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Expliquemos por qué las cosas son como son, hagamos pedagogía marxista, y defendamos el Partido de Nuevo Tipo, una necesidad vital para seguir avanzando hacia el socialismo. 

¿Cuántos de nosotros no hemos escuchado, al menos una vez, aquello de que los comunistas “somos cuatro gatos”? ¿Quién no ha aguantado en algún momento las típicas bromas – al estilo de “La Vida de Brian” – al hablar de su organización? ¿Quién no ha escuchado a algún familiar – frecuentemente ese “cuñao” tan hispánico – conocido o amigo, enumerar con tono de sorna las múltiples organizaciones comunistas que conoce (e incluso alguna que se inventa sobre la marcha)?

Es lugar común, dada la cultura social y política imperante, medir la fuerza o capacidad de una organización para desarrollar su programa, en votos: cuantos más votos tengas, más cerca estarás de poder poner en marcha ese programa, especialmente si cuentas con la mayoría absoluta. Y, para tener más votos, es necesario tener el aparato más fuerte, los mayores recursos posibles y la mayor implantación, lo cual, en el lenguaje de la política burguesa, se traduce en tener muchos militantes (que paguen sus cuotas y digan lo que les diga el aparato y lo que sea necesario para conseguir más votos) y mucha representación institucional (para acceder a mayor financiación por parte de la administración). Este dogma de fe llega hasta el extremo de que conviven en un mismo partido tendencias difícilmente conciliables y hasta cierto punto incluso contrapuestas; algo que, como observamos en la actualidad, da lugar a luchas intestinas de poder entorno a las cuotas en los órganos de dirección y los cargos.

El debate de ideas, de propuestas, queda en segundo plano frente al baile de nombres, a los “barones” y a los gurús – que van desde académicos trasnochados hasta viejas glorias del partido que empiezan a chochear – y la política queda reducida a una competición de futbol: o eres hincha de la “derecha”, o eres hincha de la “izquierda”, sin que nadie se digne a aclarar qué significa una cosa u otra, más que llevar una bufanda de un equipo u otro.

Este es el cáncer de la política burguesa, que en este país se manifiesta con especial virulencia entorno al denominado “régimen del 78”, sin ser exclusivamente propio de éste: los agentes políticos no son las masas, la gente, el pueblo… Sino los partidos. Las siglas. Los aparatos. Ya sabes, consigue más votos y podrás hacer más cosas. La mayoría social puede observar, asentir, negar o pasar de todo, pero no puede convertirse en agente político, sino en hincha. No puede proponer, ejercer, asumir la práctica política, sino ser un sujeto pasivo que solo reacciona ante la iniciativa externa, pero que carece de iniciativa propia. Es una mayoría social en sí, pero no puede plantearse la transición hacia una mayoría social para sí.

He ahí donde radica la diferencia entre la política burguesa y la política socialista. Mientras que la primera sitúa el foco político fuera de la sociedad, colocándolo sobre una minoría que ejerce la política sin contar con la mayoría, el socialismo cambia radicalmente el enfoque, y convierte a la mayoría social en eje político. Ya no se trata de votar cada cuatro años un programa que no has leído, no se trata de renovar el abono de temporada de tu partido político, no se trata de opinar sobre lo que otros hacen: se trata de convertir a la mayoría social en agente político, de convertirla en una mayoría para sí. Y, dentro de esta, por su posición en la cadena productiva, por sus circunstancias materiales, situar a la clase obrera a la cabeza, convertirla en la clase para sí, que dirija a la mayoría para sí.

Iniciábamos este artículo hablando del papel que juegan los partidos burgueses en la política burguesa, y como se constituyen en una barrera para el correcto desarrollo e implantación de una democracia plena al situarse ellos mismos en el centro de la escena política, por encima de unas masas a las que dicen representar sin permitir que éstas se representen a sí mismas. Este es el objetivo de los partidos de masas al estilo tradicional. Corresponde ahora hablar del partido obrero en la política socialista, y de su labor y posición en el engranaje de la democracia popular.

Hemos señalado previamente que, por sus condiciones particulares, es la clase obrera la que, dentro de la mayoría para sí, ha de convertirse en vanguardia. Del mismo modo, dentro de la clase obrera se distinguirán diversos grados de conciencia, de implicación, de capacidad y convicción políticas. El Partido Comunista es la organización que agrupa a esos elementos más avanzados de la clase obrera: es, por tanto, la vanguardia de la vanguardia, el agente político destinado a liderar la transición hacia una democracia plena.

