ante el nivel de intransigencia con el que llegan a defender las desviaciones o los errores que sus líderes y organizaciones puedan cometer, llegando incluso a caer en la contradicción de justificar actividades que ellos mismos tildarían de corruptas si se dieran en ámbitos ajenos a sus círculos relacionales u organizativos.

Presenciamos un momento histórico muy peculiar, durante el cual se están desarrollando fórmulas alternativas que pretenden superar dialécticamente la concepción clásica del partido y los métodos convencionales de organización de masas. Internet es uno de los principales protagonistas de este cambio, ya que las nuevas tecnologías permiten el desarrollo de elementos participativos que abren la organización de manera transversal, convirtiendo una cadena de publicaciones en redes sociales en movilizaciones masivas que abarcan amplios sectores de la sociedad indistintamente de su clase social o sus preferencias políticas profundas. Asimismo, y como mencioné con anterioridad, ciertos movimientos y partidos políticos se han dotado de herramientas digitales que facilitan algo tan insólito como que personas ajenas a los mismos tengan la capacidad de participar de su organización interna, llegando a poder elegir a los cuadros dirigentes y a la Secretaría General. Que las organizaciones de la clase obrera trabajen dentro de la transversalidad puede valorarse de manera positiva siempre y cuando ésta tenga un propósito concreto, es decir, cuando esté sujeta a un programa de mínimos que ayude a resolver una serie de contradicciones. Sin embargo, que ésta sea el propósito en si es un error de proporciones épicas, ya que los diferentes actores implicados entrarían en una seria contradicción una vez el programa de mínimos fuera superado, y todos ellos buscarían una salida dirigida hacia sus aspiraciones superiores, siendo esta forma de actuar un equivalente a la política menchevique de aglutinar a sectores ampliamente contradictorios entre si dentro de una misma organización por el hecho de sumar cuantitativamente, sin tener en cuenta los más que previsibles resultados negativos que la misma acarrearía. Ha de decirse que esta práctica puede suponer un problema para los movimientos o los partidos que se acojan a ella de manera mecánica, pues se daría la particularidad de que elementos de la más baja calidad pudieran aprovechar tal coyuntura para introducir una línea reaccionaria o dinamitar la organización. Podría decirse que esta clase de menchevismo es un culto ultrademocrático cercano a lo religioso que no tiene en cuenta las contradicciones inherentes a las relaciones establecidas por el modelo económico y la lucha de clases que el mismo engendra, y que ha nacido como un modelo oportunista de aglutinación de masas que ocupa el espacio que el movimiento obrero ha perdido durante los últimos tiempos.

Cabe señalar que el concepto posmoderno de multitud desarrollado por Antonio Negri y Michael Hardt entre finales del siglo veinte y principios del veintiuno es fundamental para entender la transversalidad inherente a las fórmulas alternativas de organización en internet, ya que los diferentes grupos que han estado poniendo estas prácticas sobre la mesa beben directamente de estos autores. Unos autores que obvian elementos clave como clase social o pueblo para dar rienda suelta a un compendio de desviaciones burguesas que nació a partir del cataclismo que la caída del Muro de Berlín supuso para el movimiento proletario mundial, así como de la invasión de ideología neoliberal que acompañó a esta caída, y que tanto daño hizo entre las organizaciones populares. Según estos intelectuales; la multitud es un sujeto político que debe ser entendido como «una multiplicidad de singularidades» en la que el hecho de formar parte de un colectivo no implica perder la esencia de lo individual, es decir, es un ente que engloba a un colectivo de sujetos individuales que no se halla en un estado de uniformidad y que supera dialécticamente las concepciones de clase social o pueblo, un sujeto que surge con motivo de una supuesta transición del imperialismo a una especie de imperio global que podría asimilarse al ultraimperialismo teorizado por Karl Kautsky. Como podemos observar, esta teoría oportunista es absolutamente errónea y dista de guiarse por concepciones científicas de la realidad, ya que obvia elementos clave que siguen funcionando tal y como fueron expuestos por tantos socialistas científicos en sus análisis sobre los diferentes grupos sociales que desarrollan sus actividades dentro de la superestructura. Es más; los acontecimientos que han ido desarrollándose desde que Antonio Negri y Michael Hardt expusieron sus ideas han ido demostrado que sus teorías son papel mojado, ya sea por la continuidad del imperialismo estadounidense como centro mundial del poder, o por la brutal lucha de clases que ha ido dándose después de la ruptura contractual entre los diferentes sectores de un pueblo que entra en descomposición tras el derrocamiento de diferentes gobiernos y la consecución del programa de mínimos que antes mencioné, tal y como ocurrió en casos como el egipcio, o el tunecino. Además; hay que señalar que independientemente del carácter de uniformidad que la clase obrera o el pueblo puedan aparentar, los sujetos pertenecientes a estos colectivos están sujetos a las leyes de la dialéctica, es decir, se hallan inmersos en un proceso de cambio constante derivado de diferentes contradicciones y aspiraciones individuales que, pese a poder ser similares en el plano superior, tenderán a diferenciarse según se profundice.

Como señalé con anterioridad: «a veces, diferentes problemas comparten una misma raíz». En este caso hemos visto que el fanatismo —dentro y fuera de la red— y el nuevo menchevismo nacen a partir de la asimilación de ideología burguesa. Por tanto, el combate sin cuartel contra esta ideología y los elementos que la componen debe ser una prioridad irrenunciable que debería cimentarse mediante el establecimiento de un proyecto comunista cuyo núcleo se fije en torno a los principios del socialismo científico. Este núcleo —como el de una estrella que expulsa energía desde dentro hacia fuera— debería tener como prioridad superior la resolución de las contradicciones internas dentro del movimiento revolucionario para, una vez superadas, dar un salto cualitativo que actúe como una onda expansiva que permita arrebatar la hegemonía a la clase dirigente, destrozando la posibilidad de que los oportunistas lancen al aire sus aparentemente novedosos —pero viejos— proyectos, y abriendo el camino para el surgimiento de un Partido Comunista de Vanguardia con el que la clase obrera se sienta identificada. Un Partido de la clase obrera en el que la participación disciplinada sea una regla a seguir, y en el que sólo tengan cabida personas honestas y luchadoras. Será entonces cuando esa aparente actitud rebelde, ese físico situado dentro de ciertos cánones de belleza, o ese uso de discursos transversales no signifiquen nada para el proletariado, ya que la conciencia subjetiva de éste se habrá superado dialécticamente para abrazar valores como la disciplina, el internacionalismo, o la solidaridad. Por supuesto, construir un partido no es cosa de uno o dos días. Harán falta mucha autocrítica, mucho debate y mucho sufrimiento, pero como dijo Carlos Marx: «los trabajadores no tienen nada que perder, salvo sus cadenas».