¿Quiere esto decir que haya de ser el único partido? Dependerá del grado de desarrollo económico, histórico y político de la sociedad; y, sí lo es, será por tendencia natural, ya que es la clase obrera la que constituye el eje de la economía, y, con ello, de la sociedad y la política. En unas condiciones en que la clase obrera no sea hegemónica, esté poco desarrollada y sea débil, el Partido Comunista podrá y deberá contar, aglutinar entorno al proyecto de la mayoría social (en clara contradicción con el proyecto de la minoría social), a las fuerzas políticas que representen a otros sectores integrantes de dicha mayoría: campesinos, pequeños propietarios, intelectuales… No obstante, esos sectores están llamados, por el propio desarrollo de las fuerzas productivas, a ir perdiendo fuerza, mientras que la clase obrera está llamada a ir ganándola. La tendencia natural, por tanto, será que la mayoría social para sí se convierta en la clase para sí, y que por tanto la organización de la clase obrera, la nueva clase dominante, se convierta en hegemónica.

¿Quiere esto decir que el Partido sea eterno, incuestionable y absoluto? No, de ninguna manera. Si la tendencia natural en el socialismo es al fortalecimiento de la clase obrera, y con ello al fortalecimiento del Partido, la tendencia natural en la transición al comunismo será la desaparición de las clases, al convertirse la clase obrera en clase única. La sociedad habrá pasado de ser la mayoría social para sí, a ser la clase para sí, y terminará por instituirse en una sociedad para sí. Habrá alcanzado un grado en que la política girará únicamente entorno a las masas, entorno al pueblo: todos serán gobernantes y políticos. No existirá vanguardia de la sociedad, ni vanguardia de la vanguardia de la sociedad. El Partido Comunista, por tanto, tendrá también que desaparecer en última instancia.

Pero hasta entonces, en la democracia popular y en la democracia socialista, la labor del Partido Comunista no será otra que seguir impulsando el avance de la historia, seguir superando fases del desarrollo aunando entorno a sí a los elementos más capacitados, más conscientes, de la sociedad. El Partido Comunista no ha de imponer su programa, no pretende encuadrar a una mayoría social para aplicar su política por encima de las masas: el Partido Comunista debe trasladar el eje de gravedad de la escena política hacia las propias masas, ha de garantizar que este principio se cumpla, y ha de velar por la aplicación materialista de la dialéctica para que las contradicciones vayan superándose positivamente y se vayan cumpliendo etapas de la evolución histórica.

Por desgracia, a día de hoy no disponemos de un Partido así. Nuestro objetivo, por tanto, como comunistas, es en primer lugar reconstruir el Partido Comunista. Y el Partido Comunista se reconstruye encuadrando en sus filas a los elementos que están capacitados para dirigir y garantizar el cumplimiento de los principios básicos recién expuestos, no aspirando a aplicar un programa de manera ajena a las masas. Quienes no comprendan esto, no comprenden el marxismo-leninismo. El programa socialista no ha de aplicarlo el Partido Comunista por su cuenta y riesgo, sino las masas, dirigidas por el Partido: solo entonces lo entenderán y asumirán como propio, y solo entonces se podrá seguir avanzando en el desarrollo histórico. Lo vital, por tanto, no son los números, ni los votos, ni el aparato ni la representación institucional: lo vital para la reconstrucción del Partido Comunista es garantizar que se construye sobre una militancia que asume, comprende e interioriza el materialismo dialéctico y sus distintas aplicaciones (sociales, económicas, históricas…) a fin de que, llegado el momento, pueda cumplir su papel dirigente. Un Partido Comunista que anteponga la cantidad de militantes a la calidad de esos militantes está condenado desde un principio a fracasar.

He ahí la razón de las frecuentes escisiones en el panorama comunista, y he ahí por qué no han de preocuparnos: deben garantizarse para la reconstrucción del Partido Comunista los mejores cimientos, porque estos cimientos serán los que sostendrán la evolución histórica. Si no se asume y aplica el materialismo dialéctico correctamente, no importa hasta donde llegue la organización, porque terminará por fracasar. Cuanto más alto es un edificio, más profundo han de hundirse sus cimientos: y si pretendemos alcanzar el cielo con el comunismo, debemos disponer de cimientos profundos, fuertes y bien arraigados. A partir de ahí, con mayor o menor dificultad, en mayor o menor tiempo, según las circunstancias particulares que enfrentemos, solo podremos vencer. Y he ahí el motivo de que sea más importante disponer de un reducido grupo de marxistas-leninistas antes que de una inmensa organización de oportunistas e inútiles.

De modo que la próxima vez que escuchemos que “somos cuatro gatos”, que somos “disidentes”, o que somos militantes de una organización cuyas siglas incluyen cualquier combinación de P, C y R, seamos conscientes de que lo que se está cuestionando así es un pilar fundamental del marxismo-leninismo, la cuestión del Partido. Expliquemos que la hegemonía necesaria para superar el capitalismo no se construye entorno a unas siglas, sino entorno a unas ideas. Expliquemos por qué las cosas son como son, hagamos pedagogía marxista, y defendamos el Partido de Nuevo Tipo, una necesidad vital para seguir avanzando hacia el socialismo.